Tierras Desoladas
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Foros del Servidor

Post has published by QM Atenea
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    Miembro desde: 24/02/2021

    El grupo se detuvo en lo alto de una ladera. Habían reunido todo cuanto necesitaban para su viaje lo más rápido que pudieron. Sabían que el tiempo apremiaba; cuanto más se demorasen, más probabilidad habría de que Yusuf, el coleccionista de Halem, acabase muerto a manos de los orcos. Sin embargo el silencio era sepulcral. Ni siquiera Amelie, dicharachera como solía ser, se atrevió a hablar en mucho tiempo. Porque sabían que los orcos eran enemigos formidables y que la misión, tal y como les dijo el guardaespaldas, era suicida. Puede que ni siquiera regresasen ellos con vida. Y ese miedo se respiraba en el aire, tan tenso como para ser capaz de verse cortado por un cuchillo. Visenna recordó cuando semanas atrás, en Asufeld, rezó ante el altar de Hala para que su suerte cambiase. Tragó saliva. Ojalá la diosa la hubiese escuchado, porque en ese momento iban a necesitar mucho más que conocimiento o pericia para poder escapar de aquel entuerto. Un entuerto en el que ya era demasiado tarde para echarse atrás, pues habían dado su palabra a una aspirante de la nobleza. Y la palabra había de cumplirse.

    Al otro lado de la ladera avistaron los restos de una caravana asaltada por bandidos. La brutalidad fue testimonio suficiente para saber que era lo que estaban buscando. El vehículo estaba despedazado. No había caballos, por lo que probablemente se los habían llevado o dejado escapar. Sí que estaban los cadáveres de quienes una vez formaron parte de aquella expedición. Hombres, guerreros fieros y diestros, que vestían las mismas ropas del desierto que el guardaespaldas de la taberna. Y todos ellos estaban muertos. Ni uno solo encontraron con aire en los pulmones y una mínima posibilidad de ser sanado. Si los trasgos o los orcos habían sido capaces de hacer eso con una cuadrilla de guerreros de las arenas, ¿qué no harían con ellos? Solo tres muchachos de los cuales únicamente uno era un guerrero. Amelie, por diestra que fuese en el sigilo, no podía enfrentarse a unos orcos capaces de realizar tamaña masacre. Ni qué decir Visenna, cuyo potencial radicaba en los libros, pero no en el combate. Necesitaban encontrar una alternativa. Y encontrarla rápido. Los tres aunaron fuerzas para buscar en aquel campo de batalla forzoso una pista que pudiera servirles como panacea. Quizá incluso la propia mochila con los documentos que necesitaban. De encontrarla, su misión podría verse oficialmente finiquitada sin poner en compromiso su palabra, puesto que, en realidad, no estaban allí por el propio Yusuf, sino por sus pertenencias. Navegaron por regueros de sangre, movieron cadáveres y echaron a un lado la carreta. Espantaron moscas y removieron tierra húmeda. Pero ni rastro de la mochila. Yusuf, el maldito Yusuf, debió habérsela llevado consigo en su huída. Cuando todo parecía estar perdido, fue la propia Visenna quien encontró, por fin, la pista que les permitía saber en qué dirección estaba el camino tomado por el coleccionista. Un pañuelo de exquisita seda de Halem, con una “Y” grabada en una de sus caras. Estaba manchado de sangre, ya reseca, y abandonado junto a un puente de piedra. Ni mil vidas habrían sido suficientes para conseguir engañar a la mago; conocía muy bien esos bordados, pues eran los mismos que había visto llevar a su madre toda su vida, y en más de una ocasión, especialmente en verano, los había visto también en comerciantes que llegaban al pueblo, provenientes del inhóspito desierto.

