Tierras Desoladas
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Foros del Servidor

Post has published by QM Atenea
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    Miembro desde: 24/02/2021

              La sombra de la sospecha les siguió todo el camino. Cada tanto se detenían lo mínimo posible para asegurarse de que no les estaban siguiendo. No eran tontos y sabían que muy probablemente quien mandó espiarles fue la propia Valois. El por qué también era evidente: quería evitar que Mara recuperase sus derechos. Muy pronto, la inquietud y el miedo a que les estuviesen esperando unos matones en la posada a la que se dirigían se instauró en ellos, haciendo que sus mentes cavilasen maneras alternas de escapar si la situación se complicaba demasiado. Yusuf en sí mismo tampoco les inspiraba confianza. Ni siquiera la propia Visenna, mestiza con sangre del desierto, las tenía todas consigo con respecto al coleccionista. Se sabía que los comerciantes de las arenas eran especialmente duros y astutos. Desde pequeños mamaban del pecho del trueque y el oportunismo, y sin duda les pondría mil y una trabas para obtener los documentos que necesitaban. No obstante, y a pesar de saber que lo tenían complicado, tanto Cassian como Visenna habían llegado a un punto de entendimiento común. Ninguno de los dos quería entregar el anillo de Mara. Ambos sentían que la carga emocional de la joya era mayor a la adquisitiva, y estaban dispuestos a hacer lo que hiciera falta para devolvérselo a su legítima dueña. Amelie, en cambio, no estaba de acuerdo. Claro que no quería darle el anillo a Yusuf, pero optaba más por quedárselo ella misma para obtener doble pago por los servicios prestados, algo ante lo que tanto Cassian como Visenna se mostraron disconformes y por lo que la reprendieron varias veces.

              El camino serpenteó abruptamente ladera arriba y dieron con la posada que Mara les había mencionado. El Unicornio Plateado era un local modesto, pero acogedor, y sobre todo muy útil para el viajero cansado o aquellos a los que no les apeteciese tanto adentrarse en una metrópolis bulliciosa como Puerto del Tral. Se colaron bajo los arcos que precedían a la entrada y pasaron junto a un altar bastante humilde que Visenna no supo identificar por estar más centrada en la labor que les concernía y por no ser tan afín a la mitología como lo era para la ciencia. Un par de caballos relincharon en la parte trasera, seguramente pertenecientes a huéspedes que estuvieran descansando dentro en esos instantes. Los tres compañeros se detuvieron frente a la puerta de la entrada un momento. No hizo falta comunicarse para que supieran que estaban pensando lo mismo; ¿qué pasaba si les estaban esperando al otro lado?

              Pero al otro lado solo les recibieron el calor del hogar y las risas de los parroquianos. Miraran donde mirasen, había gente charlando, bebiendo, comiendo algo o simplemente pasando el rato, lo cual hablaba muy bien de la popularidad y la calidad de la posada. Puede que incluso hubiese allí jornaleros de granjas próximas a la zona. No sería de extrañar. De repente, ninguno de los tres supo por dónde empezar a buscar. Lo más obvio y rápido fue un vistazo circular para ver si localizaban a alguien con rasgos parecidos a los de Visenna y que delatase su procedencia como alguien del desierto. Pero no tuvieron éxito. Ir directos al grano tampoco era buena idea, porque no sabían si había secuaces de Valois siguiéndoles o esperándoles con el oído puesto en lo que dijeran. Y desde luego no podían pasar desapercibidos por culpa de la armadura de Cassian y la joroba de Visenna. Pero como si los dioses quisieran resolver la duda que se apoderó de sus mentes, fue la posadera en persona quien se encargó de abrirles la veda a su investigación.

              —¡Bienvenidos al Unicornio Plateado! —gritó desde el otro lado de la barra, donde estaba pasando, bastante ajetreada, un paño de rep—. ¿Qué os sirvo?

