Tierras Desoladas
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Foros del Servidor

Post has published by QM Atenea
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    Miembro desde: 24/02/2021

              Los días pasaron sin ton ni son como una broma de mal gusto para Visenna. Desde que sufrió el ataque y habló con Cassian, las cosas no fueron iguales. Todo había cambiado. Cassian sabía de sus sentimientos y ya no la trataba de la misma manera. Seguía siendo amable, por supuesto, ¿qué otra cosa podía esperar de él? Pero ya no era tan cercano. Como si considerase un pecado compartir las mismas sonrisas con una persona que lo amaba y que no era la que él correspondía. Aquello, lejos de ayudar a Visenna, alimentó la oscuridad de su corazón. La volvió más irascible, más solitaria y más venenosa. Más resentida con el mundo y consigo misma. Y lo peor de todo es que Cassian no supo todo aquello por su boca, sino por boca de quien no debía y quien estaba segurísima que lo había manipulado todo para seguir teniendo al caballero comiendo de la palma de su mano. O entre sus piernas.

              Todos aquellos pensamientos viperinos y derrotistas atrajeron la tragedia. En cuanto Visenna alzó la vista, se topó de lleno con la figura de Cassian, quien conversaba con Amelie. Eso hizo que su corazón se encogiese nuevamente. No supo si acercarse o irse corriendo de allí. Pero entonces recordó la promesa que ella misma hizo en la playa: «no pienso alejarme de Cassian. Y pienso ganarme su corazón». Y cayó en la cuenta de que irse despavorida era precisamente lo que “la otra” habría querido para ella. Así que tomó aire, se armó de valor y avanzó. Puerta de Tral seguía su ritmo vertiginoso de siempre, así que ninguno de los dos reparó en su presencia hasta que ya estuvo a su vera y pudo oír de lo que hablaban.

              —Me gusta ver que Elaa bendice a la gente con la posibilidad de sentir amor y felicidad —dijo Cassian—. Aunque Gehi cada día me está defraudando más con su hacer. Espero que podáis inculcarle más dignidad y menos avaricia.

              Visenna suspiró. De todas las conversaciones que podría haber escuchado de ellos, tenía que girar una vez más en el maldito amor. Ojalá no existiera tal sentimiento.

              —Bendita shea Elaa, shí —respondió Visenna con la voz repleta de sarcasmo.

              Cassian observó a Visenna. Le sonrió cálido, como solía hacer con todo el mundo. Pero ya no era tan cercano como habituaba. Una vez más, la conversación que tuvieron la noche anterior hizo mella en ambos. Sobre todo en Visenna. Al notar una vez más la carencia de cercanía en sus ojos, la jorobada evadió la mirada con una mueca de dolor en el rostro y en los ojos. Aquello era tan, tan injusto. Fue de las primeras personas que conoció a Cassian cuando llegó a Istek. Le había acompañado en infinidad de aventuras. Siempre a su lado. Siempre apoyándole. Siempre respaldándole. Enamorándose de él a cada día que pasaba y pese a que ella misma se juró que nunca tendría sentimientos por nadie precisamente para ahorrarse todo ese dolor, toda esa agonía. Y sin embargo… Cassian, que tanto hablaba de la belleza anterior, había decidido darle su corazón a una mujer cuyo mérito había sido únicamente tener sexo con él y aprovecharse de su inocencia, su caballerosidad y sus códigos. No era justo. Y cuanto más lo pensaba, menos justo lo veía. Si tan solo Cassian hubiese sido más honesto con su dogma y hubiese decidido mirarla con otros ojos… Si tan sólo le hubiese dado una oportunidad. Visenna estaba completamente segura de que podría haberle dado mucho más de lo que le daban. Y de una manera mucho más legal y sincera.

              —Haré lo que pueda —oyó que decía Amelie, y la vio alzar el pulgar—. Hablaré con él.
    —¡Movida, movida! ¡Abrid paso! —gritó una anciana—. ¡Quitad, coño!

