Tierras Desoladas
Skip

Foros del Servidor

Post has published by QM Atenea
  • Dungeon Master
    • DM
    • Mensajes12
    Miembro desde: 24/02/2021

    Una sensación de acolchamiento mantenía su mente totalmente inválida. No podía pensar. No podía ver nada. No podía hablar, u oír. Solo podía sentir. Y lo que sentía era tan extraño, que no le gustaba. El dolor dio paso a una revitalizante sensación de frescor en todas y cada una de las heridas dejadas por por las saetas y flechas de los orcos. Pero su mente seguía inútil, y eso era una tortura para alguien como él. Con el paso de los minutos, se dio cuenta de que había vida a su alrededor. Vida que palpitaba, que podía sentir en las yemas de sus dedos y en la rigidez de sus párpados. Vida que degustó y que abrazó más allá de lo meramente físico. Era el Velo, pero él no lo había despertado. En su estado era totalmente imposible. Alguien más, alguien que podía tejer en las hebras de lo mágico, estaba a su lado, alterándolo de alguna forma que rozaba el peligro. Se centró en esa sensación. Y sintió dolor, odio y rabia. Pero sobre todo, sintió un sufrimiento que heló la poca sangre que quedaba intacta en su cuerpo. Quizá sólo fuese un mal sueño, pensó. Quizá despertaría al cabo de un rato y todo habría quedado en un mal recuerdo. Impulsado por este deseo, Cassian trató de mantenerse en el mundo de los vivos una vez más. Trató de aferrarse a la realidad y dejar atrás las brumas de un sueño que él no había escogido. Y comenzó a sentir con más fuerza. Sintió unos brazos delgados, pero firmes, que le abrazaban con una desesperación estremecedora y que le acunaban. Sentía, mientras tanto, el aliento y el llanto de una mujer en su oído. La voz era preciosa, pero algo hacía que no pudiera entonar bien según qué sílabas. No muy lejos pudo percibir otro par de voces, de una muchacha y un hombre entrado en edad, que discutían algo relacionado con unos papeles.

    Los papeles.

    Cassian abrió los ojos de golpe al recordar que estaba allí por una misión. Un juramento que, como caballero, debía cumplir hasta el final. Costara lo que costase. Boqueó en busca de aire con el que llenar sus pulmones, y se llevó una mano al costado dolorido. La otra la colocó sobre una de las manos que notaba sobre él. Oyó un grito de sorpresa, y sintió que los mismos brazos de antes le abrazaban entre temblores de júbilo que pretendía desligarse del pánico. Parpadeó con fuerza para aclarar la visión. Vio mechones de un cabello negro como ala de cuervo, y sintió, mezclado con su propia sangre y el sudor ajeno, el aroma de un perfume de flores. Reconoció a Visenna de inmediato y colocó una mano sobre su joroba a modo de advertencia para que aflojase el abrazo y también para calmarla. Pero la muchacha, histérica, sólo podía agradecer una y otra vez a los dioses en una retahíla muy baja y acelerada que hubiesen perdonado la vida al caballero de Tral.

    —Un… Un galeno —jadeó Cassian con la voz ronca, interrumpida por el propio dolor.
    —Está bien —respondió Visenna, también con un hilo y el aliento entrecortado—. Voy a llevarte a casha. Todo shaldrá bien. Te vas a poner bien.

    Ajenos a la disputa y negociación acaecida a sus espaldas, vieron cómo, de pronto, Yusuf echaba a correr, seguramente en respuesta a alguna amenaza por parte de Amelie, y cómo ésta se dirigía a la mochila que Visenna abandonó hace rato a sus pies. La abrió, sacó un pequeño cofre de su interior y coló una llave en su cerradura. Guardaba muchos documentos, la gran mayoría carentes de interés, pero todos ellos sobre propiedades y tesoros coleccionados por Yusuf a lo largo y ancho de sus viajes. Amelie encontró el que buscaban amontonado entre medias, reconociendo rápidamente la firma y el sello de los Delon. Amelie lo mostró con una sonrisa victoriosa en lo que Visenna ayudaba a Cassian a ponerse en pie. Toda su armadura estaba hecha un destrozo. Hundida en muchas partes, arañada en otras, pero poco efectiva a esas alturas. Arreglar todo aquello conllevaría un buen pellizco de su bolsillo. Pero nada de eso importaba si se lo comparaba con el hecho de haber estado a punto de perder la vida. Visenna observó todo aquello y se dio cuenta de la suerte que habían tenido. Puede que, incluso, inmerecida. Hala había respondido a sus plegarias de una forma que la jorobada no esperaba, pero que agradecería durante muchísimo tiempo más. Una risa nerviosa brotó de sus labios al pensarlo. Cuando quiso darse cuenta, había sostenido el rostro de Cassian entre sus manos y depositado un suave beso en la comisura de los labios. Cassian, por supuesto, no lo correspondió, e incluso frunció el ceño. Pero al percatarse de que Visenna no fue consciente de ello ni siquiera después, cuando se alejó, lo dejó estar. Sin duda aquello había sido una respuesta emocional —quizá excesiva, pero inocente, a fin de cuentas— nacida del miedo y la adrenalina. No se lo tendría en cuenta.