              Amelie y Visenna se miraron entre sí y después, a una, miraron a Cassian. Y sonrieron. Estaba claro que ambas querían que el caballero hiciera uso de su galantería paladinesca para meterse a la pobre mujer en el bolsillo y que soltase prenda de cualquier cosa que preguntaran. Cassian suspiró y se aproximó a la barra con toda la despreocupación de la que pudo hacer uso en momentos como aquél. Apenas se acercó, la posadera ya le dio el primer repaso de arriba a bajo. «Si es que nunca falla» pensó Visenna al borde de un ataque de risa nerviosa que a duras penas logró controlar. Tras pedir una copa de vino para Cassian y una limonada para Visenna, la tabernera se puso manos a la obra. Sin embargo, ni Cassian se bebió la copa de vino —Amelie se encargó de ello robándosela enseguida—, ni la limonada fue servida a la pobre jorobada. La tabernera estaba más ocupada perdiéndose en la sonrisa galante de Cassian y poniéndole ojitos. De repente ya no fue tan divertido. Cassian comenzó a ganarse su confianza mostrándose genuinamente preocupada por la aparición de gigantes en la zona. Le explicó que días atrás vio uno que casi le deja la armadura destrozada, y la tabernera asintió contando que eran un incordio porque espantaban a los viajeros, pero al mismo tiempo muchas caravanas buscaban refugio rápido en El Unicornio Plateado al percatarse de que los gigantes, por alguna razón, no atacaban el edificio. Así que no estaban tan mal como para preocuparse. De momento. La posadera aprovechó para presumir de su negocio y decir que era el mejor de la Región de los Ríos. Claro que para todo posadero, su posada era la mejor, y si no lo era, ya se encargaba de hacer creer de alguna forma lo contrario. Amelie aprovechó su entusiasmo para colarse y abordar el tema que verdaderamente les interesaba: el coleccionista de Halem.

              —No pude evitar venir a ver la posada con mis propios ojos —peloteó la picaruela con una sonrisa emocionada—. También me hablaron de que hay grandes personalidades que se alojan aquí. ¿Es cierto?
    —Supongo, claro —asentía la posadera—. ¡Aquí se aloja todo el mundo!
    —¡Desde luego! —concedió Amelie—. Me hablaron de un coleccionista de gran renombre. Se llama Yusuf Al’sir. Me encantaría conocerlo. ¡Soy fan de sus artículos! ¿De verdad se encuentra en esta posada?

              Tan pronto Amelie mencionó al coleccionista, la posadera cambió radicalmente el tono de su voz. Ya no era jovial y cercano, sino frío y tajante.
    —Me temo que no está —dijo.
    —¿No se está alojando en la posada? —Amelie reaccionó en seguida al contrario que Cassian y Visenna, que se quedaron inocentemente bloqueados por el cambio de actitud de la mujer—. Vaya, ¡qué mal! Me gustaría muchísimo conocerle. ¿Ya se ha ido?
    —Me temo que no está, no.
    —Venga, por favor. Es muy importante para mí. ¿No sabría cómo puedo dar con él? ¿No podría echarme una manita con eso?
    —Mirad… —la posadera empezaba a ponerse nerviosa. Suspiró—. Es un tema complicado. Me han pedido discreción, y eso voy a hacer.
    —Claro, claro —Amelie se inclinó sobre la barra—. No se lo diremos a nadie. No se preocupe. Está a salvo.
    —Olvidadlo. No quiero problemas.

              Cassian tomó el relevo y se acercó más, inclinándose como lo hiciera Amelie. Visenna sospechó qué era lo que iba a ocurrir antes de que sucediese solo por la cara de expectación que puso la posadera.
    —¿Os encontráis en problemas? —inquirió con amabilidad el joven caballero—. Porque de ser así, os podríamos ayudar. Por honor os asegura, mi señora, que lo haremos. Necesitamos contactar con Yusuf. Queremos hacer negocios con él.

