Tierras Desoladas
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Foros del Servidor

Post has published by QM Atenea
  • Este debate tiene 10 respuestas, 1 mensaje y ha sido actualizado por última vez el hace 1 mes por QM Atenea.
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    • Nombre: Visenna Nasrellah.
    • Cuenta: StrawberryQueen.
    • Raza: Semielfo.
    • Procedencia: Aldea cercana a Istek.
    • Clase: Mago.
    • Fecha de creación: 29-11-2020.
    • Alineamiento: Legal maligno, tendencia neutral.
    • Deidad: Ilmeh y Hala.

     

     

     

                           Fuerza: 10.                    Inteligencia: 18.               

       Destreza: 12.                  Sabiduría: 10.

    Constitución: 14.          Carisma: 16.

           El susurro de su vestido y el aroma de sus cabellos preceden su llegada. Se desliza con lentitud y elegancia por la fiesta sin evadir las miradas que escojan o no puedan evitar fijarse en ella. Su figura posee una estatura normal, pero es embellecida por unas curvas femeninas y delicadas a la altura de sus caderas. Su pecho, ni demasiado grande, ni demasiado pequeño, se halla resaltado por el corpiño de un vestido largo y de color negro que llega hasta el suelo arrastrando ligeramente por detrás, pero dejando visibles las puntas de unos zapatos que se abrochan en sus finos tobillos. La tela, fina y exquisita, está resaltada por pedrería de obsidiana y diamantes negros bordados a mano con esmero y estrategia. Refleja las luces de su alrededor de tal manera, que a uno le da la impresión de estar observando un hermoso océano de estrellas en el cielo nocturno. La misma pedrería cae por sus hombros en un juego de mangas enjoyadas que perfilan su silueta con galantería y buen gusto. Y aunque el escote es notorio en su espalda, bajando por la hermosa caída de su columna, está recubierto por un encaje negro que sirve como cortina para los deseos que pudiera despertar. La elección de joyas es austera, pues solamente lleva un juego de pulseras hechas con la misma pedrería en su muñeca izquierda y una pequeña gargantilla hecha con una caléndula negra de la que pende una obsidiana con una estrella de diamantes y runas arcanas que danzan a su alrededor para aquellos que pueden percibir la sutil caricia del Velo.

    El cabello está suelto y cae en rizos azabaches a su espalda manteniendo su rostro despejado y enmarcado por esa cascada oscura. Sus rasgos mestizos recuerdan a las gentes del desierto en su nariz aguileña o sus apetecibles labios carnosos, que sonríen ladinos y astutos con la silente promesa de un beso que nunca llega. El kohl, maquillaje propio de su estirpe, perfila sus párpados ahumándolos en negro y resaltando aún más la fuerza y el poder de unos ojos grandes y violetas como fuego lívido. Un finísimo antifaz de encaje se sostiene sobre el puente de su nariz y cubre una ínfima parte de su rostro dotándola de mayor elegancia y misticismo. En conjunto, la Dama de las Estrellas se ve elegante, pero sencilla. Atrevida, pero cautelosa. Y, sobre todo, sensual. Habiendo sabido escoger cada pincelada de su atuendo de gala para atraer miradas y deseos desde la insinuación, pero muy lejos de la vulgaridad de mostrar carne sin más.

    [Descripción basada en la fiesta de máscaras de Istek]

           El pasado de Visenna no tuvo nunca nada de especial. Es tan normal como el de cualquier persona desfavorecida que vive en un mundo donde los tratos, los contactos y el poder son importantes para el desarrollo personal. Por supuesto es trágica, ¿qué historia así no lo es? Lo raro hubiera sido que hubiese crecido feliz, rodeada de familiares y en un entorno amoroso. Y es que la chica no sólo nació con una terrible malformación en su cuerpo, sino que posee una pequeña parte de sangre élfica, lo que le valió para ser condenada a vivir el rechazo de ambas razas por igual, tanto elfos como humanos. Nació y creció durante los últimos años de inestabilidad y vio el éxodo de muchos de sus vecinos elfos hacia tierras a las que ella tenía prohibido ir dada su condición y al no haberse ganado aún la confianza de ninguno de ellos. Y aún de haberlo hecho, tampoco habría podido: su madre, la única persona que podía hacerse cargo de ella, era humana, y por tanto habría sido vetada de la mítica ciudad. En cuanto a su padre, por otro lado, nunca lo conoció. Sólo supo de él que era semielfo y que sedujo a su madre cuando ésta aún era muy joven en las exóticas tierras del desierto. Cuando la familia materna dio cuenta de que fue deshonrada, la exiliaron retirándole todo apoyo posible. Poco después descubrió que estaba embaraza y fue a la busca de su amado, al que nunca encontró. Si supo o no qué pasó con él, Visenna siempre lo ignoró, dado que su madre nunca quiso hablar al respecto.

    Con el tiempo, su madre decidió casarse con un comerciante de Istek, asentándose la familia en una aldea muy humilde cercana a la ciudad. El padrastro de Visenna, sin embargo, creció en un entorno racista y no estaba nada de acuerdo con la disolución de las aljamas élficas ni con la supuesta igualdad del pueblo gentil. Así que no cuesta mucho imaginar que la infancia de Visenna no fue precisamente fácil. Sus malformaciones empeoraron a causa del maltrato y desde muy pequeña se le dejó claro que su opinión no valía para nada y que cualquiera de sus hermanos, humanos de pura raza, tendría prioridad. Fue niñera y criada de aquellos que compartían su sangre y que crecían a una velocidad mayor a la suya propia. Los años pasaron haciendo mella en su madre y padrastro. Ahora viejos y con achaques, mientras que ella seguía siendo joven y con muchas décadas por delante, apenas podían mantenerse a sí mismos. Los últimos años de inestabilidad habían hecho que sus negocios fracasasen estrepitosamente. Así que cuando un misterioso desconocido llamado Adelberg llegó a su casa, ninguno de los dos opusieron resistencia a que aquel hombre comprase a Visenna como si fuese un objeto más a la venta en el tenderete. Ni siquiera preguntaron sobre sus intenciones o se preocuparon porque éstas no fuesen honestas.

    Adelberg, sin embargo, era estricto y no se lo iba a poner fácil. Ambos se desplazaron a Istek con la intención de viajar más tarde a Puerta de Tral. Pero durante la primera semana, Visenna atentó contra su propia vida al creer que su destino sería peor que la vida ya de por sí miserable que tenía con su familia, y dolida por el recuerdo de cómo había sido vendida y dejada de lado. Uno de los aprendices de Adalberg la encontró y avisó a su maestro a tiempo de salvarla. Así fue como Visenna descubrió que se trataba de un mago que tiempo atrás había trabajado para la Academia de Puerta de Tral. Visenna por entonces no podía recordarlo, pero Adelberg le contó que, cuando ella tan solo era una cría, se quedó mirando muy fijamente uno de sus amuletos. Cuando Adelberg le preguntó qué ocurría o si tenía monos en la cara, Visenna tan solo alzó la mirada y dijo, con mucha calma y seguridad, «me gusta cómo bailan tus estrellas». Adelberg le explicó que sólo una persona con una gran capacidad para sentir la Urdimbre podría haberse dado cuenta de ese detalle, y que por eso había regresado en su busca años más tarde, cuando ella ya había madurado y podía desarrollar su potencial o ser consumida por el mismo. Durante los meses siguientes, Adelberg la instruyó en los principios más básicos y esenciales de la magia. También le enseñó a ejecutarla. Primero con trucos absurdos y después con un par de hechizos que él llamaba «de primera esfera». Visenna era muy torpe y su inseguridad hacía que aprendiese muy lento y que se equivocase muy mucho. Adelberg era un maestro paciente, pero en ocasiones tensaba la cuerda más de lo habitual para ponerla entre la espada y la pared y que la chica reaccionase rápido o usase mejor su inteligencia para resolver los problemas en lugar de dejarse agobiar por ellos. Hubo muhos enfados, muchas frustraciones y muchas discusiones. Visenna no entendía el por qué de tanta crueldad. Hasta que un día Adelberg se lo explicó: «la magia no es un juguete. Es caos, arte y ciencia. Puede servir para mejorar la vida de los demás al mismo tiempo que destruye la tuya. Uno nunca domina la magia. La magia es una fuerza salvaje, indómita y viva. Y quienes alardean para que otros observen su poder o creen que esto es algo simple y sencillo de aprender, son con frecuencia los primeros en morir. Porque cualquier fuerza que siente la amenaza de ser sometida y maltratada, como toda vida en este mundo, se rebela y ataca, consume y destruye a su agresor. No hay que dominar la magia. Tampoco dejarse dominar por ella; hay que aprender el equilibrio y saber danzar como iguales».

    Visenna grabó a fondo esas palabras con fuego en su mente. Ahora sabía que aunque tenía talento suficiente para ser cuan poderosa quisiera, debía tener mucho cuidado y aprender a guardar equilibrio y control para no consumirse a sí misma.

    • Ingresar en la Academia de Magia.
    • Demostrar su valía como mago en base a escalar en su aprendizaje y seguir ganando esferas.
    • Ganarse el respeto y el derecho a ser considerada una igual por sus habilidades.
    Pasar la prueba de fuego para convertirse en una Metamago (CDP).
    • Graduarse en la Academia de Magia con honores.
    • Convertirse en profesora y/o Vigilante de la Universidad.
    • Sanar su cuerpo con un ritual que permita corregir sus deformidades.
    • Convertirse en la Consejera Arcana de algún noble de la región. Cuanto más poderoso, mejor.
    • Adquirir un título nobiliario que le permita entrar en el Consejo del ducado.
    • Ganarse el favor de Lerion para que le permitan acceder a la ciudad y a sus conocimientos.
    • Aprender los entresijos de la antigua magia élfica.
    • Explorar, recolectar y estudiar artefactos, reliquias, tomos y archivos de los Ethurios.
    • Agasajar el suficiente poder político y arcano como para ser considerada la mejor Archimago del ducado por delante del propio rector de la Academia de Magia.
    • Convertirse en la nueva Rectora de la Universidad Mágica de Ethuria.
    • Formar parte del tribunal que decide sobre las cuestiones relacionadas con el uso o mal uso de la magia.

    Niveles 1-7

    Niveles 8-11

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              La brisa del mar mecía sus cabellos negros como la caricia suave de alguien que siente piedad por un corazón roto. Visenna, sola, como había estado toda su vida, permanecía arrodillada ignorando ese dolor punzante que comenzaba a taladrar sus piernas como agujas despiadadas que se clavan sin ton ni son en las articulaciones. La gentileza de Gehi queriendo regalarle un cinturón encantado que después resultó que no pudo permitirse ya había quedado atrás. En ese momento sólo estaban ella y su vacío. Ese que sentía en el pecho desde hacía horas. Ni siquiera supo cómo llegó allí. Recordaba haberse dirigido de vuelta al mercado y no haber encontrado a Cassian ni a Nephthys. También recordaba la risa cruel de una chica cuando les preguntó por ellos y señaló que los había visto entrar en la posada. Al principio no le dio importancia. Tenían que hablar y Nephthys había señalado que debía pedirle un favor en privado. Pero con el paso del tiempo se dio cuenta que el favor, a todas luces, era algo más que verbal. ¿Cómo si no un chico tan joven y una chica tan inquieta a la que no le gustaban las ciudades iban a pasar tanto tiempo juntos precisamente en una posada?

              Recordaba el crujido. No fue exactamente un crujido, pero lo sintió muy, muy similar. Cerca de la boca del estómago y subiendo hacia su pecho. Al principio hubo fuego. Un fuego que calentó sus mejillas y las entrañas. Después desasosiego y resignación. Había girado sobre sí misma, indecisa de entrar o no en la posada. Por un momento, un hálito de maldad se apoderó de ella y estuvo muy tentada de entrar, preguntar por su habitación y fastidiarles la fiesta. Le daba igual si le gritaban, pegaban o lanzaban algo a la cabeza. Sólo quería molestarles por placer egoísta de hacerles mal. Pero entonces recordó la sonrisa de Cassian. Y no pudo hacerlo. No podía soportar la idea de que estuvieran juntos. Soportar esa imagen que flotaba en su cabeza de sus cuerpos desnudos dejándose llevar como jóvenes saludables que eran.

              Pero tampoco pudo soportar la idea de no volver a ver la sonrisa de Cassian.

              Así que se hundió. Se hundió en lo más profundo de aquella oscuridad y deambuló sola por el puerto de Asufeld. No llevaba los velos porque Gehi le había advertido que la guardia apresaba y sancionaba a todos los que iban con la cara cubierta. Así que no hubo persona con la que se cruzó que no se quedara mirando la deformidad de su rostro. Por una vez aquello le dio igual. En realidad ni siquiera pudo o quiso darse cuenta.