    Cuando se levantó, con el pañuelo enganchado en su bastón para no tocarlo directamente con las manos, se topó con una mirada extraña de Cassian. ¿Era orgullo? No podía saberlo. Pero la miraba como si de verdad estimase que estuviera allí. Junto a él. Era una mirada que no había dedicado a Amelie. Solo a ella. Por un instante su corazón se aceleró y sus mejillas se alborozaron como si de una adolescente se tratase. Él, como siempre, pareció ignorarlo. Y entonces creyó que tal vez fuese su imaginación, o el anhelo de una muestra de aprecio por parte del caballero. Y, sin embargo, pareció tan real… Que dolía. Dolía, porque aunque en ese momento Cassian hubiese apreciado en verdad su compañía con una simple mirada de sus ojos azules, sabía, en el fondo, que pronto olvidaría ese detalle. Que olvidaría todas las veces que había estado a su lado, apoyándole, siéndole leal y fiel de manera sincera, sin obligarle a romper sus códigos. Como cierta persona. Como cierta persona, que al contrario que Visenna, y como siempre, no estaba allí. Nunca estaba allí. Al menos no cuando sí debía estarlo. Cuando la situación de verdad lo ameritaba y les mantenía lejos de la cama de una habitación. Cuando Cassian se jugaba la vida por un gesto noble que sí merecía la pena. Que sí dejaba huella. Era ella, Visenna, quien estaba a su lado en todos esos momentos. Consolándole, apoyándole, ayudándole. Prestando combate. A su lado. Y era Visenna, al final del día, quien resultaba olvidada. Desechada. Rechazada. Repudiada.

    Sola.

    Agitó la cabeza. Últimamente no paraba de tener pensamientos negativos, y siempre al respecto del mismo tema. La oscuridad estaba aferrada en su pecho y no la soltaba. Se agitaba por las noches. Entraba en sus sueños. No era la primera vez que pasaba. Ya la conocía, como una vieja amiga. Como la compañera que la convenció, sibilina, de que acabase con su propia vida cortándose las venas. Éxito que le fue arrebatado gracias a que otro de los aprendices de Adalberg la encontró a tiempo de llamar a su maestro y parar la hemorragia. En aquel momento, cuando se acercaban al peligro, cuando cruzaban aquel puente de piedra, volvió a escuchar la misma vocecilla. ¿Qué más daba que la misión fuese suicida? ¿Qué más da que encontrase la muerte al otro lado del puente? Nadie iba a lamentarlo. Nadie la iba a echar de menos. Nadie lloraría sobre su cadáver.

    Ni siquiera Cassian.

    Un silbido.

    Un grito.

    Dolor.

    Visenna cayó al suelo por la fuerza del proyectil. Ni siquiera lo vio venir, pero acabó clavado con violencia en su espalda, muy cerca de la joroba. Con la propia caída también se mordió el labio. Y sintió el regusto metálico de la sangre en ellos.

    —¡Nos atacan! —oyó que gritaba Cassian.

    Apenas tuvo tiempo de arrastrarse a un lado cuando un par de grandes trasgos saltaron hacia el puente. Habían estado escondidos bajo el mismo todo aquel tiempo, esperando víctimas a las que emboscar. Probablemente fueron ellos quienes dejaron el pañuelo de Yusuf a la vista, para que cualquier incauto, como ellos tres precisamente, fuesen en auxilio del hombre que habían perdido. Amelie desenfundó su espada y se colocó junto a Cassian, flanqueando a los enemigos. Pronto se dieron cuenta que aquellos dos no eran los únicos que habían salido a la acción; había otros tres, algo más lejos, disparando sus saetas. Alcanzaron a Amelie, y se dieron cuenta con ello que los virotes no estaban limpios, sino que iban cargados de veneno. La muchacha sintió que sus piernas flaqueaban y parpadeó, pero se puso en pie a tiempo de esquivar un golpe destinado a sus pequeños hombros. Cassian, por su parte, bloqueó otro ataque con el escudo y empujó lejos de sí al trasgo. Hizo ruido para atraer a la pareja de la vanguardia, y les distrajo mientras Amelie se tomaba su antídoto. Las espadas chocaron interrumpiendo el escaso silencio que quedaba, y el escudo volvió a golpear a uno en la cabeza. Con Amelie recuperada, el estoque pudo encontrar hueco hacia la carne y ayudar a abatirles. Entretanto, Visenna se había puesto en pie para atender sus propias heridas y corrió hacia los batidores de los extremos enarbolando una varita que activó con las palabras claves que había decidido para ella. Proyectiles mágicos surcaron el cielo iluminándolo hasta impactar en uno de ellos y quemarle la piel. Oyó las pisadas metálicas de Cassian detrás, que corría a su encuentro para protegerla con su égida y poner fin de una vez por todas a ese combate sucio y traicionero que casi acaba con sus vidas. Amelie rodó por un costado para esquivar un golpe y terminó por clavar su filo en el cuello del que restaba.