              Visenna se fijó en la mujer. Debía llegar a los sesenta, si es que no más. Empujó a Amelie sin piedad y se abrió paso a la fuerza yendo hacia un punto fijo cerca del templo de Rodgar. Cassian dedicó una mirada de mala gana a la señora, criticando por lo bajo y entre dientes su actitud y las palabrotas dichas por la gracia del viento. Antes de que cualquiera de los dos pudiese decir nada, sin embargo, vieron como Amelie apretaba el paso y se iba detrás para marujear qué estaba ocurriendo. Dichosa Amelie. Genio y figura hasta la sepultura. Cassian y Visenna se miraron entre sí con la misma cara de circunstancias y después encogieron sus hombros. No tenían más remedio que seguir a la picaruela si querían velar por que siguiese intacta. Así que, más pronto que tarde, se vieron envueltos en una disputa que no les concernía. Amelie, como siempre, estaba a un lado animando la jarana con sus provocaciones.

              —¡Uy, lo que te ha dichoooo! —la oyeron canturrear para animar la gresca y que las dos mujeres que la protagonizaban se calentaran aún más.

              Visenna se fijó un poco más en ellas. Por sus ropajes parecían nobles. Una era morena y tenía un porte arrogante y petulante. Con carácter fuerte y ganas de pisotear a su rival con cualquier desprecio bien enjoyado por una labia perfecta y cuidada. La otra, pelirroja, parecía algo más humilde, pero lo suficientemente enfadada como para estar dispuesta a plantarle cara a su enemiga.

              —¡No tienes derecho a decir tal cosa! —se defendió la pelirroja.
    —Lo tengo, querida —expresó la morena con aires de grandeza—. Tu familia está en la ruina, y encima intentas contentar a la familia Arris. ¿Recogiendo migajas, tal vez?
    —¡No es verdad! Es solo que… Reclamo lo que la familia Merys es por derecho.
    —¿Un título que no tienes? Bah… —la morena hizo un gesto de desprecio con la mano—. Si quieres comprar tu asiento en la nobleza tendrás que hacerlo mejor. Hasta entonces serás una simple paria entre la É-LI-TE. Y, por supuesto, todo cambiará cuando Joseph Arris ostente el cargo de Duque, ¡que lo hará!
    —¡No estoy de acuerdo! —insistía con arrojo la pelirroja—. La familia Obyn es igualmente apta para dirigir esta ciudad.

              Amelie volvió a caldear el ambiente con otro grito bullicioso. Cassian le chistó para que se comportase y no animara la refriega como una chabacana cualquiera. Visenna, por su parte, no supo qué pensar. En otro momento una intriga política le habría interesado lo suficiente como para espectar aquello como quien contempla la actuación de un bardo reputado. En aquel instante, sin embargo, su ánimo estaba por los suelos, y lo único que hizo fue simpatizar con la pelirroja a causa de la crueldad que la morena estaba demostrando con ella al menospreciarla por no tener tanto poder adquisitivo. Ella, mejor que nadie, sabía lo que era que menospreciasen a uno por ser diferente. No tan poderoso. No tan atractivo.

              —Esa supuesta mística —decía la morena—, ¿le tienes simpatía? Ahora entiendo tu condición de noble menor. ¡Qué digo noble! ¡Si ni siquiera tienes el título! ¡Jua, jua, jua!
    —Sé dónde está… Pero… Es solo…
    —Ya veo. Eres demasiado cobarde o demasiado pobre para hacerlo por ti misma. PATÉTICO. ¿Y por qué pierdo el tiempo contigo, entonces? ¿Quién eres tú y por qué respiras el mismo aire que yo? ¡Piérdete!