              Sus pasos erráticos la llevaron hasta los muelles. Se asomó por la barandilla. A pesar de ser invierno, hacía sol, y éste se reflejaba en el agua. También lo hacía su rostro. Ese rostro con la quijada desviada y protuberancias que resaltaban en la mitad de él. Qué idiota había sido. Qué débil estaba siendo. Qué absurda, mundana y patética. Todas aquellas veces que había dicho en voz alta que ella jamás se fijaría en nadie porque sabía que nadie se podría fijar en ella fueron mentira. Patrañas dichas en voz alta para autoconvencerse y escudarse de cualquier daño que a ciencia cierta iba a recibir. Pero la insistencia de Gehi diciéndole que algún día podría encontrar a alguien que la quisiera y las dulces palabras de Cassian que aseguraba con tanto fervor que la verdadera belleza estaba en el interior, la habían hecho sucumbir. A su desgracia y a aquella tragicomedia en la que se había visto envuelta por culpa de su estupidez. Aferró la barandilla de madera con fuerza hasta que sus nudillos se tornaron blancos y adolecieron. ¿Por qué? Con lo inteligente que era, ¿cómo había acabado por caer en la misma trampa que se había propuesto no pisar? ¿Por qué siempre tenía que acabar envuelta en desgracias? ¿Por qué no podía salirle bien ni una sola cosa? Apretó la mandíbula, torcida, aguantando sin éxito las lágrimas. Si su padrastro había sido capaz de venderla como si fuese un objeto o peor que cualquiera de los que tenía en el puesto, ¿cómo podía haberse llegado a ilusionar conque Cassian, precisamente Cassian, fuese a mirarla de otra manera? En todo momento la mirada del caballero había sido de piedad. Una piedad que rozaba el asco. Porque ni siquiera era capaz de mirarla a los ojos por largo tiempo sin apartar la mirada a otro lado. Lo hacía con sutileza para no hacerle daño. Pero no era tonta y podía ver su rechazo. Ese rechazo que todo el mundo profesaba hacia ella quisieran o no. Ese rechazo al que estaba tan acostumbrada y que sin embargo dolía como la primera vez.

              —Algún día encontraréis el amor verdadero —había dicho Cassian en el camino.
              —Shé sincero —respondió Visenna, parándose—. ¿Tú te fijaríash en alguien como yo?

              Su «no» resonó como un martillazo en la memoria. Cayó pesadamente en su pecho con más contundencia de la que sintió en su momento. Hipócrita y mentiroso. Falso y embustero. Se llevó las manos al pecho. No le gustaba esa sensación. Había una losa que pesaba y quemaba. Que rasgaba y destrozaba todo a su paso. Una fuerza violenta y salvaje que sacudió su cuerpo y subió por la garganta. Con voracidad y sin piedad. Con agonía. Con sangre. La jorobada abrió la boca. Sus oídos no fueron capaces de oír aquel grito. Quedaron ensordecidos por la oscuridad que la envolvía como una vieja amiga y que amenazaba con consumirla hasta no dejar restos para nadie, porque nadie los querría consolar. Sintió que la garganta se le quebró y que todo a su alrededor se tensaba como una sutil honda expansiva llena de fuerza, vida y caos que manaba de su cuerpo y se perdía hacia la infinidad del mar. Magia, lo llamaban los pueblerinos. En realidad era mucho más. Era la emoción contenida y que por suerte no reaccionaba fácilmente a su malestar al no tener sangre innata. Pero que seguía estando ahí, en su cuerpo, por ser capaz de canalizar esa energía. Sintió el pecho desgarrado por una fuerza invisible que ella misma había creado al sumergirse en esa oscuridad nacida de sus sentimientos.

              —Nadie se fijaría en alguien como tú —murmuró con asco y crueldad. Con toda la maldad que pudo sacar de sí misma para sí misma. Su peor enemigo era ella. Su negatividad y su falta de confianza. Y encontró placer en la miseria de su autodestrucción. Porque todo aquello le estaba bien empleado. —Por débil —se dijo. Ladeó la cabeza, llorando, mientras contempló su reflejo desfigurado en el agua. —Por idiota. Sabesh perfectamente que nadie movería un dedo por ti. Que a nadie le importaría que murieshes. Nadie, nunca, va a amarte. Nadie. Jamás.

              Era un hecho. No tenía nada por ofrecer. Por eso nadie contaba con ella para nada. No era hermosa, no era habilidosa y no tenía don de palabra. Su sola presencia era un estorbo para todos. Para él. Y sin embargo no podía evitar…

              Giró la cabeza queriendo ahogarse en la desesperación. Sus ojos violetas dieron fortuitamente con un pequeño altar situado en el puerto. Se acercó con lentitud, cojeando, hacia él. Había velas y ofrendas de conchas, libaciones y obsequios de los marineros a la diosa de la Suerte. Hala. La señora del Destino. ¿Habría sido casualidad que diese con ella justo en ese momento?

              La jorobada esperó a que los marineros despejaran la zona y se arrodilló frente al altar. No tenía nada para ofrecerle. Nada, salvo sí misma. ¿Y qué valor podría tener eso para una diosa si ni siquiera ella misma era capaz de sentirse valiosa? Enterró las manos en el pecho y oró. Oró con desesperación. Ni siquiera sabía por qué estaba rezando. ¿Qué podría hacer Hala por ella? ¿Cómo podría cambiar su suerte? Pero rezó. Sin agotarse, sin cesar, una y otra vez. Entregándose a esa fortuna que nunca había tenido y que deseaba tener. Rezó para que Hala sintiera por ella la piedad que nadie sentía y la tomase de la mano. Para que su destino fuese otro. Como si ese destino pudiera cambiarlo todo. Oró por tener algo que hiciera que los demás la apreciasen. Para ser importante para alguien. Ser importante para Cassian. Aunque éste no lo quisiera nunca. Aunque no fuese consciente de ello. Oró por un milagro que transformase su sino. Que la convirtiese en una maga poderosa e imparable con una habilidad tal, que hiciera que los demás acudiesen a ella necesitados de su inteligencia, su voz y su… ¿Belleza?

              —Seguro que hay una forma de curarte, Visenna —le habían dicho días atrás. Y esas palabras vinieron de boca de una hechicera. Sairina. Una hermosa hechicera elfa que creía que sus malformaciones podían ser sanadas si estudiaban el proceso con calma y paciencia. ¿Y sí tenía razón? ¿Y si podía convertirse en quien ella quisiera ser y poder trazar su propio rumbo sin que la menospreciasen? Sin ser invisible.

              Visenna volvió una vez más la mirada hacia el altar de Hala. No podía verlo bien porque sus ojos estaban empañados por la cortina de lágrimas. Pero la mirada que importaba era la del Destino. Así que oró, una vez más, para que el Destino la estuviera mirando. Y escuchando.

              Porque sólo quería ser alguien.

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              La Transmutación, o el arte de la manipulación extrema, es una de las ocho escuelas en las que podemos catalogar todas y cada una de las formas en que puede ser manipulado el Velo para la ejecución de hechizos o salmos de aquellos capaces de percibir la energía mágica impresa en el mundo. También es, sin lugar a dudas, una de las más invasivas, si no es la que más. Y es que a diferencia de sus hermanas, Transmutación no se dedica a crear vida de la nada, hacer auténticos espectáculos de luces artificiales o engañar la mente con una visión totalmente ficticia a capricho de su ejecutor. Transmutación va mucho más allá; se cuela en la esencia de cada cosa viva o inerte y la reforma a su gusto. De esta manera manipula la materia ya existente y susceptible a cambios tanto físicos como químicos hasta el punto de hacer auténticas maravillas como cambiar el físico de una criatura, violentar las condiciones del entorno que nos rodea o incluso hacer mella en uno mismo.

             Es muy importante recalcar lo ya mencionado: Transmutación no crea algo de la nada, sino que juega con lo que ya existe. Este hecho es lo que la diferencia de escuelas cuyo resultado puede ser tan parecido, que pueden llegar a confundirse entre sí. Como es el ejemplo de Ilusión, la encargada de engañar los sentidos y la percepción propia o ajena. Pero mientras que lo que obtenemos de Ilusión es irreal, con Transmutación obtenemos un resultado tangible y por tanto mucho más consistente y difícil de deshacer. En este último punto radica la complejidad de esta escuela. Aunque no tan famosa como sus hermanas, Transmutación es ardua y requiere de mucha precisión, disciplina y concentración. Manipular la esencia física de un objeto inerte puede ser sencillo o carente de riesgo. Pero cuando nos enfocamos en cambiar la esencia física de un ser vivo, nos metemos ya en terreno pantanoso cuyos resultados, de ser negativos, pueden conllevar a accidentes verdaderamente desagradables o incluso la propia muerte. Es una materia complicada para la que hay que guardar mucho respeto y evitar hacer experimentos o improvisaciones si uno no sabe lo que se hace.

    Imagen

             Pero cuando uno piensa en Transmutación lo primero que nos viene a todos a la cabeza de manera inmediata es una polimorfia. Es decir, la capacidad de un cuerpo físico para transformar su apariencia en otra parecida o completamente diferente. Sin embargo, y es aquí donde radica también la peligrosidad de nuestra querida Transmutación, esta escuela es capaz de hacer mucho más que cambiar un cabello grasiento en otro brillante y rojizo como el fuego. También abarca un amplio abanico de maldiciones que harían temblar al hombre más fiero y valiente. Desde ojos que son capaces de convertir a un intruso en piedra, hasta la bruja que por venganza convierte a toda una tropa de mercenarios en cerdos incapaces de salir del lodazal o pensar por sí mismos. Los cuentos populares que nos contaban de pequeños guardan muchas similitudes y ejemplos concernientes a esta escuela de magia y, lejos de ser mera fantasía nacida de la imaginación, nos ayudan a comprender hasta qué punto un mago transmutador puede ser temido y acabar protagonizando fábulas tan pegadizas para advertir al mundo de su peligrosidad.

             Por otro lado, y a pesar de su complejidad, Transmutación es una de las escuelas más susceptibles a trabajar con lo químico y no sólo con lo físico. Grandes alquimistas han nacido con una habilidad innata para los alambiques y han sido capaces de embotellar auténticas obras de arte en sus frascos con pociones capaces de realizar las mismas proezas que el hechizo ejecutado por un arcano en carne y hueso y de cuerpo presente. No obstante, y por muy fascinante que sea, es desaconsejable para cualquiera confiar más en la magia embotellada que en la natural. Como todo en esta vida, cualquier compuesto tiene fecha de caducidad y puede reaccionar de manera diferente según la persona que lo ingiera, produciendo efectos adversos o alergias complicados de tratar si no es con un especialista en la materia presente para discernir qué ha ocurrido, dónde ha estado el error y qué se puede hacer para solventarlo. No sería la primera vez que un viajero temerario ha preferido confiar en la fortuna de Hala más que en el conocimiento de Ilmeh, bebido una poción de polimorfia y acabado convertido en una gallina incapaz de hacer otra cosa que cacarear, y por supuesto, sin saber cómo romper el sortilegio al no poseer siquiera el raciocinio de un ser humano y menos aún la experiencia de un mago. Para todo este desaguisado el remedio será siempre el mismo: la cautela.

              Y aquí es cuando llega la pregunta que la gran mayoría suele hacerse al enfrentarse a esta escuela tanto como aliado como de enemigo: ¿el cambio será permanente? ¿Estaré toda mi vida transformado en aquello que otro haya escogido para mí? La respuesta es sencilla: depende del poder del arcano. Y es que la mayor parte de las transmutaciones son temporales y a lo sumo tardarán días, semanas o meses en desaparecer, dependiendo de si el hechizo puede ser desecho por otro, tiene tiempo límite o posee patrones de conducta que pueden ser resueltos por la persona que carga con la maldición en cuestión. Aún así uno no debe confiarse: por mucho que tarde o temprano se vaya a regresar a la forma natural, el efecto que tiene la magia sobre un cuerpo y su mente de manera prolongada pueden conllevar a secuelas psicológicas difíciles de tratar. Solo en unos pocos casos muy complicados un hechizo de Transmutación puede ser instaurado de manera definitiva. Bien sea con algún tipo de ritual de permanencia que desconozco o bien a través de objetos que pudieran estar creados y encantados con dicha finalidad. Lo primero, aunque complicado de hacer, es lo más fiable, dado que de guardar el sortilegio en un objeto, éste se deshará igualmente al ser destruido o disipado.

             ¿Podría un ritual de Transmutación, por otra parte, cambiar de manera permanente el físico de una persona que, por los motivos que sea, ha nacido con algún tipo de malformación? La respuesta podría ser que sí. Aunque de hacerlo, será parecido a una cirugía invasiva, peligrosa y complicada. Porque no estamos hablando de cambiar temporalmente el físico de un desdichado. De esta manera, un hechizo de visión verdadera podría penetrar en el sortilegio y ver su apariencia real, que seguiría siendo, desafortunadamente, malforme. No; estamos hablando de sanar una circunstancia genética manipulando todos los factores que han llevado a esa persona a sufrir tal destino. La única forma que se me ocurre para ello es que el ritual haga que la magia del arcano ejecutor penetre hasta los huesos del paciente y los recoloque a la fuerza en su sitio mientras un galeno o usuario de la magia divina se encarga de sanar al mismo tiempo las heridas que este proceso pueda acarrear, que no serán pocas. Y esto exigiría una participación conjunta y orquestada de varios especialistas en diferentes campos que no podrían fracasar ni una sola vez en su cometido en pos de evitar que el paciente salga del laboratorio peor de lo que entró. Como ser, es posible. Pero no algo que se viese todos los días ni se hiciera a menudo dados los riesgos que acarrea para todos los involucrados.

    Tesis escrita por Visenna Nasrellah.

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              Los días pasaron sin ton ni son como una broma de mal gusto para Visenna. Desde que sufrió el ataque y habló con Cassian, las cosas no fueron iguales. Todo había cambiado. Cassian sabía de sus sentimientos y ya no la trataba de la misma manera. Seguía siendo amable, por supuesto, ¿qué otra cosa podía esperar de él? Pero ya no era tan cercano. Como si considerase un pecado compartir las mismas sonrisas con una persona que lo amaba y que no era la que él correspondía. Aquello, lejos de ayudar a Visenna, alimentó la oscuridad de su corazón. La volvió más irascible, más solitaria y más venenosa. Más resentida con el mundo y consigo misma. Y lo peor de todo es que Cassian no supo todo aquello por su boca, sino por boca de quien no debía y quien estaba segurísima que lo había manipulado todo para seguir teniendo al caballero comiendo de la palma de su mano. O entre sus piernas.