              Estaba claro que Cassian seguía siendo arrebatador para gran parte de la población femenina, porque la moza sonrió y lanzó un pequeño suspirito que hizo que Visenna pusiera sus ojos en blanco. Pero no se lo podía reprochar. Incluso ella habría hecho aguas si Cassian se le hubiese acercado de esa manera.
    —Ay, dioses. ¡Qué demonios! —la posadera negó y accedió a contarles lo que sabía—. Resulta que solo ha venido su guardaespaldas. Muy alterado, he de decir. Sangrando, además. Pagó para que no fuese molestado y subió arriba. Parecía preocupado y molesto. Tal y como yo lo veo, ha habido un altercado, o algo así, y me pidió discreción por eso.

              Cassian dejó sobre la barra algunas monedas extra por la información. La posadera no se cuestionó lo más mínimo tomarlas e incluso les dijo abiertamente cuál era la habitación donde se hospedaba el misterioso guardaespaldas. Los tres compañeros se apearon de los taburetes y subieron las escaleras con paso presto rezando en su fuero interno por que nadie se les hubiese adelantado en el tiempo que habían invertido en hablar con la dueña del local.

              Al llegar frente a la puerta, sin embargo, no supieron qué hacer. Si el guardaespaldas había pedido no ser molestado por el ataque, no abriría tan fácilmente con decirle que buscaban a su patrón. En su lugar se encerraría herméticamente, huiría o les atacaría. O todo ello, que era lo más probable. Necesitaban pillar al guardaespaldas desprevenido. Así que Visenna hizo lo primero que se le vino a la mente, aunque también lo más absurdo. Llamó a la puerta y entonó:
    —¡Servicio de habitaciones!

              Oyeron mucho revuelo y maldiciones al otro lado de la puerta. Pasos que se acercaban. Y una voz grave y de acento siseante que les gritaba:
    —¡No necesito nada! ¡Fuera!

              Pero mientras Amelie sacaba sus ganzúas para ponerse manos a la obra con la cerradura, Visenna volvió a llamar para ganar tiempo y atención.
    —¡Servicio de habitaciones! —repitió.
    —¡¿Qué quiere?! ¡¿Qué servicio de habitaciones?!

              Cassian se dio cuenta en ese momento del hacer de Amelie y la apartó poniéndole una mano sobre el hombro.
    —¿Pero qué haces? —recriminó alarmado—. Así no va a colaborar.
    —¿Se te ocurre una manera mejor de que she abra la puerta? —espetó la jorobada.

              Pero Cassian, firme en su convicción, alzó la voz para hablar por sí mismo.
    —Señor —exclamó—, mi nombre es Cassian. Soy de Puerta del Tral. Sabemos que vuestro patrón se hospeda aquí. Sabemos que estáis herido. Me gustaría saber qué ha ocurrido y si está en mi mano poder ayudaros.
    —¡No es de vuestra incumbencia! ¡LARGO!
    —Comprendemos que estéis a la defensiva y sintáis temor —insistió Cassian—. Pero, sea lo que sea lo que os haya sucedido, podemos ayudar. Y estamos en la obligación de hacerlo. No nos iremos hasta que nos abráis.
    —¡No tengo por qué escuchar súplicas de desconocidos! ¡Largo!
    —Hay un artículo que nos interesa comprar —intervino Amelie—. Si vuestro patrón no está, podéis quedaros con el pago. No creo que vuestro patrón se entere de nada.

              Y se hizo el silencio. Durante largos minutos no obtuvieron respuesta del otro lado. Pero a cada segundo que pasaba, estaban más seguros de que las palabras de Amelie consiguieron calar en la avaricia de aquel hombre. Finalmente oyeron el sonido del cerrojo descorriéndose y el crujido de la puerta al abrirse. El hombre del desierto se dejó ver ante ellos. Era robusto, con rasgos parecidos, efectivamente, a los de Visenna, aunque mucho más oscuros. Tenía un turbante en la cabeza, un vendaje a la altura del pecho y una cimitarra en la mano, en actitud desafiante. Claramente no confiaba en ellos, porque aparte de salir armado y a la defensiva, notaron que se había puesto el turbante de manera apresurada para cubrir su rostro y salvaguardar la identidad. Sus ojos, oscuros y perversos, devolvieron una mirada interesada y estratega cuando pasearon por cada uno de los tres para evaluarles y saber si representaban o no algún peligro. Sin embargo, pareció que solamente Cassian se ganó su atención en ese sentido, como si creyese que las mujeres allí presentes no suponían riesgo alguno o carecían de importancia.