              La noble pelirroja, sin argumentos, bajó la mirada. En ese momento, Visenna suspiró. Y se acercó. Pudo haberlo hecho a la morena para lamerle las botas y conseguir el voto favorable de alguien de la nobleza. Pero no pudo. En su lugar, posó una de sus manos huesudas en el hombro de la chiquilla pelirroja. Éste se giró y se sobresaltó un poco al ver las deformidades de aquella jorobada. Pero no reculó, ni tampoco rechazó su muestra de ánimo.

              —Mi sheñora, sherá mejor que lo dejéis eshtar —dijo la jorobada con tono cordial—. No merece la pena que deshperdiciéis saliva con alguien que no deseha hablar con vos. Creedme, lo vivo todos los días de mi vida. Cuando alguien no quiere eshcucharos y solo ve vuestra apariencia, no merece la pena dishcutir.

              Atisbó una sonrisa en los labios de Cassian. ¿Sería orgullo o mera amabilidad? No quiso saberlo. No en ese momento. Suspiró y trató de ofrecer una sonrisa afable a la chica pelirroja, mas quedó en una mueca extraña dada la rareza de su rostro. La noble, por su lado, la miró con una mezcla de rabia y frustración completamente comprensibles y también conocidas para ella.

              —Oh, ¿pero qué es esto? —oyó que decía la morena. Visenna la miró y supo al instante que iba a convertirse en el nuevo objetivo de sus desprecios y mofas—. ¿Vuestra sirvienta? Oh, querida… Es mucho más humillante de lo que pensaba. En realidad debería compadecerme de ti. Pero no caerá tal cosa.

              Amelie se rió sin poder evitarlo por el desparpajo de la morena. Aquella risa hizo más daño a Visenna que las palabras de la noble. Porque se trataba de alguien a quien consideraba cercana. Cassian, en cambio, suspiró para armarse de paciencia. Aunque notó furia y frustración en su mirada. Eso la envalentonó. Visenna alzó su mentón deforme y miró a la noble sin amedrentarse.

              —Desde luego deberíaish compadeceros, mi sheñora —le dijo tratando de mostrarse firme, incluso aunque la voz le temblase un poco—. A fin de cuentas no contáish con la shuerte de tener como sirviente a un mago como yo.
    —¡Una maga! —exclamó la noble—. Sin duda algo debió salir mal en uno de tus experimentos para dejarte en tal estado.

              Visenna apretó un puño. Sintió la terrible necesidad de arrojarse sobre ella. De cerrarle la boca a la fuerza. Pero no se consideraba una persona violenta. No. No iba a caer tan bajo. Respiró hondo con la nariz terriblemente arrugada. Y su mente, inconscientemente, fue grabando todos y cada uno de los rasgos de aquella mujer hasta memorizar su rostro para no olvidarlo de por vida.

              —Ha sido deliciosamente divertido humillarte a ti y a tu sirvienta —prosiguió mirando con la misma crueldad a su rival—. Pero si me disculpáis, tengo una audiencia en el palacio Ducal. ¡Jua, jua, jua!

              La noble morena se alejó sin darles tiempo a reaccionar ni decir nada más. Cassian tenía la mandíbula tan apretada, que Visenna creyó que le iba a estallar de un momento a otro. No creyó haber visto nunca tanta musculatura cuadriculada en su rostro hasta ese momento. Supo que el caballero se quedó con ganas de decirle cuatro cosas a aquella mujer, pero no lo hizo porque estaba obligado a respetar a la nobleza incluso aunque no estuviese de acuerdo con sus maneras. La muchedumbre, sin nada más que espectar, comenzó a dispersarse. Amelie se animó a hacerlo más rápido con aspavientos de sus brazos y alegando que el espectáculo había finalizado.

              —¿Eshtáis bien, mi sheñora? —preguntó Visenna a la muchacha pelirroja.
    —Creo que sí… Esto… Gracias.
    —Señora —se adelantó Amelie—, creo que deberíais contratar a gente con don de lenguas para hacer frente a ese veneno que suelta la mujer.