    De pronto, todo quedó en un silencio únicamente interrumpido por sus jadeos. Las miradas de espanto se cruzaron entre los tres para asegurarse de que estaban todos bien, aunque heridos.
    —No os puedo pedir que sigáis —resopló Cassian—. No puedo hacer más por protegeros. Si queréis, podéis marchar.

    Visenna le miró esperando que aquello fuese una broma. Porque le conocía y sabía que él, una vez dada la palabra, no iba a dejar aquella lucha si no era con los pies por delante. De repente toda su inseguridad, toda su tristeza, dio paso a otra cosa igual de negativa, pero, al menos, diferente; ira y rabia.
    —No piensho dejarte sholo —se negó aguantando el aliento.
    —No quiero que… Os suceda nada malo. La vida es algo más que un título nobiliario.
    —¡A la mierda mi vida shi tengo que perderte a cambio!

    Cassian abrió los ojos de par en par. Luego los entrecerró con el ceño fruncido, sin saber qué responder. Visenna leyó en él la confusión, la turbación. Porque no podía corresponderla y le resultaba incómodo que estuviese dispuesta a jugarse la vida por él, que no podía darle lo que anhelaba. Pero era mucho más que eso. Visenna no hacía aquello por un amor tóxico y suicida. Lo hacía porque no creía justo que precisamente Cassian, el más noble y justo de los tres, se jugase el pellejo y se quedase solo en un momento tan duro y crucial para cualquier persona. Si había alguien con un alma lo suficientemente pura para merecer sobrevivir a todo aquello, era sin duda él. Y haría lo que fuese, lo que hiciera falta, para que así fuera.

    —Además —intervino Amelie—. No vamos a dejar que te lleves toda la recompensa.

    Visenna sonrió y dedicó una mirada agradecida a la muchacha. Cassian pareció aceptarlo aún a regañadientes, porque sabía que no podía convencerlas de lo contrario. Se pusieron en marcha y cruzaron el puente con una cautela redoblada. No deseaban más emboscadas ni más sorpresas desagradables.

    No les llevó mucho más tiempo hasta que comenzaron a oír los gritos de los orcos. Venían de una colina cercana, pero no podían verles desde donde se encontraban. El viento trajo consigo, además, el sonido de tambores tocados con violencia y precisión. Mas no tenían forma alguna de saber si aquél era un cántico de guerra, sacrificio o festividad. Los tres compañeros se agazaparon aprovechando las coberturas del puente. Con una sola mirada supieron lo que tenían que hacer. Visenna extrajo un poco de goma arábiga y una pestaña de su bolsita de materiales, los mezcló entre sus manos y pronunció el conjuro. En cuestión de segundos, la figura de Amelie comenzó a desvanecerse hasta desaparecer ante sus ojos. Protegida por aquella ilusión de invisibilidad, la rastreadora se alejó en sigilo para evaluar el terreno y la disposición de la tribu orcoide. Dejaron de oír los pasos de Amelie, por lo que supusieron que se había tenido que alejar más de lo que en principio creyeron oportuno. Visenna suspiró y pegó su espalda contra la piedra del puente.

    —Si shalimos vivos de eshta… —empezó a decir—, me gushtaría pediros un favor, Cassian.

