Tierras Desoladas
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Foros del Servidor

Post has published by QM Atenea
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    Miembro desde: 24/02/2021

              La brisa del mar mecía sus cabellos negros como la caricia suave de alguien que siente piedad por un corazón roto. Visenna, sola, como había estado toda su vida, permanecía arrodillada ignorando ese dolor punzante que comenzaba a taladrar sus piernas como agujas despiadadas que se clavan sin ton ni son en las articulaciones. La gentileza de Gehi queriendo regalarle un cinturón encantado que después resultó que no pudo permitirse ya había quedado atrás. En ese momento sólo estaban ella y su vacío. Ese que sentía en el pecho desde hacía horas. Ni siquiera supo cómo llegó allí. Recordaba haberse dirigido de vuelta al mercado y no haber encontrado a Cassian ni a Nephthys. También recordaba la risa cruel de una chica cuando les preguntó por ellos y señaló que los había visto entrar en la posada. Al principio no le dio importancia. Tenían que hablar y Nephthys había señalado que debía pedirle un favor en privado. Pero con el paso del tiempo se dio cuenta que el favor, a todas luces, era algo más que verbal. ¿Cómo si no un chico tan joven y una chica tan inquieta a la que no le gustaban las ciudades iban a pasar tanto tiempo juntos precisamente en una posada?

              Recordaba el crujido. No fue exactamente un crujido, pero lo sintió muy, muy similar. Cerca de la boca del estómago y subiendo hacia su pecho. Al principio hubo fuego. Un fuego que calentó sus mejillas y las entrañas. Después desasosiego y resignación. Había girado sobre sí misma, indecisa de entrar o no en la posada. Por un momento, un hálito de maldad se apoderó de ella y estuvo muy tentada de entrar, preguntar por su habitación y fastidiarles la fiesta. Le daba igual si le gritaban, pegaban o lanzaban algo a la cabeza. Sólo quería molestarles por placer egoísta de hacerles mal. Pero entonces recordó la sonrisa de Cassian. Y no pudo hacerlo. No podía soportar la idea de que estuvieran juntos. Soportar esa imagen que flotaba en su cabeza de sus cuerpos desnudos dejándose llevar como jóvenes saludables que eran.

              Pero tampoco pudo soportar la idea de no volver a ver la sonrisa de Cassian.

              Así que se hundió. Se hundió en lo más profundo de aquella oscuridad y deambuló sola por el puerto de Asufeld. No llevaba los velos porque Gehi le había advertido que la guardia apresaba y sancionaba a todos los que iban con la cara cubierta. Así que no hubo persona con la que se cruzó que no se quedara mirando la deformidad de su rostro. Por una vez aquello le dio igual. En realidad ni siquiera pudo o quiso darse cuenta.

              Sus pasos erráticos la llevaron hasta los muelles. Se asomó por la barandilla. A pesar de ser invierno, hacía sol, y éste se reflejaba en el agua. También lo hacía su rostro. Ese rostro con la quijada desviada y protuberancias que resaltaban en la mitad de él. Qué idiota había sido. Qué débil estaba siendo. Qué absurda, mundana y patética. Todas aquellas veces que había dicho en voz alta que ella jamás se fijaría en nadie porque sabía que nadie se podría fijar en ella fueron mentira. Patrañas dichas en voz alta para autoconvencerse y escudarse de cualquier daño que a ciencia cierta iba a recibir. Pero la insistencia de Gehi diciéndole que algún día podría encontrar a alguien que la quisiera y las dulces palabras de Cassian que aseguraba con tanto fervor que la verdadera belleza estaba en el interior, la habían hecho sucumbir. A su desgracia y a aquella tragicomedia en la que se había visto envuelta por culpa de su estupidez. Aferró la barandilla de madera con fuerza hasta que sus nudillos se tornaron blancos y adolecieron. ¿Por qué? Con lo inteligente que era, ¿cómo había acabado por caer en la misma trampa que se había propuesto no pisar? ¿Por qué siempre tenía que acabar envuelta en desgracias? ¿Por qué no podía salirle bien ni una sola cosa? Apretó la mandíbula, torcida, aguantando sin éxito las lágrimas. Si su padrastro había sido capaz de venderla como si fuese un objeto o peor que cualquiera de los que tenía en el puesto, ¿cómo podía haberse llegado a ilusionar conque Cassian, precisamente Cassian, fuese a mirarla de otra manera? En todo momento la mirada del caballero había sido de piedad. Una piedad que rozaba el asco. Porque ni siquiera era capaz de mirarla a los ojos por largo tiempo sin apartar la mirada a otro lado. Lo hacía con sutileza para no hacerle daño. Pero no era tonta y podía ver su rechazo. Ese rechazo que todo el mundo profesaba hacia ella quisieran o no. Ese rechazo al que estaba tan acostumbrada y que sin embargo dolía como la primera vez.