              Todos aquellos pensamientos viperinos y derrotistas atrajeron la tragedia. En cuanto Visenna alzó la vista, se topó de lleno con la figura de Cassian, quien conversaba con Amelie. Eso hizo que su corazón se encogiese nuevamente. No supo si acercarse o irse corriendo de allí. Pero entonces recordó la promesa que ella misma hizo en la playa: «no pienso alejarme de Cassian. Y pienso ganarme su corazón». Y cayó en la cuenta de que irse despavorida era precisamente lo que “la otra” habría querido para ella. Así que tomó aire, se armó de valor y avanzó. Puerta de Tral seguía su ritmo vertiginoso de siempre, así que ninguno de los dos reparó en su presencia hasta que ya estuvo a su vera y pudo oír de lo que hablaban.

              —Me gusta ver que Elaa bendice a la gente con la posibilidad de sentir amor y felicidad —dijo Cassian—. Aunque Gehi cada día me está defraudando más con su hacer. Espero que podáis inculcarle más dignidad y menos avaricia.

              Visenna suspiró. De todas las conversaciones que podría haber escuchado de ellos, tenía que girar una vez más en el maldito amor. Ojalá no existiera tal sentimiento.

              —Bendita shea Elaa, shí —respondió Visenna con la voz repleta de sarcasmo.

              Cassian observó a Visenna. Le sonrió cálido, como solía hacer con todo el mundo. Pero ya no era tan cercano como habituaba. Una vez más, la conversación que tuvieron la noche anterior hizo mella en ambos. Sobre todo en Visenna. Al notar una vez más la carencia de cercanía en sus ojos, la jorobada evadió la mirada con una mueca de dolor en el rostro y en los ojos. Aquello era tan, tan injusto. Fue de las primeras personas que conoció a Cassian cuando llegó a Istek. Le había acompañado en infinidad de aventuras. Siempre a su lado. Siempre apoyándole. Siempre respaldándole. Enamorándose de él a cada día que pasaba y pese a que ella misma se juró que nunca tendría sentimientos por nadie precisamente para ahorrarse todo ese dolor, toda esa agonía. Y sin embargo… Cassian, que tanto hablaba de la belleza anterior, había decidido darle su corazón a una mujer cuyo mérito había sido únicamente tener sexo con él y aprovecharse de su inocencia, su caballerosidad y sus códigos. No era justo. Y cuanto más lo pensaba, menos justo lo veía. Si tan solo Cassian hubiese sido más honesto con su dogma y hubiese decidido mirarla con otros ojos… Si tan sólo le hubiese dado una oportunidad. Visenna estaba completamente segura de que podría haberle dado mucho más de lo que le daban. Y de una manera mucho más legal y sincera.

              —Haré lo que pueda —oyó que decía Amelie, y la vio alzar el pulgar—. Hablaré con él.
    —¡Movida, movida! ¡Abrid paso! —gritó una anciana—. ¡Quitad, coño!

              Visenna se fijó en la mujer. Debía llegar a los sesenta, si es que no más. Empujó a Amelie sin piedad y se abrió paso a la fuerza yendo hacia un punto fijo cerca del templo de Rodgar. Cassian dedicó una mirada de mala gana a la señora, criticando por lo bajo y entre dientes su actitud y las palabrotas dichas por la gracia del viento. Antes de que cualquiera de los dos pudiese decir nada, sin embargo, vieron como Amelie apretaba el paso y se iba detrás para marujear qué estaba ocurriendo. Dichosa Amelie. Genio y figura hasta la sepultura. Cassian y Visenna se miraron entre sí con la misma cara de circunstancias y después encogieron sus hombros. No tenían más remedio que seguir a la picaruela si querían velar por que siguiese intacta. Así que, más pronto que tarde, se vieron envueltos en una disputa que no les concernía. Amelie, como siempre, estaba a un lado animando la jarana con sus provocaciones.

              —¡Uy, lo que te ha dichoooo! —la oyeron canturrear para animar la gresca y que las dos mujeres que la protagonizaban se calentaran aún más.

              Visenna se fijó un poco más en ellas. Por sus ropajes parecían nobles. Una era morena y tenía un porte arrogante y petulante. Con carácter fuerte y ganas de pisotear a su rival con cualquier desprecio bien enjoyado por una labia perfecta y cuidada. La otra, pelirroja, parecía algo más humilde, pero lo suficientemente enfadada como para estar dispuesta a plantarle cara a su enemiga.

              —¡No tienes derecho a decir tal cosa! —se defendió la pelirroja.
    —Lo tengo, querida —expresó la morena con aires de grandeza—. Tu familia está en la ruina, y encima intentas contentar a la familia Arris. ¿Recogiendo migajas, tal vez?
    —¡No es verdad! Es solo que… Reclamo lo que la familia Merys es por derecho.
    —¿Un título que no tienes? Bah… —la morena hizo un gesto de desprecio con la mano—. Si quieres comprar tu asiento en la nobleza tendrás que hacerlo mejor. Hasta entonces serás una simple paria entre la É-LI-TE. Y, por supuesto, todo cambiará cuando Joseph Arris ostente el cargo de Duque, ¡que lo hará!
    —¡No estoy de acuerdo! —insistía con arrojo la pelirroja—. La familia Obyn es igualmente apta para dirigir esta ciudad.

              Amelie volvió a caldear el ambiente con otro grito bullicioso. Cassian le chistó para que se comportase y no animara la refriega como una chabacana cualquiera. Visenna, por su parte, no supo qué pensar. En otro momento una intriga política le habría interesado lo suficiente como para espectar aquello como quien contempla la actuación de un bardo reputado. En aquel instante, sin embargo, su ánimo estaba por los suelos, y lo único que hizo fue simpatizar con la pelirroja a causa de la crueldad que la morena estaba demostrando con ella al menospreciarla por no tener tanto poder adquisitivo. Ella, mejor que nadie, sabía lo que era que menospreciasen a uno por ser diferente. No tan poderoso. No tan atractivo.

              —Esa supuesta mística —decía la morena—, ¿le tienes simpatía? Ahora entiendo tu condición de noble menor. ¡Qué digo noble! ¡Si ni siquiera tienes el título! ¡Jua, jua, jua!
    —Sé dónde está… Pero… Es solo…
    —Ya veo. Eres demasiado cobarde o demasiado pobre para hacerlo por ti misma. PATÉTICO. ¿Y por qué pierdo el tiempo contigo, entonces? ¿Quién eres tú y por qué respiras el mismo aire que yo? ¡Piérdete!

              La noble pelirroja, sin argumentos, bajó la mirada. En ese momento, Visenna suspiró. Y se acercó. Pudo haberlo hecho a la morena para lamerle las botas y conseguir el voto favorable de alguien de la nobleza. Pero no pudo. En su lugar, posó una de sus manos huesudas en el hombro de la chiquilla pelirroja. Éste se giró y se sobresaltó un poco al ver las deformidades de aquella jorobada. Pero no reculó, ni tampoco rechazó su muestra de ánimo.

              —Mi sheñora, sherá mejor que lo dejéis eshtar —dijo la jorobada con tono cordial—. No merece la pena que deshperdiciéis saliva con alguien que no deseha hablar con vos. Creedme, lo vivo todos los días de mi vida. Cuando alguien no quiere eshcucharos y solo ve vuestra apariencia, no merece la pena dishcutir.

              Atisbó una sonrisa en los labios de Cassian. ¿Sería orgullo o mera amabilidad? No quiso saberlo. No en ese momento. Suspiró y trató de ofrecer una sonrisa afable a la chica pelirroja, mas quedó en una mueca extraña dada la rareza de su rostro. La noble, por su lado, la miró con una mezcla de rabia y frustración completamente comprensibles y también conocidas para ella.

              —Oh, ¿pero qué es esto? —oyó que decía la morena. Visenna la miró y supo al instante que iba a convertirse en el nuevo objetivo de sus desprecios y mofas—. ¿Vuestra sirvienta? Oh, querida… Es mucho más humillante de lo que pensaba. En realidad debería compadecerme de ti. Pero no caerá tal cosa.

              Amelie se rió sin poder evitarlo por el desparpajo de la morena. Aquella risa hizo más daño a Visenna que las palabras de la noble. Porque se trataba de alguien a quien consideraba cercana. Cassian, en cambio, suspiró para armarse de paciencia. Aunque notó furia y frustración en su mirada. Eso la envalentonó. Visenna alzó su mentón deforme y miró a la noble sin amedrentarse.

              —Desde luego deberíaish compadeceros, mi sheñora —le dijo tratando de mostrarse firme, incluso aunque la voz le temblase un poco—. A fin de cuentas no contáish con la shuerte de tener como sirviente a un mago como yo.
    —¡Una maga! —exclamó la noble—. Sin duda algo debió salir mal en uno de tus experimentos para dejarte en tal estado.

              Visenna apretó un puño. Sintió la terrible necesidad de arrojarse sobre ella. De cerrarle la boca a la fuerza. Pero no se consideraba una persona violenta. No. No iba a caer tan bajo. Respiró hondo con la nariz terriblemente arrugada. Y su mente, inconscientemente, fue grabando todos y cada uno de los rasgos de aquella mujer hasta memorizar su rostro para no olvidarlo de por vida.

              —Ha sido deliciosamente divertido humillarte a ti y a tu sirvienta —prosiguió mirando con la misma crueldad a su rival—. Pero si me disculpáis, tengo una audiencia en el palacio Ducal. ¡Jua, jua, jua!

              La noble morena se alejó sin darles tiempo a reaccionar ni decir nada más. Cassian tenía la mandíbula tan apretada, que Visenna creyó que le iba a estallar de un momento a otro. No creyó haber visto nunca tanta musculatura cuadriculada en su rostro hasta ese momento. Supo que el caballero se quedó con ganas de decirle cuatro cosas a aquella mujer, pero no lo hizo porque estaba obligado a respetar a la nobleza incluso aunque no estuviese de acuerdo con sus maneras. La muchedumbre, sin nada más que espectar, comenzó a dispersarse. Amelie se animó a hacerlo más rápido con aspavientos de sus brazos y alegando que el espectáculo había finalizado.

              —¿Eshtáis bien, mi sheñora? —preguntó Visenna a la muchacha pelirroja.
    —Creo que sí… Esto… Gracias.
    —Señora —se adelantó Amelie—, creo que deberíais contratar a gente con don de lenguas para hacer frente a ese veneno que suelta la mujer.

              Como siempre, la picaruela sacaba oportunidad para ganar dinero incluso a costa de una situación tan desagradable. Cassian y Visenna la miraron a la par con la misma severidad, y Amelie alzó ambas manos en señal de paz y buenaventura. La noble, por su parte, suspiró más abatida de lo que ya estaba.

              —Shé que no somos dignos de vueshtra compañía —prosiguió Visenna—. Pero una taza de té caliente os shentará muy bien ahora mismo.
    —Su… supongo que puedo pagaros algo por las molestias —musitó la noble. Desbordada por la llegada de los tres y la ayuda prestada.
    —No —se negó Cassian—, no debéis hacerlo.
    —¿Seguro? —la joven les miró, confusa—. Pero no os conozco de nada.
    —A vecesh es mucho más fácil confesarle algo a un extraño, que a alguien querido y conocido —aseveró la jorobada.

              Allí, en medio de la calle, los cuatro desconocidos comenzaron a presentarse. Primero lo hicieron los tres aventureros. Después, la muchacha pelirroja. Les dijo que se llamaba Mara Delon y que era la única descendiente viva de dicha familia, antaño noble. Mientras se dirigían al Ganso de Oro por sugerencia de Visenna, Mara les contó que la noble con la que había estado discutiendo era Lehonor de Valois, y que simpatizaba justo a la familia con ideales más tradicionales y radicales. Lo que había ocurrido cobró sentido en cuanto lo explicó. Mara caminaba deprisa para alejarse de las miradas indiscretas que la seguían allá donde iba. Y es que los cuchicheos llegan siempre antes que cualquier noticia humilde, y pareciera que gran parte del barrio sabía ya de la disputa entre ambas mujeres. Por suerte no estaban muy lejos del Ganso de Oro. Aunque, al entrar, Mara se topó con otro momento incómodo.

              Lo representó Alastair Restand. Regente del prestigioso restaurante.

              —Señorita Mara —sonrió—, no esperaba veros por aquí. Siempre es un placer.
    —Lo sé, Alastair —respondió Delon con otra sonrisa—. Gracias.
    —Mas lamento ser impertinente —de repente el regente se puso serio y miró ceñudo a la pelirroja—. Debo recordaros el asunto que os afecta con el establecimiento.

              —Lo sé, ¡lo sé! —se apresuró a decir Mara con las mejillas completamente rojas—. Solo necesito más tiempo para poner en orden mis cuentas. Hasta entonces… ¿Podéis apuntarme lo de hoy, por favor…?

              Alastair se tomó unos minutos para meditarlo. Finalmente asintió muy despacio, aunque su rostro cambió a uno más seco y frío que cuando la recibiese.

              —Por supuesto.
    —Gracias.

              Mara se giró. Ni Visenna ni Cassian dijeron nada acerca de las deudas que la muchacha pudiese tener para con el local. Amelie, en cambio, por la cara que tenía, ya debía estar dándole a su cerebrito en busca de una manera de sacar tajada con aquello. No perdía el tiempo. Los tres siguieron a la pelirroja hacia un reservado para poder hablar en privado, sin indiscreciones ajenas. Cassian tomó la silla de la noble y la ayudó a tomar asiento acercándola a la mesa. Amelie pidió aguardiente de lima y Visenna, antes de que nadie pidiera más alcohol, encargó una buena ronda de té caliente para que Mara pudiera relajarse y olvidar por un momento sus problemas, si es que podía. Tras llegar la comanda, la propia Visenna sirvió las tazas destinadas a Mara y a sí misma.