    El caballero se acomodó también sentado y cubierto, y la miró extrañado.
    —Claro que saldremos de esta —dijo para animarla, aunque notó que ni él mismo se lo creía—. ¿De qué se trata?
    —Quiero hacer borrón y cuenta nueva. Quiero que olvidéish lo que shabéis. Que ignoréis que una vez alguien os habló shin mi permiso acerca de mis shentimientos.
    —No os guardo rencor alguno, Visenna. Solo me frustra que estéis pasándolo mal por mi culpa. Os respeto. Muchísimo. Creo que sois una gran persona a la que le han pasado cosas malas. Y espero, de todo corazón, que algún día podáis conseguir lo que os propongais.
    —Lo entiendo —interrumpió Visenna, sin quererlo, pero necesitándolo—. Pero lo único que hacéis con vueshtra actitud, con vueshtra indiferencia y dishtancia, es hacerme aún más daño. No eshpero que me correspondáis. Se que nadie podría nunca amar a alguien como yo. Nunca. Lo entiendo y lo acepto. Pero tampoco nadie me había tratado nunca con la cercanía que lo hacéis vos. Y deshpués de shentir eso, esa calidez… Duele perderla. Hace que te shientas… Vacío.

    Cassian se giró y la miró con severidad al principio. Pero al ver la magnitud de la tristeza que se reflejaba en los ojos de la jorobada, vaciló. Y tragó saliva.
    —No volváis a regodearos en que nadie os amará, por favor —pidió con un tono de voz mucho más suave—. Eso no lo sabéis. Y si nadie ha sabido trataros nunca con respeto, es únicamente porque no habéis encontrado a gente con honor.

    La conversación se vio interrumpida por pasos. Solo que mucho más pesados que los de Amelie. Cassian y Visenna se asomaron con discreción y pudieron ver una patrulla de orcos acercándose a donde se encontraban. Cassian maldijo por lo bajo y se agachó aún más. Los nervios se apoderaron de ellos. Podían sentir el corazón acelerándose, el terror invadiendo sus cuerpos. Si aquellos orcos les descubrían, estaban muertos. Uno de ellos se detuvo y alzó el puño, además de la voz, para avisar al resto.
    —¡PARAD! ¡Yo mear!

    Cassian tragó saliva, inmóvil por completo para no hacer ruido con la armadura. Cuando vieron que los orcos pasaban al otro costado del puente, se miraron entre sí. Y comenzaron a arrastrarse para poder seguir cobijados en la cobertura de piedra. Tenían sus pechos a ras del suelo, completamente aplastados para pasar desapercibidos. Los orcos seguían hablando entre sí, haciendo comentarios de la patrulla o lo que les rodeaba con la misma escasez de inteligencia que quien alertó de sus necesidades urinarias. Oyeron la lazada de éste y cómo se bajaba los pantalones para hacerlo. Ninguno había reparado en la presencia de los dos amigos, que veían sus vidas pendiendo de un hilo. Cassian aferró con fuerza el escudo y cerró los ojos. Visenna vio que movía los labios sin emitir sonido alguno y supo que estaba orando. Sin duda debía pensar que esos eran los últimos minutos de su vida y deseaba encomiar su alma a los dioses. Le resultaba tan injusto que aquello sucediera, que se sintió enfadada con todos ellos. Enfadada porque gente indeseable siguiera respirando y, sin embargo, Cassian estuviera a las puertas de la muerte por defender una causa justa. Oyeron cómo los orcos discutían entre sí porque uno de ellos quería irse ya. Se pegaron con violencia entre ellos, pero nada que representase una baja a favor de los intrusos. De pronto, Cassian abrió los ojos. Incluso a través del yelmo, Visenna pudo ver que estaba sudando. Y vio el miedo en sus ojos. Ese miedo del muchacho que seguía siendo. Miedo de la juventud. Miedo de perder la vida y querer seguir viviendo. Un miedo que le heló el corazón. La jorobada tragó saliva. Pasos se acercaban. Los orcos habían percibido un olor que no correspondía al ambiente. Olor a humano. Su olor. Faltaban apenas unos pocos metros para que les descubriesen. Para que Cassian se pusiera en pie y luchase hasta su último aliento. Para que Visenna le siguiera hasta el final. La jorobada extendió con lentitud su mano hasta que pudo aferrar con fuerza la del caballero. Y le miró a los ojos. Con los suyos, grandes y violetas, reflejando, a pesar de su última conversación, todo lo que podía sentir por él. Gratitud. Cariño. Lealtad. Y, sobre todo, un profundo y doloroso amor que inundaba el alma y brotaba por cada poro de su piel. Él entonces no lo supo, pero ella ya se había decidido a interponer su cuerpo como escudo humano y salvarle la vida al hombre que amaba aún a riesgo de la suya propia. Todo lo demás le daba igual. La misión daba igual. Los papeles daban igual. Incluso Nephis daba igual. Cassian debía vivir. Tenía que hacerlo. Merecía hacerlo. Merecía volver a casa, junto a la mujer que había escogido como compañera, y vivir otro día más. Y otro más después. Merecía cumplir todos y cada uno de esos sueños que tenía. Merecía envejecer y tener hijos, y verlos crecer. Merecía todo eso, y más.