    —Vámonos a casa —dijo Visenna.

    Cassian se apoyó en los hombros de la jorobada para ser capaz de caminar. Dadas las circunstancias, la dignidad importaba más bien poco. Estaba deseando llegar a la ciudad, presentar sus respetos a Mara, entregar los papeles y el anillo, e irse a la posada para quitarse la armadura, darse un baño y dormir por diez días si era necesario. Claro que nunca, bajo ninguna circunstancias, proferiría queja alguna en voz alta. Mucho menos preocuparía aún más a Visenna. Los tres compañeros deshicieron el camino andado importándoles bien poco qué ocurriese a partir de entonces con el desagradecido de Yusuf, que se preocupó para por sus posesiones que por la vida del caballero que salvó la suya. ¿Tendría problemas con su escolta? ¿Pelearían ambos por el poder de las pocas pertenencias que restaban? ¿Regresarían a Halem o se quedarían en Puerta del Tral? Sinceramente, les daba igual. A los tres. Tampoco entonces hablaron durante toda la caminata. Las fuerzas que restaban, que no eran muchas prefirieron dedicarlas a mover sus pies lo más rápido posible para llegar a Puerta del Tral antes de que se topasen con cualquier otro incidente.

    Aquello, sin embargo, ya habría sido demasiada consideración por parte de Hala. Incluso en la madrugada, con la luna alta y el frío violentando huesos, la figura de un hombre interrumpió el camino al apartarse de la valla en la que estaba apoyado. Un solo vistazo bastó para que los tres se dieran cuenta que no era precisamente alguien de campo y que, sin duda, la granja en la que les había estado esperando no era suya. El tipo carraspeó y después sonrió. Un escalofrío recorrió la espalda de Visenna. Cassian pudo notarlo bajo su brazo.
    —Permítanme que me presente —dijo el desconocido, aunque los tres tuvieron el presentimiento de que no era necesario—. Soy un emisario de la familia Valois. Vengo y hablo en nombre de Lady Lehonor.

    Aquel tipo contempló el lamentable estado de la armadura de Cassian, pero sonrió igualmente con una amabilidad que les recordó al siseo de una serpiente venenosa. Estaba claro que lo que quiera que tuviese que hablar con ellos, no iba a ser bueno. Al menos no para el juramento prestado.
    —Tenemos prisa —interrumpió Cassian con unas ganas casi viscerales de escupirle la sangre en el rostro para que dejara de sonreír.
    —Oh… —no pareció sorprendido—, pero me ha transmitido una oferta para sus mercedes.
    —Bueno —intervino Amelie—, por escuchar no perdemos nada, ¿no?

    Tanto Visenna como Cassian mirando de manera extraña a Amelie. Sospecharon que, de ser otra la ocasión, la picaruela de Istek habría no solo escuchado, sino también aceptado cualquier contraoferta de Valois. No podían reprochárselo. A ella no la movía el honor, la doctrina o una aspiración política o justiciera. Amelie se movía por las pequeñas oportunidades que surgían en la vida y el dinero que éstas pudieran garantizarle. Así había crecido y así había madurado. Era la forma de vivir en las calles, e incluso Visenna, aun viniendo de una modesta aldea, podía llegar a empatizar con ella. Pero no entonces. No en ese momento. No tratándose de Valois.
    —Hablad —dijo la jorobada—, pero perdéis el tiempo.
    —No hay nada por encima del honor y la palabra —completó Cassian para reafirmar las palabras de su compañera, a la que soslayó una mirada orgullosa por mantenerse firme.
    —Veréis… —el tipo retomó su sonrisa antes de hablar—. Mi señora tiene constancia de que han ido por unos documentos que, supuestamente, acreditan que Lady Delon es noble. Mas debo decir que eso no cambiará su situación. Mi señora está dispuesta a ofrecer una suma considerable por esos documentos. Al mismo tiempo tendrá en cuenta posibles influencias en las altas esferas de Puerta del Tral.
    —¿De cuánto hablamos? —preguntó Amelie.
    —Cuatro mil piezas de oro.