              —Algún día encontraréis el amor verdadero —había dicho Cassian en el camino.
              —Shé sincero —respondió Visenna, parándose—. ¿Tú te fijaríash en alguien como yo?

              Su «no» resonó como un martillazo en la memoria. Cayó pesadamente en su pecho con más contundencia de la que sintió en su momento. Hipócrita y mentiroso. Falso y embustero. Se llevó las manos al pecho. No le gustaba esa sensación. Había una losa que pesaba y quemaba. Que rasgaba y destrozaba todo a su paso. Una fuerza violenta y salvaje que sacudió su cuerpo y subió por la garganta. Con voracidad y sin piedad. Con agonía. Con sangre. La jorobada abrió la boca. Sus oídos no fueron capaces de oír aquel grito. Quedaron ensordecidos por la oscuridad que la envolvía como una vieja amiga y que amenazaba con consumirla hasta no dejar restos para nadie, porque nadie los querría consolar. Sintió que la garganta se le quebró y que todo a su alrededor se tensaba como una sutil honda expansiva llena de fuerza, vida y caos que manaba de su cuerpo y se perdía hacia la infinidad del mar. Magia, lo llamaban los pueblerinos. En realidad era mucho más. Era la emoción contenida y que por suerte no reaccionaba fácilmente a su malestar al no tener sangre innata. Pero que seguía estando ahí, en su cuerpo, por ser capaz de canalizar esa energía. Sintió el pecho desgarrado por una fuerza invisible que ella misma había creado al sumergirse en esa oscuridad nacida de sus sentimientos.

              —Nadie se fijaría en alguien como tú —murmuró con asco y crueldad. Con toda la maldad que pudo sacar de sí misma para sí misma. Su peor enemigo era ella. Su negatividad y su falta de confianza. Y encontró placer en la miseria de su autodestrucción. Porque todo aquello le estaba bien empleado. —Por débil —se dijo. Ladeó la cabeza, llorando, mientras contempló su reflejo desfigurado en el agua. —Por idiota. Sabesh perfectamente que nadie movería un dedo por ti. Que a nadie le importaría que murieshes. Nadie, nunca, va a amarte. Nadie. Jamás.

              Era un hecho. No tenía nada por ofrecer. Por eso nadie contaba con ella para nada. No era hermosa, no era habilidosa y no tenía don de palabra. Su sola presencia era un estorbo para todos. Para él. Y sin embargo no podía evitar…

              Giró la cabeza queriendo ahogarse en la desesperación. Sus ojos violetas dieron fortuitamente con un pequeño altar situado en el puerto. Se acercó con lentitud, cojeando, hacia él. Había velas y ofrendas de conchas, libaciones y obsequios de los marineros a la diosa de la Suerte. Hala. La señora del Destino. ¿Habría sido casualidad que diese con ella justo en ese momento?

              La jorobada esperó a que los marineros despejaran la zona y se arrodilló frente al altar. No tenía nada para ofrecerle. Nada, salvo sí misma. ¿Y qué valor podría tener eso para una diosa si ni siquiera ella misma era capaz de sentirse valiosa? Enterró las manos en el pecho y oró. Oró con desesperación. Ni siquiera sabía por qué estaba rezando. ¿Qué podría hacer Hala por ella? ¿Cómo podría cambiar su suerte? Pero rezó. Sin agotarse, sin cesar, una y otra vez. Entregándose a esa fortuna que nunca había tenido y que deseaba tener. Rezó para que Hala sintiera por ella la piedad que nadie sentía y la tomase de la mano. Para que su destino fuese otro. Como si ese destino pudiera cambiarlo todo. Oró por tener algo que hiciera que los demás la apreciasen. Para ser importante para alguien. Ser importante para Cassian. Aunque éste no lo quisiera nunca. Aunque no fuese consciente de ello. Oró por un milagro que transformase su sino. Que la convirtiese en una maga poderosa e imparable con una habilidad tal, que hiciera que los demás acudiesen a ella necesitados de su inteligencia, su voz y su… ¿Belleza?

              —Seguro que hay una forma de curarte, Visenna —le habían dicho días atrás. Y esas palabras vinieron de boca de una hechicera. Sairina. Una hermosa hechicera elfa que creía que sus malformaciones podían ser sanadas si estudiaban el proceso con calma y paciencia. ¿Y sí tenía razón? ¿Y si podía convertirse en quien ella quisiera ser y poder trazar su propio rumbo sin que la menospreciasen? Sin ser invisible.

              Visenna volvió una vez más la mirada hacia el altar de Hala. No podía verlo bien porque sus ojos estaban empañados por la cortina de lágrimas. Pero la mirada que importaba era la del Destino. Así que oró, una vez más, para que el Destino la estuviera mirando. Y escuchando.

              Porque sólo quería ser alguien.

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