    —Supongo que queréis saber el motivo de la trifulca —sopesó Mara, mirándoles directamente. Con Cassian, más concretamente, se ruborizó—. ¿O no hace falta?
    —Sholamente si vos queréis contarlo —respondió Visenna.

              Cassian asintió con una leve sonrisa para respaldar las palabras de la jorobada. Aunque ésta, incómoda, no era capaz de mirarle a la cara. Al menos no de manera directa.

              —Lady Valois actúa así porque su familia es muy cercana a los Arris —expresó Mara cuando se acomodó mejor en la silla—. Y goza de su influencia. Está convencida de que Lord Joseph será el nuevo Duque. Yo me posiciono más por Lady Merdaid Obyn. Es alguien a quien conozco y considero que tiene más interés en las preocupaciones actuales de la fortaleza. Lord Joseph es demasiado… Tradicionalista y distante. Si estuviese en mi mano apoyarles, lo haría para con la familia Obyn.
    —¿Y existe alguna manera de que esté en vuestra mano apoyarles?

              Amelie hizo la pregunta más valiosa de aquella reunión. Cassian y Visenna la miraron con los ojos muy abiertos, y después miraron a Mara. Ésta, también sorprendida por el carácter tan directo de la muchacha, cabiló. Visenna se relamió con un gesto nervioso y trató de esconder su ansiedad bebiendo de la taza de té. Mara imitó inconscientemente el gesto, quizá también por nervios y estrés.

              —Hay una manera —asintió—, pero no es nada fácil. ¿Conocéis la historia de la Guerra de los Ríos?

              Mara procedió a contarles todo acerca de la batalla para ponerles al día sobre qué era lo que se estaba cociendo en realidad en Puerta de Tral. Les contó que la guerra se inició hacía décadas cuando Lord Davos Deirin de Aldalón intentó conquistar la región de los Ríos. El abuelo de Mara, Lord Jorun Delon, se alió con Lord Davos. Desgraciadamente, y como contaban las crónicas, perdieron la guerra, y tras la humillante derrota en el asedio de Puerta del Tral, la propia Santa Hermandad les dio gesta y caza. Entre éstos y el desastre de Mesrin, solo sobrevivió su madre, que consiguió huir hacia el sur, a Galparán. Durante años, la madre de Mara se refugió haciendo toda clase de trabajos para que ambas pudiesen sobrevivir. Hacía un año exacto que falleció.

              —Un año… —musitó Mara—. Por Elaa, cómo pasa el tiempo.

              Los tres aventureros dieron su tiempo para que Mara pudiera procesar sus sentimientos de pérdida. Cuando estuvo lista para continuar, suspiró.

              —Hace unos meses decidí coger todos mis ahorros —prosiguió la muchacha—. Vendí el pequeño local que tenía con mi madre y volví aquí. Al hogar de mi familia. Intento restaurar mi apellido como la casa noble que es. Pero… Tal como pasó con otras familias, la Santa Hermandad se encargó de eliminar todo rastro de quienes apoyasen a Lord Davos. Dioses, ¡incluso pasaron a fuego el castillo de los O’Black! Aunque… Sabiendo cómo eran… No me extraña nada que acabasen en llamas.

              Aquella fue la primera vez en toda la velada que Visenna se atrevió a hacer contacto visual con Cassian. Ambos estaban pensando lo mismo: la Santa Hermandad, como siempre, tenía que brillar por su capacidad para destruir vidas. El mentón del caballero estaba tenso, apretado en una mueca de contención para no demostrar abiertamente su odio y disgusto. Por un momento muy breve, Visenna estuvo tentada de ponerse en pie e ir hacia él para tranquilizarlo. Pero entonces recordó cómo había cambiado su manera de tratarla a raíz de saber de sus sentimientos. Sentimientos delatados por la tercera en discordia en lugar de por sí misma. «Cuanto más lo pienso, más la aborrezco», pensó mecida por la rabia interna.

              —Habéish hablado de una manera factible pero complicada de reshtaurar vueshtro nombre —señaló Visenna para obligarse a sí misma a centrarse en la reunión, y al mismo tiempo, recordar a Mara el punto álgido de la misma.
    —Antes de que mi abuelo volviera a Puerta del Tral —asintió Mara—, poseía algunas propiedades, y recientemente he descubierto que hay unos documentos que podrían reconocer mi estatus frente al consejo. Y, con suerte, limpiar mi nombre y el de mi familia de los errores del pasado.
    —Ojalá pudiese ser así —terció Cassian—. Pero por lo general es muy complicado que quienes fueron considerados traidores puedan limpiar su nombre. No quiero desilusionaros, mi señora. Pero en este mundo no solo pagan sus errores quienes los cometen, sino también toda su estirpe por generaciones.
    —Pero… —Mara entristeció al oírle, aunque negó con la cabeza—. Si apoyara a la familia Obyn… Quizá haya esperanza. No dispongo de suficiente liquidez en estos momentos. Pero si vuelvo a ser reconocida noble, juro recompensar cualquier esfuerzo. De verdad lo juro. Intentaré hacer cosas buenas para la gente de esta ciudad. Sé lo que es vivir en la miseria, no como esa pérfida de Valois.
    —¿Y por qué no podéis conseguir esos documentos? —insistió Cassian.
    —La última pista que tengo es que los adquirió un coleccionista, junto con otros documentos históricos. Lo último que sé es que ha viajado al Unicornio Plateado. Sin embargo no ha escuchado ni mis peticiones ni mis ruegos. Temo que sea de los que solo aceptan el mejor postor o el mejor acuerdo. Así que… Pretendo entregarle el anillo de oro y rubíes de mi madre como pago.

              Mara deslizó una mano sobre la otra para despojarse de la joya, que dejó sobre la mesa. Era un anillo sumamente valioso en todos los sentidos de la palabra. Los tres aventureros se quedaron ojipláticos. De entre ellos, Amelie fue a la que más le brillaron los ojos. Otra vez estaba su cabecita dándole a las tuercas para apretar una buena idea con la cual agenciarse la joya, sin lugar a dudas. Y no se lo podían reprochar. Una pieza así tentaría incluso a los más firmes. Con excepción de Cassian, que parecía estar hecho de piedra y devolvió su atención rápidamente sobre Mara.

              —Por mi honor que os ayudaré —dijo—. Pero recordad este día. Recordad cuánto habéis sufrido. Y luchad para que Puerta del Tral sea un lugar mejor.

              Mara volvió a enrojecer hasta las orejas. Visenna comprendió que la joven había quedado maravillada con el caballero y sonrió. No se lo pudo reprochar. Solo alguien muy ciego o muy estúpido obviaría las virtudes de Cassian. Negarlo solo por despecho la convertiría en alguien hipócrita y absurda.

              El resto de la velada fue algo más distendida. Mara les puso al día de los detalles concernientes al coleccionista. Les dijo que se llamaba Yusuf y que provenía del desierto de Halem. Relató las pocas veces que pudo comunicarse con él sin que el tipo se ablandara lo más mínimo. Y expresó que, a esas alturas, ya no podía salir de su ciudad sin que sus acreedores se lo tomasen como un insulto por creer que estaba huyendo sin pagar sus deudas. Charlaron largo rato y Cassian se encargó de hacer que la joven quedase tranquila y confiada con respecto a ellos. Pareciera que el hecho de estar frente a un caballero juramentado hizo que Mara respirase aliviada y comenzase a pensar con positividad. Amelie, en cambio, aunque también participó de la conversación, pareció más silenciosa. Como si su atención estuviese puesta en algo más aparte de sus amigos y la joven noble que tenía delante. Visenna se preguntó qué le ocurría, pero no lo supo hasta mucho después, cuando los tres se levantaron de sus sillas, se despidieron con todo respeto de la joven Mara y se dispusieron a salir del reservado. Fue entonces cuando Amelie se acercó a ambos, y tras mirar con disimulo en derredor, susurró:

              —Nos han estado espiando.

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              La sombra de la sospecha les siguió todo el camino. Cada tanto se detenían lo mínimo posible para asegurarse de que no les estaban siguiendo. No eran tontos y sabían que muy probablemente quien mandó espiarles fue la propia Valois. El por qué también era evidente: quería evitar que Mara recuperase sus derechos. Muy pronto, la inquietud y el miedo a que les estuviesen esperando unos matones en la posada a la que se dirigían se instauró en ellos, haciendo que sus mentes cavilasen maneras alternas de escapar si la situación se complicaba demasiado. Yusuf en sí mismo tampoco les inspiraba confianza. Ni siquiera la propia Visenna, mestiza con sangre del desierto, las tenía todas consigo con respecto al coleccionista. Se sabía que los comerciantes de las arenas eran especialmente duros y astutos. Desde pequeños mamaban del pecho del trueque y el oportunismo, y sin duda les pondría mil y una trabas para obtener los documentos que necesitaban. No obstante, y a pesar de saber que lo tenían complicado, tanto Cassian como Visenna habían llegado a un punto de entendimiento común. Ninguno de los dos quería entregar el anillo de Mara. Ambos sentían que la carga emocional de la joya era mayor a la adquisitiva, y estaban dispuestos a hacer lo que hiciera falta para devolvérselo a su legítima dueña. Amelie, en cambio, no estaba de acuerdo. Claro que no quería darle el anillo a Yusuf, pero optaba más por quedárselo ella misma para obtener doble pago por los servicios prestados, algo ante lo que tanto Cassian como Visenna se mostraron disconformes y por lo que la reprendieron varias veces.

              El camino serpenteó abruptamente ladera arriba y dieron con la posada que Mara les había mencionado. El Unicornio Plateado era un local modesto, pero acogedor, y sobre todo muy útil para el viajero cansado o aquellos a los que no les apeteciese tanto adentrarse en una metrópolis bulliciosa como Puerto del Tral. Se colaron bajo los arcos que precedían a la entrada y pasaron junto a un altar bastante humilde que Visenna no supo identificar por estar más centrada en la labor que les concernía y por no ser tan afín a la mitología como lo era para la ciencia. Un par de caballos relincharon en la parte trasera, seguramente pertenecientes a huéspedes que estuvieran descansando dentro en esos instantes. Los tres compañeros se detuvieron frente a la puerta de la entrada un momento. No hizo falta comunicarse para que supieran que estaban pensando lo mismo; ¿qué pasaba si les estaban esperando al otro lado?

              Pero al otro lado solo les recibieron el calor del hogar y las risas de los parroquianos. Miraran donde mirasen, había gente charlando, bebiendo, comiendo algo o simplemente pasando el rato, lo cual hablaba muy bien de la popularidad y la calidad de la posada. Puede que incluso hubiese allí jornaleros de granjas próximas a la zona. No sería de extrañar. De repente, ninguno de los tres supo por dónde empezar a buscar. Lo más obvio y rápido fue un vistazo circular para ver si localizaban a alguien con rasgos parecidos a los de Visenna y que delatase su procedencia como alguien del desierto. Pero no tuvieron éxito. Ir directos al grano tampoco era buena idea, porque no sabían si había secuaces de Valois siguiéndoles o esperándoles con el oído puesto en lo que dijeran. Y desde luego no podían pasar desapercibidos por culpa de la armadura de Cassian y la joroba de Visenna. Pero como si los dioses quisieran resolver la duda que se apoderó de sus mentes, fue la posadera en persona quien se encargó de abrirles la veda a su investigación.

              —¡Bienvenidos al Unicornio Plateado! —gritó desde el otro lado de la barra, donde estaba pasando, bastante ajetreada, un paño de rep—. ¿Qué os sirvo?

              Amelie y Visenna se miraron entre sí y después, a una, miraron a Cassian. Y sonrieron. Estaba claro que ambas querían que el caballero hiciera uso de su galantería paladinesca para meterse a la pobre mujer en el bolsillo y que soltase prenda de cualquier cosa que preguntaran. Cassian suspiró y se aproximó a la barra con toda la despreocupación de la que pudo hacer uso en momentos como aquél. Apenas se acercó, la posadera ya le dio el primer repaso de arriba a bajo. «Si es que nunca falla» pensó Visenna al borde de un ataque de risa nerviosa que a duras penas logró controlar. Tras pedir una copa de vino para Cassian y una limonada para Visenna, la tabernera se puso manos a la obra. Sin embargo, ni Cassian se bebió la copa de vino —Amelie se encargó de ello robándosela enseguida—, ni la limonada fue servida a la pobre jorobada. La tabernera estaba más ocupada perdiéndose en la sonrisa galante de Cassian y poniéndole ojitos. De repente ya no fue tan divertido. Cassian comenzó a ganarse su confianza mostrándose genuinamente preocupada por la aparición de gigantes en la zona. Le explicó que días atrás vio uno que casi le deja la armadura destrozada, y la tabernera asintió contando que eran un incordio porque espantaban a los viajeros, pero al mismo tiempo muchas caravanas buscaban refugio rápido en El Unicornio Plateado al percatarse de que los gigantes, por alguna razón, no atacaban el edificio. Así que no estaban tan mal como para preocuparse. De momento. La posadera aprovechó para presumir de su negocio y decir que era el mejor de la Región de los Ríos. Claro que para todo posadero, su posada era la mejor, y si no lo era, ya se encargaba de hacer creer de alguna forma lo contrario. Amelie aprovechó su entusiasmo para colarse y abordar el tema que verdaderamente les interesaba: el coleccionista de Halem.