              Como siempre, la picaruela sacaba oportunidad para ganar dinero incluso a costa de una situación tan desagradable. Cassian y Visenna la miraron a la par con la misma severidad, y Amelie alzó ambas manos en señal de paz y buenaventura. La noble, por su parte, suspiró más abatida de lo que ya estaba.

              —Shé que no somos dignos de vueshtra compañía —prosiguió Visenna—. Pero una taza de té caliente os shentará muy bien ahora mismo.
    —Su… supongo que puedo pagaros algo por las molestias —musitó la noble. Desbordada por la llegada de los tres y la ayuda prestada.
    —No —se negó Cassian—, no debéis hacerlo.
    —¿Seguro? —la joven les miró, confusa—. Pero no os conozco de nada.
    —A vecesh es mucho más fácil confesarle algo a un extraño, que a alguien querido y conocido —aseveró la jorobada.

              Allí, en medio de la calle, los cuatro desconocidos comenzaron a presentarse. Primero lo hicieron los tres aventureros. Después, la muchacha pelirroja. Les dijo que se llamaba Mara Delon y que era la única descendiente viva de dicha familia, antaño noble. Mientras se dirigían al Ganso de Oro por sugerencia de Visenna, Mara les contó que la noble con la que había estado discutiendo era Lehonor de Valois, y que simpatizaba justo a la familia con ideales más tradicionales y radicales. Lo que había ocurrido cobró sentido en cuanto lo explicó. Mara caminaba deprisa para alejarse de las miradas indiscretas que la seguían allá donde iba. Y es que los cuchicheos llegan siempre antes que cualquier noticia humilde, y pareciera que gran parte del barrio sabía ya de la disputa entre ambas mujeres. Por suerte no estaban muy lejos del Ganso de Oro. Aunque, al entrar, Mara se topó con otro momento incómodo.

              Lo representó Alastair Restand. Regente del prestigioso restaurante.

              —Señorita Mara —sonrió—, no esperaba veros por aquí. Siempre es un placer.
    —Lo sé, Alastair —respondió Delon con otra sonrisa—. Gracias.
    —Mas lamento ser impertinente —de repente el regente se puso serio y miró ceñudo a la pelirroja—. Debo recordaros el asunto que os afecta con el establecimiento.

              —Lo sé, ¡lo sé! —se apresuró a decir Mara con las mejillas completamente rojas—. Solo necesito más tiempo para poner en orden mis cuentas. Hasta entonces… ¿Podéis apuntarme lo de hoy, por favor…?

              Alastair se tomó unos minutos para meditarlo. Finalmente asintió muy despacio, aunque su rostro cambió a uno más seco y frío que cuando la recibiese.

              —Por supuesto.
    —Gracias.

              Mara se giró. Ni Visenna ni Cassian dijeron nada acerca de las deudas que la muchacha pudiese tener para con el local. Amelie, en cambio, por la cara que tenía, ya debía estar dándole a su cerebrito en busca de una manera de sacar tajada con aquello. No perdía el tiempo. Los tres siguieron a la pelirroja hacia un reservado para poder hablar en privado, sin indiscreciones ajenas. Cassian tomó la silla de la noble y la ayudó a tomar asiento acercándola a la mesa. Amelie pidió aguardiente de lima y Visenna, antes de que nadie pidiera más alcohol, encargó una buena ronda de té caliente para que Mara pudiera relajarse y olvidar por un momento sus problemas, si es que podía. Tras llegar la comanda, la propia Visenna sirvió las tazas destinadas a Mara y a sí misma.

    —Supongo que queréis saber el motivo de la trifulca —sopesó Mara, mirándoles directamente. Con Cassian, más concretamente, se ruborizó—. ¿O no hace falta?
    —Sholamente si vos queréis contarlo —respondió Visenna.