    Aquellos pasos bordearon el puente y lo enfilaron. De repente, se detuvieron. Les habían descubierto. Los orcos rugieron y se dieron golpes en el pecho. Amenazadores, advirtiendo de lo que se avecinaba. Cassian, como había previsto, se puso en pie.
    —¡IDOS DE AQUÍ! —gritó a la jorobada.

    Sin embargo, como si Hala hubiese querido responder al fin a las plegarias de Visenna, algo nuevo e inesperado acaeció. Los orcos, aún dispuestos a luchar, se vieron distraídos por el sonido de un cuerno que alertaba la presencia de intrusos. Solo que el cuerno no sonaba en el puente, sino en el campamento. Vieron barullo sobre la colina, tropas corriendo de un lado a otro, preparándose. Y dos bultos que caían por un acantilado contiguo hacia el agua, nadando a toda velocidad hacia ellos. Entre todo aquel alboroto y confusión, Amelie no solo había conseguido dar con Yusuf, sino que lo traía consigo. Ambos subieron con dificultad al puente, y se unieron a la acelerada huída que ya estaban preparando Cassian y Visenna. Al ver venir a Yusuf, y con un hálito de esperanza de que todo aquello saliese bien, Visenna conjuró hacia la mochila y la hizo levitar hacia sí misma. Con los documentos en su poder, la jorobada se hizo invisible y echó a correr de vuelta al camino. Detrás de ella la siguieron Amelie y el propio Yusuf. Por último, el propio Cassian cerró la carrera al ser el que más protegido estaba por armadura y escudo. Las saetas y flechas volaron de inmediato en su dirección. Algunas fracasaron, otras se vieron esquivadas y otras bloqueadas por la égida de Cassian. Abandonaron el puente y corrieron. Corrieron, corrieron y corrieron hasta el límite de sus fuerzas como si un Archidemonio les estuviese siguiendo el persona. La horda de orcos fue detrás, poco dispuestos a verse humillados por enemigos tan insignificantes que encima les habían vencido sin presentar combate alguno. Los metros se hicieron infinitos. Con el corazón ensordeciendo sus oídos, la garganta secándose y quemando las entrañas. Con los pies doliendo, pero siguiendo acelerado por la amenaza de muerte inminente y acero enemigo. A lo lejos, en el horizonte, comenzaron a vislumbrar el techo del Unicornio Plateado. La salvación estaba a tan solo unos pasos. Solo tenían que aguantar. Solo tenían que seguir corriendo. Y una vez allí, estarían salvados. Los orcos no les tocarían.