    Se hizo el silencio. Una sola mirada a los ojos de Amelie demostró que estaba considerando seriamente la oferta. Incluso Visenna dudó. Toda su vida había sido una paria por culpa de sus deformidades. Llegó a creer que no merecía estar viva, y a intentar quitarse la vida por sí misma. Cuando comenzó a darse cuenta de lo bien que se le daba el estudio de la magia, comenzó a pensar a la par que, tal vez, podía granjearse el futuro que quisiera por su propia mano. Empezó a soñar despierta con conseguir que la gente apreciase por fin lo que era y quien era por su inteligencia y su habilidad, no por sus orígenes. Y comenzó a soñar con la política. Sí, la jorobada, la aldeana venida a más, soñaba con un hueco en las altas esferas. Valois podía conseguirlo, ¿pero a precio de qué? Si aceptaba, estaría vendiendo su alma a la misma mujer que la menospreció e insultó en mitad de la plaza. La misma mujer que la humilló. Y estaba cansada de ser humillada. Estaba cansada de recibir golpes. En su mente, el nombre de Lehonor de Valois había quedado grabado con la misma fuerza y contundencia que el de Nephys o Zorro, como quisiera llamarla, y ambas por el mismo motivo: sus abusos. Deseaba vengarse de Nephys por la paliza tanto como deseaba vengarse de Valois por la humillación. El peso del brazo de Cassian sobre sus hombros sólo consiguió reafirmar la respuesta en su mente. Porque, por encima de todo, por encima de cualquier rencor o afrenta contra su honor que habría de ser respondida tarde o temprano, estaba su cariño, su confianza y su sonrisa. Visenna nunca, jamás, arriesgaría ninguna de esas cosas. No se arriesgaría a una mirada de decepción o rechazo por parte de Cassian. Otra vez no. Aquello valía más que cualquier poder esporádico que pudieran darle y arrebatarle según las circunstancias y el capricho de una mujer atemorizada y herida en su orgullo.

    —Vueshtra sheñora es muy generosha, sin duda —comenzó a responder Visenna, con astucia—. Sobre todo por poner tanto empeño en localizar a tres extraños y pagarles una shuma de dinero tan grande por unos papeles que, shegún ella, no tienen valor alguno y no harán que su rival cumpla con sus objetivos. Rezaré para que tamaña mueshtra de honestidad y bondad sean correspondidas. Mas ya hemos dado nueshtra palabra. Los papeles irán a su legítima dueña.
    —Es una pena —chascó la lengua el sirviente, e insistió una vez más, quizá porque no daba credibilidad a la voluntad de la jorobada a pesar de haber sido tan acertada y ladina con sus palabras—. A mi señora le disgustará saberlo. ¿Están seguros?
    —Lo estamos —respondió Cassian tajante. Su mano apretó débilmente, con las pocas fuerzas que restaban, el hombro de Visenna para demostrarle su apoyo y orgullo.

    El tipo se limitó a encogerse de hombros.
    —Está bien —dijo—. Transmitiré las nuevas a mi señora.
    —Mi nombre es Cassian. Huérfano de Puerta del Tral. Confío en el criterio de los dioses y en que ellos ven nuestro hacer. Y confío en que serán ellos quienes decidirán si merecemos o no sus bendiciones. No los hijos de los hombres. Mi honor vale mucho más que eso.
    —Aún así… Lamento decirles que se disgustará mucho con ustedes.
    —El poleo menta viene muy bien para los dishgustos —sonrió Visenna con su quijada torcida—. Yo lo tomo muy a menudo en la época de exámenes. Se lo recomiendo encarecidamente.

    El sirviente se inclinó una vez más al ver que no iba a sacar tajada de aquello. Luego se incorporó esbozando de nuevo una sonrisa diplomática, y se alejó sin responder a la palabrería de ninguno de los dos amigos. Amelie suspiró imperceptiblemente, lamentando haber perdido una oportunidad de oro, nunca mejor dicho, para hacer el negocio de su vida.