              —Tranquilizaos —dijo Cassian, alzando ambas manos con gesto calmo—. No somos hostiles. Tenéis mi palabra.
    —Eso lo decidiré yo. Hablad, pero que sea rápido.
    —Podéis ser rico —intervino Amelie—. Solo tenéis que darnos unos papeles muy concretos que necesitamos.

              Ante una seña de Amelie, Cassian sacó de su faltriquera el anillo de Mara. La sola visión de la joya hizo que el guardaespaldas prestase mayor atención con ojos brillantes de codicia.
    —Dadme el anillo y os diré lo que sé de ese seboso —exigió.
    —¿No tiene aquí la mercancía? —preguntó Amelie—. Preferimos llegar a un acuerdo por los papeles que buscamos. No nos interesa tu jefe. Si nos dejas cogerlos, el anillo es tuyo.
    —Mi jefe tenía un montón de papeles consigo. En su cofre, dentro de la bolsa de viaje. Así que seguramente los encontréis con él. Pero no os diré dónde está a menos que haya trato.
    —No podemos daros este anillo —se negó Cassian, volviendo a tomar la iniciativa—. Pero podría daros doscientas monedas.
    —¡Doscientas monedas! —bufó el guardaespaldas—. ¡Qué ridiculez!
    —Quinientas monedas. No puedo ofreceros más. Y acabaríamos con aquello a lo que, sin duda alguna, teméis. Os ofrecemos la oportunidad de que aquellos que os atacaron caigan y se conviertan en polvo. Por su vileza.

              El guardaespaldas guardó silencio. Súbitamente empezó a reír, igual que alguien a quien acaban de contar un chiste sumamente bueno. Por el motivo que fuese, no se pudo tomar en serio el juramento de Cassian, y en su lugar lo creyó un imbécil o un bromista nato.
    —De acuerdo —asintió el tipo—. Que sean quinientas monedas. Quedaros esa baratija. Pero os lo advierto: estáis perdiendo el tiempo. Primero el dinero, sí.

              Cassian, con una mueca de desprecio y terriblemente ofendido por la carcajada del hombre, hundió la mano en su bolsa de viaje y le tendió su saco de monedas. Allí iba precisamente todo cuanto tenía. Era fácil suponerlo porque ni siquiera se molestó en contar las monedas como haría una persona normal que ha acordado un pago de manera improvisada. Aquello no gustó nada a Visenna, pero no dijo nada para no desmerecerle ante el extraño ni hacerle sentir peor. El tipo, en cuanto sopesó el saco, asintió complacido y empezó a largar:

              —En resumidas cuentas. Mi contratista, Yusuf el Nómada, me pagó para que el viaje de regreso al desierto fuese seguro, tras adquirir algunas antigüedades. Pero los dioses son caprichosos y sufrimos una emboscada. Grandes trasgos. Fue una maldita carnicería. Vi como ese seboso idiota tomó el sendero hacia Dushnuk. Así que, muy probablemente, esté muerto. Vuestra empresa está condenada al fracaso. Pero gracias por el dinero.

              Visenna frunció el ceño. Hasta ese entonces nunca había salido de su aldea, así que desconocía qué habitaba en Dushnuk para que aquel tipo creyese con tanta convicción que su patrón estaba perdido.
    —¿Qué hay en Dushnuk? —preguntó con inocencia a sus compañeros.

              Sin embargo fue la sonrisa pérfida del hombre del desierto la encargada de responderle que se trataba de algo mucho más malo a cualquier cosa que pudiera imaginar. Aquel tipo rió divertido por la situación y respondió:
    —Orcos.

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