    Un golpe sordo a sus espaldas les hizo detenerse y mirar sobre sus hombros. Yusuf, el maldito Yusuf, se había tropezado y caído. Amelie y Visenna gritaron a una para que Cassian siguiera corriendo. Pero los orcos estaban cerca. Demasiado cerca. El tiempo se ralentizó igual que si un mago hubiese chascado los dedos y alterado las leyes materiales de este mundo. Pero solo fue la mente de Visenna viendo sin ver, oyendo sin oir y sintiendo más de lo que debía sentir. Corrió para detener a Cassian, pero Amelie la detuvo a ella. Y Cassian, el caballero Cassian… Su Cassian… Se puso delante. Entre Yusuf y los orcos. Y recibió, como en una horrible pesadilla, todas y cada una de las saetas destinadas a Yusuf. Algunas rebotaron en su armadura, pero, incapaz de levantar el escudo a tiempo, otras perforaron la carne. Una. Dos. Hasta tres. Yusuf giró sobre sí mismo, se revolcó como un cerdo y echó a correr dejando a Cassian detrás a pesar de que arriesgó la vida por salvar la suya. Y Visenna le vio hincar la primera rodilla al suelo. Se zarandeó hasta librarse de Amelie y gritó. Gritó con toda el alma puesta en esa voz desgarrada y tan sangrante como el cuerpo de Cassian. Los orcos habían conseguido su venganza y comenzaron a irse con la misma lentitud con la que el mundo se movía a su alrededor. Y Visenna corrió. Corrió desesperada, con el eco de una vida que no quería y la de otra que se desvanecía ante sus ojos. Con esa imagen de un río carmesí brotando de los labios de la única persona por la que su corazón había sido capaz de latir. Por la misma sangre que hizo que ese mismo corazón se rompiese una última vez.

    No pudo oír las advertencias de Amelie. Tampoco las bravuconerías de Yusuf. En su mundo, ese mundo de cristal que comenzaba a resquebrajarse sin piedra, solo estaban ella y Cassian. Su Cassian. Su caballero, que cayó entre sus brazos mientras vomitaba toda aquella sangre. Mientras contemplaba ese terror a la muerte en sus ojos azules. Y mientras él mismo era testigo de cómo todo aquel amor se transformaba en agonía y en oscuridad en unos ojos violetas, que a pesar de todo, a pesar de las deformidades, eran terriblemente hermosos, pero inundados en lágrimas. Desesperada, sin saber siquiera lo que hacía, Visenna rebuscó en su bolsa y la bolsa de Cassian cualquier cosa que pudiese ayudarla a detener la hemorragia. Sacó como pudo las flechas de su cuerpo, oyendo los quejidos ahogados de Cassian, viendo cómo la vida se desvanecía. Echó todos y cada uno de esos brebajes en sus heridas. Pero éstas eran demasiado graves, y Cassian apenas era capaz de mantener sus ojos abiertos. Los cerró.

    —No, no, no, no, no —gimió la jorobada, abrazándole con más fuerza—. Cassian, sigue conmigo. No te vayas. Despierta. Mírame, ¡mírame!

    Pero Cassian no respondía. Quizá ni siquiera estaba. Visenna dejó ir todo el aire de sus pulmones como si ella misma estuviese agonizando a la par. Sintió que algo dentro de ella se rompía. Era ese mundo de cristal. Esa burbuja invisible que había creado entorno a ellos con la esperanza de protegerse. Con la esperanza de protegerle. A él. Y había fracasado. La oscuridad comenzó a crecer en ella. Se sentó y atrajó sobre sí misma el cuerpo inerte de Cassian. Le quitó el casco, y le apartó el cabello del rostro, para poder vérselo por última vez. Y le abrazó. Y le acunó. Y le amó. Le amó como nunca antes había sido capaz de amar a absolutamente nadie. Le amó, como probablemente nunca antes habría sido capaz de amar a Cassian. Le amó con ese amor maldito, con ese amor no correspondido, con ese amor que dolía, que cercenaba, que sangraba. Que odiaba y anhelaba. Que suspiraba y sonreía unas veces, pero lloraba y estremecía otras. Le amó como solo se puede amar a una persona en esta vida. Y le acunó contra ese pecho que se alzaba y hundía desconsolado, roto, perdido. Dándole su calor. Dándole todo su ser.

    —Quédate conmigo —comenzó a susurrar en su oído, con las lágrimas ahogando cada palabra y cada rincón de su ser—. Quédate conmigo. Quédate conmigo. Quédate conmigo. Quédate conmigo.

    Quédate conmigo.

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