    Cuando la figura se desvaneció en la lejanía, Cassian reanudó su apoyó sobre los hombros de Visenna y los tres se dirigieron hacia la ciudad. Hacía mucho frío, pero, por suerte, no tardaron mucho en divisar el puente colgante de la capital de los ríos. Al otro lado reconocieron la melena rojiza de Mara Delon. La muchacha, incapaz de dormir, y preocupada por las horas, había ido hasta los límites de la ciudad y estaba dando vueltas de un lado a otro, como una desquiciada, mientras les esperaba. Al verles y ver, sobre todo, el estado de Cassian, se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Comenzó a llorar, presa de la culpabilidad, y los tres amigos se acercaron para calmarla.
    —¿Qué ha pasado? —inquirió—. ¿Cómo ha ido? ¿Por qué estáis tan heridos? Ha sido culpa mía. No tendría que haberos enviado. Lo siento tanto.
    —Será mejor que vayamos a tu casa —sugirió Amelie, audaz.
    —Pero…
    —Valois lo shabe todo —explicó rápidamente Visenna—. Nos eshpía, y puede que tenga hombres en las calles. Tenemos que llevaros a un lugar sheguro, mi sheñora.

    Mara les miró con auténtica sorpresa primero y terror después. En su inocencia, no fue capaz de sospechar que su mayor enemiga estuviese observando sus pasos desde hace tiempo. La sola idea la horrorizó. Mara asintió y les condujo por las calles desiertas de Puerta del Tral hacia su hogar. La vivienda era muy modesta. Cuando entraron, se dieron cuenta de que ni siquiera había muebles porque la muchacha había tenido que venderlos todos para poder conseguir dinero con el que llevar a cabo su empresa sin morirse de hambre en el proceso. La única silla que encontraron la destinaron a ella misma. Después de que Mara tomase asiento, los tres compañeros comenzaron a narrarle por turnos todo lo que había sucedido. Le hablaron de sus pesquisas en El Unicornio Plateado, la desagradable charla con el escolta de Yusuf, el rescate de éste en tierras orcas y el ataque de las bestias hacia la pequeña y desvalida compañía. Cómo Cassian casi perdió la vida, pero lograron recuperar los papeles y, además, mantener a salvo el anillo de Mara, el último recuerdo de su madre. Cuando Cassian le tendió la joya, la muchacha se puso a llorar a moco tendido y le llevó un tiempo ser capaz de reponerse. Durante ese rato, sólo se oyeron sus sollozos y alguna que otra disculpa ahogada en lágrimas. La pobre, con su buen corazón, se sentía culpable por todo lo que habían tenido que pasar a pesar de la alegría de haber recuperado, por fin, lo que tanto necesitaba para restaurar el buen nombre de su familia. Los tres compañeros le hicieron compañía hasta el final y fueron pacientes con su emoción. Todo ello se transformó en un nuevo sentimiento de gratitud por parte de la pelirroja. También le hablaron del intento de soborno de Valois y cómo sabían que la noble la estaba espiando. Mara se disculpó nuevamente por no ser capaz de propiciarles tamaña suma de dinero a cambio, pero Visenna se encargó de calmarla diciéndole que el oro no era nada comparada a la sensación de placer y victoria por que Leonor estuviese asustada al nivel de ser capaz de arrastrarse y hacer cualquier cosa por impedir que los documentos llegasen hasta ella. Amelie, algo más puntillosa, recalcó que siempre podía recompensarles una vez recuperase sus títulos, algo en lo que la propia Mara parecía haber pensado por su cuenta.
    —Os juro —les dijo— que seréis los primeros en ser llamados y recompensados cuando recupere mis posesiones. Jamás olvidaré lo que habéis hecho por mí. Jamás.

    Permanecieron con ella, en la vivienda, un rato más. El suficiente para asegurarse de que no iba a ser atacada y que la muchacha se encontraba bien. Tras una sentida despedida, los tres compañeros salieron de la casa y cerraron la puerta a sus espaldas con la sensación de haber hecho lo correcto. Y esa sensación valió más que cualquier tesoro que Mara o Leonor les pudiera haber entregado.

    El alba despuntaba ya en el horizonte. Y aunque no habían dormido nada, de repente, no tenían sueño. Cuando se dieron cuenta, habían enfilado la calle en dirección al Ganso de Oro. Abrieron la puerta y la alegre melodía de un bardo llegó hasta sus oídos. Los tres amigos se miraron entre sí y sonrieron. Y es que no todos los días sobrevivía uno a toda una horda de orcos.

  • Una contraseña te será enviada por correo electrónico.