              —No pude evitar venir a ver la posada con mis propios ojos —peloteó la picaruela con una sonrisa emocionada—. También me hablaron de que hay grandes personalidades que se alojan aquí. ¿Es cierto?
    —Supongo, claro —asentía la posadera—. ¡Aquí se aloja todo el mundo!
    —¡Desde luego! —concedió Amelie—. Me hablaron de un coleccionista de gran renombre. Se llama Yusuf Al’sir. Me encantaría conocerlo. ¡Soy fan de sus artículos! ¿De verdad se encuentra en esta posada?

              Tan pronto Amelie mencionó al coleccionista, la posadera cambió radicalmente el tono de su voz. Ya no era jovial y cercano, sino frío y tajante.
    —Me temo que no está —dijo.
    —¿No se está alojando en la posada? —Amelie reaccionó en seguida al contrario que Cassian y Visenna, que se quedaron inocentemente bloqueados por el cambio de actitud de la mujer—. Vaya, ¡qué mal! Me gustaría muchísimo conocerle. ¿Ya se ha ido?
    —Me temo que no está, no.
    —Venga, por favor. Es muy importante para mí. ¿No sabría cómo puedo dar con él? ¿No podría echarme una manita con eso?
    —Mirad… —la posadera empezaba a ponerse nerviosa. Suspiró—. Es un tema complicado. Me han pedido discreción, y eso voy a hacer.
    —Claro, claro —Amelie se inclinó sobre la barra—. No se lo diremos a nadie. No se preocupe. Está a salvo.
    —Olvidadlo. No quiero problemas.

              Cassian tomó el relevo y se acercó más, inclinándose como lo hiciera Amelie. Visenna sospechó qué era lo que iba a ocurrir antes de que sucediese solo por la cara de expectación que puso la posadera.
    —¿Os encontráis en problemas? —inquirió con amabilidad el joven caballero—. Porque de ser así, os podríamos ayudar. Por honor os asegura, mi señora, que lo haremos. Necesitamos contactar con Yusuf. Queremos hacer negocios con él.

              Estaba claro que Cassian seguía siendo arrebatador para gran parte de la población femenina, porque la moza sonrió y lanzó un pequeño suspirito que hizo que Visenna pusiera sus ojos en blanco. Pero no se lo podía reprochar. Incluso ella habría hecho aguas si Cassian se le hubiese acercado de esa manera.
    —Ay, dioses. ¡Qué demonios! —la posadera negó y accedió a contarles lo que sabía—. Resulta que solo ha venido su guardaespaldas. Muy alterado, he de decir. Sangrando, además. Pagó para que no fuese molestado y subió arriba. Parecía preocupado y molesto. Tal y como yo lo veo, ha habido un altercado, o algo así, y me pidió discreción por eso.

              Cassian dejó sobre la barra algunas monedas extra por la información. La posadera no se cuestionó lo más mínimo tomarlas e incluso les dijo abiertamente cuál era la habitación donde se hospedaba el misterioso guardaespaldas. Los tres compañeros se apearon de los taburetes y subieron las escaleras con paso presto rezando en su fuero interno por que nadie se les hubiese adelantado en el tiempo que habían invertido en hablar con la dueña del local.

              Al llegar frente a la puerta, sin embargo, no supieron qué hacer. Si el guardaespaldas había pedido no ser molestado por el ataque, no abriría tan fácilmente con decirle que buscaban a su patrón. En su lugar se encerraría herméticamente, huiría o les atacaría. O todo ello, que era lo más probable. Necesitaban pillar al guardaespaldas desprevenido. Así que Visenna hizo lo primero que se le vino a la mente, aunque también lo más absurdo. Llamó a la puerta y entonó:
    —¡Servicio de habitaciones!

              Oyeron mucho revuelo y maldiciones al otro lado de la puerta. Pasos que se acercaban. Y una voz grave y de acento siseante que les gritaba:
    —¡No necesito nada! ¡Fuera!

              Pero mientras Amelie sacaba sus ganzúas para ponerse manos a la obra con la cerradura, Visenna volvió a llamar para ganar tiempo y atención.
    —¡Servicio de habitaciones! —repitió.
    —¡¿Qué quiere?! ¡¿Qué servicio de habitaciones?!

              Cassian se dio cuenta en ese momento del hacer de Amelie y la apartó poniéndole una mano sobre el hombro.
    —¿Pero qué haces? —recriminó alarmado—. Así no va a colaborar.
    —¿Se te ocurre una manera mejor de que she abra la puerta? —espetó la jorobada.

              Pero Cassian, firme en su convicción, alzó la voz para hablar por sí mismo.
    —Señor —exclamó—, mi nombre es Cassian. Soy de Puerta del Tral. Sabemos que vuestro patrón se hospeda aquí. Sabemos que estáis herido. Me gustaría saber qué ha ocurrido y si está en mi mano poder ayudaros.
    —¡No es de vuestra incumbencia! ¡LARGO!
    —Comprendemos que estéis a la defensiva y sintáis temor —insistió Cassian—. Pero, sea lo que sea lo que os haya sucedido, podemos ayudar. Y estamos en la obligación de hacerlo. No nos iremos hasta que nos abráis.
    —¡No tengo por qué escuchar súplicas de desconocidos! ¡Largo!
    —Hay un artículo que nos interesa comprar —intervino Amelie—. Si vuestro patrón no está, podéis quedaros con el pago. No creo que vuestro patrón se entere de nada.

              Y se hizo el silencio. Durante largos minutos no obtuvieron respuesta del otro lado. Pero a cada segundo que pasaba, estaban más seguros de que las palabras de Amelie consiguieron calar en la avaricia de aquel hombre. Finalmente oyeron el sonido del cerrojo descorriéndose y el crujido de la puerta al abrirse. El hombre del desierto se dejó ver ante ellos. Era robusto, con rasgos parecidos, efectivamente, a los de Visenna, aunque mucho más oscuros. Tenía un turbante en la cabeza, un vendaje a la altura del pecho y una cimitarra en la mano, en actitud desafiante. Claramente no confiaba en ellos, porque aparte de salir armado y a la defensiva, notaron que se había puesto el turbante de manera apresurada para cubrir su rostro y salvaguardar la identidad. Sus ojos, oscuros y perversos, devolvieron una mirada interesada y estratega cuando pasearon por cada uno de los tres para evaluarles y saber si representaban o no algún peligro. Sin embargo, pareció que solamente Cassian se ganó su atención en ese sentido, como si creyese que las mujeres allí presentes no suponían riesgo alguno o carecían de importancia.

              —Tranquilizaos —dijo Cassian, alzando ambas manos con gesto calmo—. No somos hostiles. Tenéis mi palabra.
    —Eso lo decidiré yo. Hablad, pero que sea rápido.
    —Podéis ser rico —intervino Amelie—. Solo tenéis que darnos unos papeles muy concretos que necesitamos.

              Ante una seña de Amelie, Cassian sacó de su faltriquera el anillo de Mara. La sola visión de la joya hizo que el guardaespaldas prestase mayor atención con ojos brillantes de codicia.
    —Dadme el anillo y os diré lo que sé de ese seboso —exigió.
    —¿No tiene aquí la mercancía? —preguntó Amelie—. Preferimos llegar a un acuerdo por los papeles que buscamos. No nos interesa tu jefe. Si nos dejas cogerlos, el anillo es tuyo.
    —Mi jefe tenía un montón de papeles consigo. En su cofre, dentro de la bolsa de viaje. Así que seguramente los encontréis con él. Pero no os diré dónde está a menos que haya trato.
    —No podemos daros este anillo —se negó Cassian, volviendo a tomar la iniciativa—. Pero podría daros doscientas monedas.
    —¡Doscientas monedas! —bufó el guardaespaldas—. ¡Qué ridiculez!
    —Quinientas monedas. No puedo ofreceros más. Y acabaríamos con aquello a lo que, sin duda alguna, teméis. Os ofrecemos la oportunidad de que aquellos que os atacaron caigan y se conviertan en polvo. Por su vileza.

              El guardaespaldas guardó silencio. Súbitamente empezó a reír, igual que alguien a quien acaban de contar un chiste sumamente bueno. Por el motivo que fuese, no se pudo tomar en serio el juramento de Cassian, y en su lugar lo creyó un imbécil o un bromista nato.
    —De acuerdo —asintió el tipo—. Que sean quinientas monedas. Quedaros esa baratija. Pero os lo advierto: estáis perdiendo el tiempo. Primero el dinero, sí.

              Cassian, con una mueca de desprecio y terriblemente ofendido por la carcajada del hombre, hundió la mano en su bolsa de viaje y le tendió su saco de monedas. Allí iba precisamente todo cuanto tenía. Era fácil suponerlo porque ni siquiera se molestó en contar las monedas como haría una persona normal que ha acordado un pago de manera improvisada. Aquello no gustó nada a Visenna, pero no dijo nada para no desmerecerle ante el extraño ni hacerle sentir peor. El tipo, en cuanto sopesó el saco, asintió complacido y empezó a largar:

              —En resumidas cuentas. Mi contratista, Yusuf el Nómada, me pagó para que el viaje de regreso al desierto fuese seguro, tras adquirir algunas antigüedades. Pero los dioses son caprichosos y sufrimos una emboscada. Grandes trasgos. Fue una maldita carnicería. Vi como ese seboso idiota tomó el sendero hacia Dushnuk. Así que, muy probablemente, esté muerto. Vuestra empresa está condenada al fracaso. Pero gracias por el dinero.

              Visenna frunció el ceño. Hasta ese entonces nunca había salido de su aldea, así que desconocía qué habitaba en Dushnuk para que aquel tipo creyese con tanta convicción que su patrón estaba perdido.
    —¿Qué hay en Dushnuk? —preguntó con inocencia a sus compañeros.

              Sin embargo fue la sonrisa pérfida del hombre del desierto la encargada de responderle que se trataba de algo mucho más malo a cualquier cosa que pudiera imaginar. Aquel tipo rió divertido por la situación y respondió:
    —Orcos.

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    El grupo se detuvo en lo alto de una ladera. Habían reunido todo cuanto necesitaban para su viaje lo más rápido que pudieron. Sabían que el tiempo apremiaba; cuanto más se demorasen, más probabilidad habría de que Yusuf, el coleccionista de Halem, acabase muerto a manos de los orcos. Sin embargo el silencio era sepulcral. Ni siquiera Amelie, dicharachera como solía ser, se atrevió a hablar en mucho tiempo. Porque sabían que los orcos eran enemigos formidables y que la misión, tal y como les dijo el guardaespaldas, era suicida. Puede que ni siquiera regresasen ellos con vida. Y ese miedo se respiraba en el aire, tan tenso como para ser capaz de verse cortado por un cuchillo. Visenna recordó cuando semanas atrás, en Asufeld, rezó ante el altar de Hala para que su suerte cambiase. Tragó saliva. Ojalá la diosa la hubiese escuchado, porque en ese momento iban a necesitar mucho más que conocimiento o pericia para poder escapar de aquel entuerto. Un entuerto en el que ya era demasiado tarde para echarse atrás, pues habían dado su palabra a una aspirante de la nobleza. Y la palabra había de cumplirse.

    Al otro lado de la ladera avistaron los restos de una caravana asaltada por bandidos. La brutalidad fue testimonio suficiente para saber que era lo que estaban buscando. El vehículo estaba despedazado. No había caballos, por lo que probablemente se los habían llevado o dejado escapar. Sí que estaban los cadáveres de quienes una vez formaron parte de aquella expedición. Hombres, guerreros fieros y diestros, que vestían las mismas ropas del desierto que el guardaespaldas de la taberna. Y todos ellos estaban muertos. Ni uno solo encontraron con aire en los pulmones y una mínima posibilidad de ser sanado. Si los trasgos o los orcos habían sido capaces de hacer eso con una cuadrilla de guerreros de las arenas, ¿qué no harían con ellos? Solo tres muchachos de los cuales únicamente uno era un guerrero. Amelie, por diestra que fuese en el sigilo, no podía enfrentarse a unos orcos capaces de realizar tamaña masacre. Ni qué decir Visenna, cuyo potencial radicaba en los libros, pero no en el combate. Necesitaban encontrar una alternativa. Y encontrarla rápido. Los tres aunaron fuerzas para buscar en aquel campo de batalla forzoso una pista que pudiera servirles como panacea. Quizá incluso la propia mochila con los documentos que necesitaban. De encontrarla, su misión podría verse oficialmente finiquitada sin poner en compromiso su palabra, puesto que, en realidad, no estaban allí por el propio Yusuf, sino por sus pertenencias. Navegaron por regueros de sangre, movieron cadáveres y echaron a un lado la carreta. Espantaron moscas y removieron tierra húmeda. Pero ni rastro de la mochila. Yusuf, el maldito Yusuf, debió habérsela llevado consigo en su huída. Cuando todo parecía estar perdido, fue la propia Visenna quien encontró, por fin, la pista que les permitía saber en qué dirección estaba el camino tomado por el coleccionista. Un pañuelo de exquisita seda de Halem, con una “Y” grabada en una de sus caras. Estaba manchado de sangre, ya reseca, y abandonado junto a un puente de piedra. Ni mil vidas habrían sido suficientes para conseguir engañar a la mago; conocía muy bien esos bordados, pues eran los mismos que había visto llevar a su madre toda su vida, y en más de una ocasión, especialmente en verano, los había visto también en comerciantes que llegaban al pueblo, provenientes del inhóspito desierto.