              Cassian asintió con una leve sonrisa para respaldar las palabras de la jorobada. Aunque ésta, incómoda, no era capaz de mirarle a la cara. Al menos no de manera directa.

              —Lady Valois actúa así porque su familia es muy cercana a los Arris —expresó Mara cuando se acomodó mejor en la silla—. Y goza de su influencia. Está convencida de que Lord Joseph será el nuevo Duque. Yo me posiciono más por Lady Merdaid Obyn. Es alguien a quien conozco y considero que tiene más interés en las preocupaciones actuales de la fortaleza. Lord Joseph es demasiado… Tradicionalista y distante. Si estuviese en mi mano apoyarles, lo haría para con la familia Obyn.
    —¿Y existe alguna manera de que esté en vuestra mano apoyarles?

              Amelie hizo la pregunta más valiosa de aquella reunión. Cassian y Visenna la miraron con los ojos muy abiertos, y después miraron a Mara. Ésta, también sorprendida por el carácter tan directo de la muchacha, cabiló. Visenna se relamió con un gesto nervioso y trató de esconder su ansiedad bebiendo de la taza de té. Mara imitó inconscientemente el gesto, quizá también por nervios y estrés.

              —Hay una manera —asintió—, pero no es nada fácil. ¿Conocéis la historia de la Guerra de los Ríos?

              Mara procedió a contarles todo acerca de la batalla para ponerles al día sobre qué era lo que se estaba cociendo en realidad en Puerta de Tral. Les contó que la guerra se inició hacía décadas cuando Lord Davos Deirin de Aldalón intentó conquistar la región de los Ríos. El abuelo de Mara, Lord Jorun Delon, se alió con Lord Davos. Desgraciadamente, y como contaban las crónicas, perdieron la guerra, y tras la humillante derrota en el asedio de Puerta del Tral, la propia Santa Hermandad les dio gesta y caza. Entre éstos y el desastre de Mesrin, solo sobrevivió su madre, que consiguió huir hacia el sur, a Galparán. Durante años, la madre de Mara se refugió haciendo toda clase de trabajos para que ambas pudiesen sobrevivir. Hacía un año exacto que falleció.

              —Un año… —musitó Mara—. Por Elaa, cómo pasa el tiempo.

              Los tres aventureros dieron su tiempo para que Mara pudiera procesar sus sentimientos de pérdida. Cuando estuvo lista para continuar, suspiró.

              —Hace unos meses decidí coger todos mis ahorros —prosiguió la muchacha—. Vendí el pequeño local que tenía con mi madre y volví aquí. Al hogar de mi familia. Intento restaurar mi apellido como la casa noble que es. Pero… Tal como pasó con otras familias, la Santa Hermandad se encargó de eliminar todo rastro de quienes apoyasen a Lord Davos. Dioses, ¡incluso pasaron a fuego el castillo de los O’Black! Aunque… Sabiendo cómo eran… No me extraña nada que acabasen en llamas.

              Aquella fue la primera vez en toda la velada que Visenna se atrevió a hacer contacto visual con Cassian. Ambos estaban pensando lo mismo: la Santa Hermandad, como siempre, tenía que brillar por su capacidad para destruir vidas. El mentón del caballero estaba tenso, apretado en una mueca de contención para no demostrar abiertamente su odio y disgusto. Por un momento muy breve, Visenna estuvo tentada de ponerse en pie e ir hacia él para tranquilizarlo. Pero entonces recordó cómo había cambiado su manera de tratarla a raíz de saber de sus sentimientos. Sentimientos delatados por la tercera en discordia en lugar de por sí misma. «Cuanto más lo pienso, más la aborrezco», pensó mecida por la rabia interna.