    Cuando se levantó, con el pañuelo enganchado en su bastón para no tocarlo directamente con las manos, se topó con una mirada extraña de Cassian. ¿Era orgullo? No podía saberlo. Pero la miraba como si de verdad estimase que estuviera allí. Junto a él. Era una mirada que no había dedicado a Amelie. Solo a ella. Por un instante su corazón se aceleró y sus mejillas se alborozaron como si de una adolescente se tratase. Él, como siempre, pareció ignorarlo. Y entonces creyó que tal vez fuese su imaginación, o el anhelo de una muestra de aprecio por parte del caballero. Y, sin embargo, pareció tan real… Que dolía. Dolía, porque aunque en ese momento Cassian hubiese apreciado en verdad su compañía con una simple mirada de sus ojos azules, sabía, en el fondo, que pronto olvidaría ese detalle. Que olvidaría todas las veces que había estado a su lado, apoyándole, siéndole leal y fiel de manera sincera, sin obligarle a romper sus códigos. Como cierta persona. Como cierta persona, que al contrario que Visenna, y como siempre, no estaba allí. Nunca estaba allí. Al menos no cuando sí debía estarlo. Cuando la situación de verdad lo ameritaba y les mantenía lejos de la cama de una habitación. Cuando Cassian se jugaba la vida por un gesto noble que sí merecía la pena. Que sí dejaba huella. Era ella, Visenna, quien estaba a su lado en todos esos momentos. Consolándole, apoyándole, ayudándole. Prestando combate. A su lado. Y era Visenna, al final del día, quien resultaba olvidada. Desechada. Rechazada. Repudiada.

    Sola.

    Agitó la cabeza. Últimamente no paraba de tener pensamientos negativos, y siempre al respecto del mismo tema. La oscuridad estaba aferrada en su pecho y no la soltaba. Se agitaba por las noches. Entraba en sus sueños. No era la primera vez que pasaba. Ya la conocía, como una vieja amiga. Como la compañera que la convenció, sibilina, de que acabase con su propia vida cortándose las venas. Éxito que le fue arrebatado gracias a que otro de los aprendices de Adalberg la encontró a tiempo de llamar a su maestro y parar la hemorragia. En aquel momento, cuando se acercaban al peligro, cuando cruzaban aquel puente de piedra, volvió a escuchar la misma vocecilla. ¿Qué más daba que la misión fuese suicida? ¿Qué más da que encontrase la muerte al otro lado del puente? Nadie iba a lamentarlo. Nadie la iba a echar de menos. Nadie lloraría sobre su cadáver.

    Ni siquiera Cassian.

    Un silbido.

    Un grito.

    Dolor.

    Visenna cayó al suelo por la fuerza del proyectil. Ni siquiera lo vio venir, pero acabó clavado con violencia en su espalda, muy cerca de la joroba. Con la propia caída también se mordió el labio. Y sintió el regusto metálico de la sangre en ellos.

    —¡Nos atacan! —oyó que gritaba Cassian.

    Apenas tuvo tiempo de arrastrarse a un lado cuando un par de grandes trasgos saltaron hacia el puente. Habían estado escondidos bajo el mismo todo aquel tiempo, esperando víctimas a las que emboscar. Probablemente fueron ellos quienes dejaron el pañuelo de Yusuf a la vista, para que cualquier incauto, como ellos tres precisamente, fuesen en auxilio del hombre que habían perdido. Amelie desenfundó su espada y se colocó junto a Cassian, flanqueando a los enemigos. Pronto se dieron cuenta que aquellos dos no eran los únicos que habían salido a la acción; había otros tres, algo más lejos, disparando sus saetas. Alcanzaron a Amelie, y se dieron cuenta con ello que los virotes no estaban limpios, sino que iban cargados de veneno. La muchacha sintió que sus piernas flaqueaban y parpadeó, pero se puso en pie a tiempo de esquivar un golpe destinado a sus pequeños hombros. Cassian, por su parte, bloqueó otro ataque con el escudo y empujó lejos de sí al trasgo. Hizo ruido para atraer a la pareja de la vanguardia, y les distrajo mientras Amelie se tomaba su antídoto. Las espadas chocaron interrumpiendo el escaso silencio que quedaba, y el escudo volvió a golpear a uno en la cabeza. Con Amelie recuperada, el estoque pudo encontrar hueco hacia la carne y ayudar a abatirles. Entretanto, Visenna se había puesto en pie para atender sus propias heridas y corrió hacia los batidores de los extremos enarbolando una varita que activó con las palabras claves que había decidido para ella. Proyectiles mágicos surcaron el cielo iluminándolo hasta impactar en uno de ellos y quemarle la piel. Oyó las pisadas metálicas de Cassian detrás, que corría a su encuentro para protegerla con su égida y poner fin de una vez por todas a ese combate sucio y traicionero que casi acaba con sus vidas. Amelie rodó por un costado para esquivar un golpe y terminó por clavar su filo en el cuello del que restaba.

    De pronto, todo quedó en un silencio únicamente interrumpido por sus jadeos. Las miradas de espanto se cruzaron entre los tres para asegurarse de que estaban todos bien, aunque heridos.
    —No os puedo pedir que sigáis —resopló Cassian—. No puedo hacer más por protegeros. Si queréis, podéis marchar.

    Visenna le miró esperando que aquello fuese una broma. Porque le conocía y sabía que él, una vez dada la palabra, no iba a dejar aquella lucha si no era con los pies por delante. De repente toda su inseguridad, toda su tristeza, dio paso a otra cosa igual de negativa, pero, al menos, diferente; ira y rabia.
    —No piensho dejarte sholo —se negó aguantando el aliento.
    —No quiero que… Os suceda nada malo. La vida es algo más que un título nobiliario.
    —¡A la mierda mi vida shi tengo que perderte a cambio!

    Cassian abrió los ojos de par en par. Luego los entrecerró con el ceño fruncido, sin saber qué responder. Visenna leyó en él la confusión, la turbación. Porque no podía corresponderla y le resultaba incómodo que estuviese dispuesta a jugarse la vida por él, que no podía darle lo que anhelaba. Pero era mucho más que eso. Visenna no hacía aquello por un amor tóxico y suicida. Lo hacía porque no creía justo que precisamente Cassian, el más noble y justo de los tres, se jugase el pellejo y se quedase solo en un momento tan duro y crucial para cualquier persona. Si había alguien con un alma lo suficientemente pura para merecer sobrevivir a todo aquello, era sin duda él. Y haría lo que fuese, lo que hiciera falta, para que así fuera.

    —Además —intervino Amelie—. No vamos a dejar que te lleves toda la recompensa.

    Visenna sonrió y dedicó una mirada agradecida a la muchacha. Cassian pareció aceptarlo aún a regañadientes, porque sabía que no podía convencerlas de lo contrario. Se pusieron en marcha y cruzaron el puente con una cautela redoblada. No deseaban más emboscadas ni más sorpresas desagradables.

    No les llevó mucho más tiempo hasta que comenzaron a oír los gritos de los orcos. Venían de una colina cercana, pero no podían verles desde donde se encontraban. El viento trajo consigo, además, el sonido de tambores tocados con violencia y precisión. Mas no tenían forma alguna de saber si aquél era un cántico de guerra, sacrificio o festividad. Los tres compañeros se agazaparon aprovechando las coberturas del puente. Con una sola mirada supieron lo que tenían que hacer. Visenna extrajo un poco de goma arábiga y una pestaña de su bolsita de materiales, los mezcló entre sus manos y pronunció el conjuro. En cuestión de segundos, la figura de Amelie comenzó a desvanecerse hasta desaparecer ante sus ojos. Protegida por aquella ilusión de invisibilidad, la rastreadora se alejó en sigilo para evaluar el terreno y la disposición de la tribu orcoide. Dejaron de oír los pasos de Amelie, por lo que supusieron que se había tenido que alejar más de lo que en principio creyeron oportuno. Visenna suspiró y pegó su espalda contra la piedra del puente.

    —Si shalimos vivos de eshta… —empezó a decir—, me gushtaría pediros un favor, Cassian.

    El caballero se acomodó también sentado y cubierto, y la miró extrañado.
    —Claro que saldremos de esta —dijo para animarla, aunque notó que ni él mismo se lo creía—. ¿De qué se trata?
    —Quiero hacer borrón y cuenta nueva. Quiero que olvidéish lo que shabéis. Que ignoréis que una vez alguien os habló shin mi permiso acerca de mis shentimientos.
    —No os guardo rencor alguno, Visenna. Solo me frustra que estéis pasándolo mal por mi culpa. Os respeto. Muchísimo. Creo que sois una gran persona a la que le han pasado cosas malas. Y espero, de todo corazón, que algún día podáis conseguir lo que os propongais.
    —Lo entiendo —interrumpió Visenna, sin quererlo, pero necesitándolo—. Pero lo único que hacéis con vueshtra actitud, con vueshtra indiferencia y dishtancia, es hacerme aún más daño. No eshpero que me correspondáis. Se que nadie podría nunca amar a alguien como yo. Nunca. Lo entiendo y lo acepto. Pero tampoco nadie me había tratado nunca con la cercanía que lo hacéis vos. Y deshpués de shentir eso, esa calidez… Duele perderla. Hace que te shientas… Vacío.

    Cassian se giró y la miró con severidad al principio. Pero al ver la magnitud de la tristeza que se reflejaba en los ojos de la jorobada, vaciló. Y tragó saliva.
    —No volváis a regodearos en que nadie os amará, por favor —pidió con un tono de voz mucho más suave—. Eso no lo sabéis. Y si nadie ha sabido trataros nunca con respeto, es únicamente porque no habéis encontrado a gente con honor.

    La conversación se vio interrumpida por pasos. Solo que mucho más pesados que los de Amelie. Cassian y Visenna se asomaron con discreción y pudieron ver una patrulla de orcos acercándose a donde se encontraban. Cassian maldijo por lo bajo y se agachó aún más. Los nervios se apoderaron de ellos. Podían sentir el corazón acelerándose, el terror invadiendo sus cuerpos. Si aquellos orcos les descubrían, estaban muertos. Uno de ellos se detuvo y alzó el puño, además de la voz, para avisar al resto.
    —¡PARAD! ¡Yo mear!

    Cassian tragó saliva, inmóvil por completo para no hacer ruido con la armadura. Cuando vieron que los orcos pasaban al otro costado del puente, se miraron entre sí. Y comenzaron a arrastrarse para poder seguir cobijados en la cobertura de piedra. Tenían sus pechos a ras del suelo, completamente aplastados para pasar desapercibidos. Los orcos seguían hablando entre sí, haciendo comentarios de la patrulla o lo que les rodeaba con la misma escasez de inteligencia que quien alertó de sus necesidades urinarias. Oyeron la lazada de éste y cómo se bajaba los pantalones para hacerlo. Ninguno había reparado en la presencia de los dos amigos, que veían sus vidas pendiendo de un hilo. Cassian aferró con fuerza el escudo y cerró los ojos. Visenna vio que movía los labios sin emitir sonido alguno y supo que estaba orando. Sin duda debía pensar que esos eran los últimos minutos de su vida y deseaba encomiar su alma a los dioses. Le resultaba tan injusto que aquello sucediera, que se sintió enfadada con todos ellos. Enfadada porque gente indeseable siguiera respirando y, sin embargo, Cassian estuviera a las puertas de la muerte por defender una causa justa. Oyeron cómo los orcos discutían entre sí porque uno de ellos quería irse ya. Se pegaron con violencia entre ellos, pero nada que representase una baja a favor de los intrusos. De pronto, Cassian abrió los ojos. Incluso a través del yelmo, Visenna pudo ver que estaba sudando. Y vio el miedo en sus ojos. Ese miedo del muchacho que seguía siendo. Miedo de la juventud. Miedo de perder la vida y querer seguir viviendo. Un miedo que le heló el corazón. La jorobada tragó saliva. Pasos se acercaban. Los orcos habían percibido un olor que no correspondía al ambiente. Olor a humano. Su olor. Faltaban apenas unos pocos metros para que les descubriesen. Para que Cassian se pusiera en pie y luchase hasta su último aliento. Para que Visenna le siguiera hasta el final. La jorobada extendió con lentitud su mano hasta que pudo aferrar con fuerza la del caballero. Y le miró a los ojos. Con los suyos, grandes y violetas, reflejando, a pesar de su última conversación, todo lo que podía sentir por él. Gratitud. Cariño. Lealtad. Y, sobre todo, un profundo y doloroso amor que inundaba el alma y brotaba por cada poro de su piel. Él entonces no lo supo, pero ella ya se había decidido a interponer su cuerpo como escudo humano y salvarle la vida al hombre que amaba aún a riesgo de la suya propia. Todo lo demás le daba igual. La misión daba igual. Los papeles daban igual. Incluso Nephis daba igual. Cassian debía vivir. Tenía que hacerlo. Merecía hacerlo. Merecía volver a casa, junto a la mujer que había escogido como compañera, y vivir otro día más. Y otro más después. Merecía cumplir todos y cada uno de esos sueños que tenía. Merecía envejecer y tener hijos, y verlos crecer. Merecía todo eso, y más.

    Aquellos pasos bordearon el puente y lo enfilaron. De repente, se detuvieron. Les habían descubierto. Los orcos rugieron y se dieron golpes en el pecho. Amenazadores, advirtiendo de lo que se avecinaba. Cassian, como había previsto, se puso en pie.
    —¡IDOS DE AQUÍ! —gritó a la jorobada.