              —Habéish hablado de una manera factible pero complicada de reshtaurar vueshtro nombre —señaló Visenna para obligarse a sí misma a centrarse en la reunión, y al mismo tiempo, recordar a Mara el punto álgido de la misma.
    —Antes de que mi abuelo volviera a Puerta del Tral —asintió Mara—, poseía algunas propiedades, y recientemente he descubierto que hay unos documentos que podrían reconocer mi estatus frente al consejo. Y, con suerte, limpiar mi nombre y el de mi familia de los errores del pasado.
    —Ojalá pudiese ser así —terció Cassian—. Pero por lo general es muy complicado que quienes fueron considerados traidores puedan limpiar su nombre. No quiero desilusionaros, mi señora. Pero en este mundo no solo pagan sus errores quienes los cometen, sino también toda su estirpe por generaciones.
    —Pero… —Mara entristeció al oírle, aunque negó con la cabeza—. Si apoyara a la familia Obyn… Quizá haya esperanza. No dispongo de suficiente liquidez en estos momentos. Pero si vuelvo a ser reconocida noble, juro recompensar cualquier esfuerzo. De verdad lo juro. Intentaré hacer cosas buenas para la gente de esta ciudad. Sé lo que es vivir en la miseria, no como esa pérfida de Valois.
    —¿Y por qué no podéis conseguir esos documentos? —insistió Cassian.
    —La última pista que tengo es que los adquirió un coleccionista, junto con otros documentos históricos. Lo último que sé es que ha viajado al Unicornio Plateado. Sin embargo no ha escuchado ni mis peticiones ni mis ruegos. Temo que sea de los que solo aceptan el mejor postor o el mejor acuerdo. Así que… Pretendo entregarle el anillo de oro y rubíes de mi madre como pago.

              Mara deslizó una mano sobre la otra para despojarse de la joya, que dejó sobre la mesa. Era un anillo sumamente valioso en todos los sentidos de la palabra. Los tres aventureros se quedaron ojipláticos. De entre ellos, Amelie fue a la que más le brillaron los ojos. Otra vez estaba su cabecita dándole a las tuercas para apretar una buena idea con la cual agenciarse la joya, sin lugar a dudas. Y no se lo podían reprochar. Una pieza así tentaría incluso a los más firmes. Con excepción de Cassian, que parecía estar hecho de piedra y devolvió su atención rápidamente sobre Mara.

              —Por mi honor que os ayudaré —dijo—. Pero recordad este día. Recordad cuánto habéis sufrido. Y luchad para que Puerta del Tral sea un lugar mejor.

              Mara volvió a enrojecer hasta las orejas. Visenna comprendió que la joven había quedado maravillada con el caballero y sonrió. No se lo pudo reprochar. Solo alguien muy ciego o muy estúpido obviaría las virtudes de Cassian. Negarlo solo por despecho la convertiría en alguien hipócrita y absurda.

              El resto de la velada fue algo más distendida. Mara les puso al día de los detalles concernientes al coleccionista. Les dijo que se llamaba Yusuf y que provenía del desierto de Halem. Relató las pocas veces que pudo comunicarse con él sin que el tipo se ablandara lo más mínimo. Y expresó que, a esas alturas, ya no podía salir de su ciudad sin que sus acreedores se lo tomasen como un insulto por creer que estaba huyendo sin pagar sus deudas. Charlaron largo rato y Cassian se encargó de hacer que la joven quedase tranquila y confiada con respecto a ellos. Pareciera que el hecho de estar frente a un caballero juramentado hizo que Mara respirase aliviada y comenzase a pensar con positividad. Amelie, en cambio, aunque también participó de la conversación, pareció más silenciosa. Como si su atención estuviese puesta en algo más aparte de sus amigos y la joven noble que tenía delante. Visenna se preguntó qué le ocurría, pero no lo supo hasta mucho después, cuando los tres se levantaron de sus sillas, se despidieron con todo respeto de la joven Mara y se dispusieron a salir del reservado. Fue entonces cuando Amelie se acercó a ambos, y tras mirar con disimulo en derredor, susurró:

              —Nos han estado espiando.

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