    Sin embargo, como si Hala hubiese querido responder al fin a las plegarias de Visenna, algo nuevo e inesperado acaeció. Los orcos, aún dispuestos a luchar, se vieron distraídos por el sonido de un cuerno que alertaba la presencia de intrusos. Solo que el cuerno no sonaba en el puente, sino en el campamento. Vieron barullo sobre la colina, tropas corriendo de un lado a otro, preparándose. Y dos bultos que caían por un acantilado contiguo hacia el agua, nadando a toda velocidad hacia ellos. Entre todo aquel alboroto y confusión, Amelie no solo había conseguido dar con Yusuf, sino que lo traía consigo. Ambos subieron con dificultad al puente, y se unieron a la acelerada huída que ya estaban preparando Cassian y Visenna. Al ver venir a Yusuf, y con un hálito de esperanza de que todo aquello saliese bien, Visenna conjuró hacia la mochila y la hizo levitar hacia sí misma. Con los documentos en su poder, la jorobada se hizo invisible y echó a correr de vuelta al camino. Detrás de ella la siguieron Amelie y el propio Yusuf. Por último, el propio Cassian cerró la carrera al ser el que más protegido estaba por armadura y escudo. Las saetas y flechas volaron de inmediato en su dirección. Algunas fracasaron, otras se vieron esquivadas y otras bloqueadas por la égida de Cassian. Abandonaron el puente y corrieron. Corrieron, corrieron y corrieron hasta el límite de sus fuerzas como si un Archidemonio les estuviese siguiendo el persona. La horda de orcos fue detrás, poco dispuestos a verse humillados por enemigos tan insignificantes que encima les habían vencido sin presentar combate alguno. Los metros se hicieron infinitos. Con el corazón ensordeciendo sus oídos, la garganta secándose y quemando las entrañas. Con los pies doliendo, pero siguiendo acelerado por la amenaza de muerte inminente y acero enemigo. A lo lejos, en el horizonte, comenzaron a vislumbrar el techo del Unicornio Plateado. La salvación estaba a tan solo unos pasos. Solo tenían que aguantar. Solo tenían que seguir corriendo. Y una vez allí, estarían salvados. Los orcos no les tocarían.

    Un golpe sordo a sus espaldas les hizo detenerse y mirar sobre sus hombros. Yusuf, el maldito Yusuf, se había tropezado y caído. Amelie y Visenna gritaron a una para que Cassian siguiera corriendo. Pero los orcos estaban cerca. Demasiado cerca. El tiempo se ralentizó igual que si un mago hubiese chascado los dedos y alterado las leyes materiales de este mundo. Pero solo fue la mente de Visenna viendo sin ver, oyendo sin oir y sintiendo más de lo que debía sentir. Corrió para detener a Cassian, pero Amelie la detuvo a ella. Y Cassian, el caballero Cassian… Su Cassian… Se puso delante. Entre Yusuf y los orcos. Y recibió, como en una horrible pesadilla, todas y cada una de las saetas destinadas a Yusuf. Algunas rebotaron en su armadura, pero, incapaz de levantar el escudo a tiempo, otras perforaron la carne. Una. Dos. Hasta tres. Yusuf giró sobre sí mismo, se revolcó como un cerdo y echó a correr dejando a Cassian detrás a pesar de que arriesgó la vida por salvar la suya. Y Visenna le vio hincar la primera rodilla al suelo. Se zarandeó hasta librarse de Amelie y gritó. Gritó con toda el alma puesta en esa voz desgarrada y tan sangrante como el cuerpo de Cassian. Los orcos habían conseguido su venganza y comenzaron a irse con la misma lentitud con la que el mundo se movía a su alrededor. Y Visenna corrió. Corrió desesperada, con el eco de una vida que no quería y la de otra que se desvanecía ante sus ojos. Con esa imagen de un río carmesí brotando de los labios de la única persona por la que su corazón había sido capaz de latir. Por la misma sangre que hizo que ese mismo corazón se rompiese una última vez.

    No pudo oír las advertencias de Amelie. Tampoco las bravuconerías de Yusuf. En su mundo, ese mundo de cristal que comenzaba a resquebrajarse sin piedra, solo estaban ella y Cassian. Su Cassian. Su caballero, que cayó entre sus brazos mientras vomitaba toda aquella sangre. Mientras contemplaba ese terror a la muerte en sus ojos azules. Y mientras él mismo era testigo de cómo todo aquel amor se transformaba en agonía y en oscuridad en unos ojos violetas, que a pesar de todo, a pesar de las deformidades, eran terriblemente hermosos, pero inundados en lágrimas. Desesperada, sin saber siquiera lo que hacía, Visenna rebuscó en su bolsa y la bolsa de Cassian cualquier cosa que pudiese ayudarla a detener la hemorragia. Sacó como pudo las flechas de su cuerpo, oyendo los quejidos ahogados de Cassian, viendo cómo la vida se desvanecía. Echó todos y cada uno de esos brebajes en sus heridas. Pero éstas eran demasiado graves, y Cassian apenas era capaz de mantener sus ojos abiertos. Los cerró.

    —No, no, no, no, no —gimió la jorobada, abrazándole con más fuerza—. Cassian, sigue conmigo. No te vayas. Despierta. Mírame, ¡mírame!

    Pero Cassian no respondía. Quizá ni siquiera estaba. Visenna dejó ir todo el aire de sus pulmones como si ella misma estuviese agonizando a la par. Sintió que algo dentro de ella se rompía. Era ese mundo de cristal. Esa burbuja invisible que había creado entorno a ellos con la esperanza de protegerse. Con la esperanza de protegerle. A él. Y había fracasado. La oscuridad comenzó a crecer en ella. Se sentó y atrajó sobre sí misma el cuerpo inerte de Cassian. Le quitó el casco, y le apartó el cabello del rostro, para poder vérselo por última vez. Y le abrazó. Y le acunó. Y le amó. Le amó como nunca antes había sido capaz de amar a absolutamente nadie. Le amó, como probablemente nunca antes habría sido capaz de amar a Cassian. Le amó con ese amor maldito, con ese amor no correspondido, con ese amor que dolía, que cercenaba, que sangraba. Que odiaba y anhelaba. Que suspiraba y sonreía unas veces, pero lloraba y estremecía otras. Le amó como solo se puede amar a una persona en esta vida. Y le acunó contra ese pecho que se alzaba y hundía desconsolado, roto, perdido. Dándole su calor. Dándole todo su ser.

    —Quédate conmigo —comenzó a susurrar en su oído, con las lágrimas ahogando cada palabra y cada rincón de su ser—. Quédate conmigo. Quédate conmigo. Quédate conmigo. Quédate conmigo.

    Quédate conmigo.

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    Una sensación de acolchamiento mantenía su mente totalmente inválida. No podía pensar. No podía ver nada. No podía hablar, u oír. Solo podía sentir. Y lo que sentía era tan extraño, que no le gustaba. El dolor dio paso a una revitalizante sensación de frescor en todas y cada una de las heridas dejadas por por las saetas y flechas de los orcos. Pero su mente seguía inútil, y eso era una tortura para alguien como él. Con el paso de los minutos, se dio cuenta de que había vida a su alrededor. Vida que palpitaba, que podía sentir en las yemas de sus dedos y en la rigidez de sus párpados. Vida que degustó y que abrazó más allá de lo meramente físico. Era el Velo, pero él no lo había despertado. En su estado era totalmente imposible. Alguien más, alguien que podía tejer en las hebras de lo mágico, estaba a su lado, alterándolo de alguna forma que rozaba el peligro. Se centró en esa sensación. Y sintió dolor, odio y rabia. Pero sobre todo, sintió un sufrimiento que heló la poca sangre que quedaba intacta en su cuerpo. Quizá sólo fuese un mal sueño, pensó. Quizá despertaría al cabo de un rato y todo habría quedado en un mal recuerdo. Impulsado por este deseo, Cassian trató de mantenerse en el mundo de los vivos una vez más. Trató de aferrarse a la realidad y dejar atrás las brumas de un sueño que él no había escogido. Y comenzó a sentir con más fuerza. Sintió unos brazos delgados, pero firmes, que le abrazaban con una desesperación estremecedora y que le acunaban. Sentía, mientras tanto, el aliento y el llanto de una mujer en su oído. La voz era preciosa, pero algo hacía que no pudiera entonar bien según qué sílabas. No muy lejos pudo percibir otro par de voces, de una muchacha y un hombre entrado en edad, que discutían algo relacionado con unos papeles.

    Los papeles.

    Cassian abrió los ojos de golpe al recordar que estaba allí por una misión. Un juramento que, como caballero, debía cumplir hasta el final. Costara lo que costase. Boqueó en busca de aire con el que llenar sus pulmones, y se llevó una mano al costado dolorido. La otra la colocó sobre una de las manos que notaba sobre él. Oyó un grito de sorpresa, y sintió que los mismos brazos de antes le abrazaban entre temblores de júbilo que pretendía desligarse del pánico. Parpadeó con fuerza para aclarar la visión. Vio mechones de un cabello negro como ala de cuervo, y sintió, mezclado con su propia sangre y el sudor ajeno, el aroma de un perfume de flores. Reconoció a Visenna de inmediato y colocó una mano sobre su joroba a modo de advertencia para que aflojase el abrazo y también para calmarla. Pero la muchacha, histérica, sólo podía agradecer una y otra vez a los dioses en una retahíla muy baja y acelerada que hubiesen perdonado la vida al caballero de Tral.

    —Un… Un galeno —jadeó Cassian con la voz ronca, interrumpida por el propio dolor.
    —Está bien —respondió Visenna, también con un hilo y el aliento entrecortado—. Voy a llevarte a casha. Todo shaldrá bien. Te vas a poner bien.

    Ajenos a la disputa y negociación acaecida a sus espaldas, vieron cómo, de pronto, Yusuf echaba a correr, seguramente en respuesta a alguna amenaza por parte de Amelie, y cómo ésta se dirigía a la mochila que Visenna abandonó hace rato a sus pies. La abrió, sacó un pequeño cofre de su interior y coló una llave en su cerradura. Guardaba muchos documentos, la gran mayoría carentes de interés, pero todos ellos sobre propiedades y tesoros coleccionados por Yusuf a lo largo y ancho de sus viajes. Amelie encontró el que buscaban amontonado entre medias, reconociendo rápidamente la firma y el sello de los Delon. Amelie lo mostró con una sonrisa victoriosa en lo que Visenna ayudaba a Cassian a ponerse en pie. Toda su armadura estaba hecha un destrozo. Hundida en muchas partes, arañada en otras, pero poco efectiva a esas alturas. Arreglar todo aquello conllevaría un buen pellizco de su bolsillo. Pero nada de eso importaba si se lo comparaba con el hecho de haber estado a punto de perder la vida. Visenna observó todo aquello y se dio cuenta de la suerte que habían tenido. Puede que, incluso, inmerecida. Hala había respondido a sus plegarias de una forma que la jorobada no esperaba, pero que agradecería durante muchísimo tiempo más. Una risa nerviosa brotó de sus labios al pensarlo. Cuando quiso darse cuenta, había sostenido el rostro de Cassian entre sus manos y depositado un suave beso en la comisura de los labios. Cassian, por supuesto, no lo correspondió, e incluso frunció el ceño. Pero al percatarse de que Visenna no fue consciente de ello ni siquiera después, cuando se alejó, lo dejó estar. Sin duda aquello había sido una respuesta emocional —quizá excesiva, pero inocente, a fin de cuentas— nacida del miedo y la adrenalina. No se lo tendría en cuenta.

    —Vámonos a casa —dijo Visenna.

    Cassian se apoyó en los hombros de la jorobada para ser capaz de caminar. Dadas las circunstancias, la dignidad importaba más bien poco. Estaba deseando llegar a la ciudad, presentar sus respetos a Mara, entregar los papeles y el anillo, e irse a la posada para quitarse la armadura, darse un baño y dormir por diez días si era necesario. Claro que nunca, bajo ninguna circunstancias, proferiría queja alguna en voz alta. Mucho menos preocuparía aún más a Visenna. Los tres compañeros deshicieron el camino andado importándoles bien poco qué ocurriese a partir de entonces con el desagradecido de Yusuf, que se preocupó para por sus posesiones que por la vida del caballero que salvó la suya. ¿Tendría problemas con su escolta? ¿Pelearían ambos por el poder de las pocas pertenencias que restaban? ¿Regresarían a Halem o se quedarían en Puerta del Tral? Sinceramente, les daba igual. A los tres. Tampoco entonces hablaron durante toda la caminata. Las fuerzas que restaban, que no eran muchas prefirieron dedicarlas a mover sus pies lo más rápido posible para llegar a Puerta del Tral antes de que se topasen con cualquier otro incidente.

    Aquello, sin embargo, ya habría sido demasiada consideración por parte de Hala. Incluso en la madrugada, con la luna alta y el frío violentando huesos, la figura de un hombre interrumpió el camino al apartarse de la valla en la que estaba apoyado. Un solo vistazo bastó para que los tres se dieran cuenta que no era precisamente alguien de campo y que, sin duda, la granja en la que les había estado esperando no era suya. El tipo carraspeó y después sonrió. Un escalofrío recorrió la espalda de Visenna. Cassian pudo notarlo bajo su brazo.
    —Permítanme que me presente —dijo el desconocido, aunque los tres tuvieron el presentimiento de que no era necesario—. Soy un emisario de la familia Valois. Vengo y hablo en nombre de Lady Lehonor.

    Aquel tipo contempló el lamentable estado de la armadura de Cassian, pero sonrió igualmente con una amabilidad que les recordó al siseo de una serpiente venenosa. Estaba claro que lo que quiera que tuviese que hablar con ellos, no iba a ser bueno. Al menos no para el juramento prestado.
    —Tenemos prisa —interrumpió Cassian con unas ganas casi viscerales de escupirle la sangre en el rostro para que dejara de sonreír.
    —Oh… —no pareció sorprendido—, pero me ha transmitido una oferta para sus mercedes.
    —Bueno —intervino Amelie—, por escuchar no perdemos nada, ¿no?

    Tanto Visenna como Cassian mirando de manera extraña a Amelie. Sospecharon que, de ser otra la ocasión, la picaruela de Istek habría no solo escuchado, sino también aceptado cualquier contraoferta de Valois. No podían reprochárselo. A ella no la movía el honor, la doctrina o una aspiración política o justiciera. Amelie se movía por las pequeñas oportunidades que surgían en la vida y el dinero que éstas pudieran garantizarle. Así había crecido y así había madurado. Era la forma de vivir en las calles, e incluso Visenna, aun viniendo de una modesta aldea, podía llegar a empatizar con ella. Pero no entonces. No en ese momento. No tratándose de Valois.
    —Hablad —dijo la jorobada—, pero perdéis el tiempo.
    —No hay nada por encima del honor y la palabra —completó Cassian para reafirmar las palabras de su compañera, a la que soslayó una mirada orgullosa por mantenerse firme.
    —Veréis… —el tipo retomó su sonrisa antes de hablar—. Mi señora tiene constancia de que han ido por unos documentos que, supuestamente, acreditan que Lady Delon es noble. Mas debo decir que eso no cambiará su situación. Mi señora está dispuesta a ofrecer una suma considerable por esos documentos. Al mismo tiempo tendrá en cuenta posibles influencias en las altas esferas de Puerta del Tral.
    —¿De cuánto hablamos? —preguntó Amelie.
    —Cuatro mil piezas de oro.

    Se hizo el silencio. Una sola mirada a los ojos de Amelie demostró que estaba considerando seriamente la oferta. Incluso Visenna dudó. Toda su vida había sido una paria por culpa de sus deformidades. Llegó a creer que no merecía estar viva, y a intentar quitarse la vida por sí misma. Cuando comenzó a darse cuenta de lo bien que se le daba el estudio de la magia, comenzó a pensar a la par que, tal vez, podía granjearse el futuro que quisiera por su propia mano. Empezó a soñar despierta con conseguir que la gente apreciase por fin lo que era y quien era por su inteligencia y su habilidad, no por sus orígenes. Y comenzó a soñar con la política. Sí, la jorobada, la aldeana venida a más, soñaba con un hueco en las altas esferas. Valois podía conseguirlo, ¿pero a precio de qué? Si aceptaba, estaría vendiendo su alma a la misma mujer que la menospreció e insultó en mitad de la plaza. La misma mujer que la humilló. Y estaba cansada de ser humillada. Estaba cansada de recibir golpes. En su mente, el nombre de Lehonor de Valois había quedado grabado con la misma fuerza y contundencia que el de Nephys o Zorro, como quisiera llamarla, y ambas por el mismo motivo: sus abusos. Deseaba vengarse de Nephys por la paliza tanto como deseaba vengarse de Valois por la humillación. El peso del brazo de Cassian sobre sus hombros sólo consiguió reafirmar la respuesta en su mente. Porque, por encima de todo, por encima de cualquier rencor o afrenta contra su honor que habría de ser respondida tarde o temprano, estaba su cariño, su confianza y su sonrisa. Visenna nunca, jamás, arriesgaría ninguna de esas cosas. No se arriesgaría a una mirada de decepción o rechazo por parte de Cassian. Otra vez no. Aquello valía más que cualquier poder esporádico que pudieran darle y arrebatarle según las circunstancias y el capricho de una mujer atemorizada y herida en su orgullo.

    —Vueshtra sheñora es muy generosha, sin duda —comenzó a responder Visenna, con astucia—. Sobre todo por poner tanto empeño en localizar a tres extraños y pagarles una shuma de dinero tan grande por unos papeles que, shegún ella, no tienen valor alguno y no harán que su rival cumpla con sus objetivos. Rezaré para que tamaña mueshtra de honestidad y bondad sean correspondidas. Mas ya hemos dado nueshtra palabra. Los papeles irán a su legítima dueña.
    —Es una pena —chascó la lengua el sirviente, e insistió una vez más, quizá porque no daba credibilidad a la voluntad de la jorobada a pesar de haber sido tan acertada y ladina con sus palabras—. A mi señora le disgustará saberlo. ¿Están seguros?
    —Lo estamos —respondió Cassian tajante. Su mano apretó débilmente, con las pocas fuerzas que restaban, el hombro de Visenna para demostrarle su apoyo y orgullo.

    El tipo se limitó a encogerse de hombros.
    —Está bien —dijo—. Transmitiré las nuevas a mi señora.
    —Mi nombre es Cassian. Huérfano de Puerta del Tral. Confío en el criterio de los dioses y en que ellos ven nuestro hacer. Y confío en que serán ellos quienes decidirán si merecemos o no sus bendiciones. No los hijos de los hombres. Mi honor vale mucho más que eso.
    —Aún así… Lamento decirles que se disgustará mucho con ustedes.
    —El poleo menta viene muy bien para los dishgustos —sonrió Visenna con su quijada torcida—. Yo lo tomo muy a menudo en la época de exámenes. Se lo recomiendo encarecidamente.

    El sirviente se inclinó una vez más al ver que no iba a sacar tajada de aquello. Luego se incorporó esbozando de nuevo una sonrisa diplomática, y se alejó sin responder a la palabrería de ninguno de los dos amigos. Amelie suspiró imperceptiblemente, lamentando haber perdido una oportunidad de oro, nunca mejor dicho, para hacer el negocio de su vida.

    Cuando la figura se desvaneció en la lejanía, Cassian reanudó su apoyó sobre los hombros de Visenna y los tres se dirigieron hacia la ciudad. Hacía mucho frío, pero, por suerte, no tardaron mucho en divisar el puente colgante de la capital de los ríos. Al otro lado reconocieron la melena rojiza de Mara Delon. La muchacha, incapaz de dormir, y preocupada por las horas, había ido hasta los límites de la ciudad y estaba dando vueltas de un lado a otro, como una desquiciada, mientras les esperaba. Al verles y ver, sobre todo, el estado de Cassian, se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Comenzó a llorar, presa de la culpabilidad, y los tres amigos se acercaron para calmarla.
    —¿Qué ha pasado? —inquirió—. ¿Cómo ha ido? ¿Por qué estáis tan heridos? Ha sido culpa mía. No tendría que haberos enviado. Lo siento tanto.
    —Será mejor que vayamos a tu casa —sugirió Amelie, audaz.
    —Pero…
    —Valois lo shabe todo —explicó rápidamente Visenna—. Nos eshpía, y puede que tenga hombres en las calles. Tenemos que llevaros a un lugar sheguro, mi sheñora.

    Mara les miró con auténtica sorpresa primero y terror después. En su inocencia, no fue capaz de sospechar que su mayor enemiga estuviese observando sus pasos desde hace tiempo. La sola idea la horrorizó. Mara asintió y les condujo por las calles desiertas de Puerta del Tral hacia su hogar. La vivienda era muy modesta. Cuando entraron, se dieron cuenta de que ni siquiera había muebles porque la muchacha había tenido que venderlos todos para poder conseguir dinero con el que llevar a cabo su empresa sin morirse de hambre en el proceso. La única silla que encontraron la destinaron a ella misma. Después de que Mara tomase asiento, los tres compañeros comenzaron a narrarle por turnos todo lo que había sucedido. Le hablaron de sus pesquisas en El Unicornio Plateado, la desagradable charla con el escolta de Yusuf, el rescate de éste en tierras orcas y el ataque de las bestias hacia la pequeña y desvalida compañía. Cómo Cassian casi perdió la vida, pero lograron recuperar los papeles y, además, mantener a salvo el anillo de Mara, el último recuerdo de su madre. Cuando Cassian le tendió la joya, la muchacha se puso a llorar a moco tendido y le llevó un tiempo ser capaz de reponerse. Durante ese rato, sólo se oyeron sus sollozos y alguna que otra disculpa ahogada en lágrimas. La pobre, con su buen corazón, se sentía culpable por todo lo que habían tenido que pasar a pesar de la alegría de haber recuperado, por fin, lo que tanto necesitaba para restaurar el buen nombre de su familia. Los tres compañeros le hicieron compañía hasta el final y fueron pacientes con su emoción. Todo ello se transformó en un nuevo sentimiento de gratitud por parte de la pelirroja. También le hablaron del intento de soborno de Valois y cómo sabían que la noble la estaba espiando. Mara se disculpó nuevamente por no ser capaz de propiciarles tamaña suma de dinero a cambio, pero Visenna se encargó de calmarla diciéndole que el oro no era nada comparada a la sensación de placer y victoria por que Leonor estuviese asustada al nivel de ser capaz de arrastrarse y hacer cualquier cosa por impedir que los documentos llegasen hasta ella. Amelie, algo más puntillosa, recalcó que siempre podía recompensarles una vez recuperase sus títulos, algo en lo que la propia Mara parecía haber pensado por su cuenta.
    —Os juro —les dijo— que seréis los primeros en ser llamados y recompensados cuando recupere mis posesiones. Jamás olvidaré lo que habéis hecho por mí. Jamás.

    Permanecieron con ella, en la vivienda, un rato más. El suficiente para asegurarse de que no iba a ser atacada y que la muchacha se encontraba bien. Tras una sentida despedida, los tres compañeros salieron de la casa y cerraron la puerta a sus espaldas con la sensación de haber hecho lo correcto. Y esa sensación valió más que cualquier tesoro que Mara o Leonor les pudiera haber entregado.

    El alba despuntaba ya en el horizonte. Y aunque no habían dormido nada, de repente, no tenían sueño. Cuando se dieron cuenta, habían enfilado la calle en dirección al Ganso de Oro. Abrieron la puerta y la alegre melodía de un bardo llegó hasta sus oídos. Los tres amigos se miraron entre sí y sonrieron. Y es que no todos los días sobrevivía uno a toda una horda de orcos.

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    Al excelentísimo Rector de la Universidad Arcana de Ethuria, Tahir Gondigoot.

    No sé si os acordaréis a estas alturas de mí con lo ocupado que, sin duda, estaréis día a día siendo la cabeza de una institución tan importante como la academia. Mi nombre es Visenna Nasrellah, y nos conocimos hará unas semanas en la conferencia que tuvisteis a bien hacer de manera tan desinteresada a los afectados por las muertes de los dos profesores víctimas de los ataques. Estoy orgullosa de anunciaros que, como prometí, superé la prueba de acceso y ahora soy alumna de la Universidad de pleno derecho. Aún no puedo creerme que esté luciendo la insignia en mi pecho. Agradezco muchísimo la oportunidad brindada y de la que sin duda no habría sido capaz de disfrutar de no ser vos, precisamente, el Rector y padre de esta nueva era de la magia.

    Como os comenté ese mismo día, mi estado de salud es, en la actualidad, una tara bastante peligrosa para mi aprendizaje de magia. La deformidad de mis huesos hace que sufra de dolores constantes, y la forma de mi mandíbula provoca que, en ocasiones, pronuncie mal palabras que para otros son sencillas, cuanto menos las que sean complicadas. Vos sabéis mejor que nadie lo nefasto que puede ser en un mago ejecutar gestos o pronunciar palabras incorrectos. La solución más sencilla sería conformarme con lo que sé y no aspirar a más. Pero no puedo hacerlo. Es mi deseo seguir estudiando, cosechando conocimiento, ganar esferas y enseñar a otros en un futuro. Es mi sueño convertirme algún día en una metamago que aporte innovación y progreso a la Universidad. Pero para ello necesito sanar mi cuerpo.

    Ya os comenté ese día que, gracias a la ayuda de la maestra Ilvewyn Ju’enolyan, he tenido acceso a un conocimiento antiguo, quizá proveniente de la era ethuria, aunque no sabría decirlo con exactitud. El ritual es muy peligroso y complejo. Ni siquiera la maestra ha sido capaz de descifrar las runas que componen su nudo y mucho menos averiguar qué materiales necesitamos o en qué momento podría ser propicio hacerlo. Es por ello que os escribo esta carta; no solo para enviaros una copia que podáis leer vos mismo, sino para que me deis vuestro beneplácito en esta investigación y que mis compañeros y yo podamos acceder a la biblioteca con total libertad para estudiar a fondo el escrito. Por supuesto os mantendremos informado de nuestros progresos en todo momento y os advertiríamos de cualquier intención de ejecutarlo para que podáis destinar un profesor o alguien de vuestra confianza a nuestro cargo que nos supervise y guíe para llegar a buen puerto.

    Sin más os adjunto una copia de las averiguaciones de la maestra Ilvewyn. Agradezco el tiempo que hayáis invertido en leerme.

    Un cordial saludo.

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    A su señoría Mara Delon.

    Quizá no os acordéis de mí, aunque confío en que, por una vez, mi apariencia haya permitido que aún sepáis mi nombre. La jorobada que os ayudó meses atrás a recuperar los papeles de vuestra herencia nobiliaria. Desde entonces no hemos vuelto a saber nada de vos. Me preguntaba cómo estáis, si habéis conseguido vuestro objetivo y qué tal os va la vida ahora que vuestro sueño se ha cumplido. Confío también en que aún conservéis el anillo de vuestra madre con el mismo cariño que lo recibisteis cuando os lo devolvimos tras el asalto orco.

    Amelie está bien. Prosperando a su manera con ese don que tiene para la palabra y obtener información. Tiene sus momentos bajos, pero supongo que todos los tenemos alguna vez en nuestras vidas. Cassian y yo, por nuestra parte, hemos sido aceptados como alumnos de pleno derecho en la Universidad Arcana de Ethuria. Así que nos tendréis mucho más cerca si llegáis a necesitar algo de nos. Yo misma me he trasladado a la capital y paso mucho tiempo allí. Cuando no, es porque me encuentro en Galparán. Me gustaría que nos volviésemos a ver y podamos charlar todos juntos tomando una copa de vino o deleitándonos con alguna de las delicias gastronómicas del Ganso de Oro.

    Hay más cosas que me gustaría contaros, pero no creo que corresponda hacerlo por carta. Así que esperaré la osadía de que queráis responder a alguien de tan humilde origen como el mío.

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    El arte de lo invisible ha obsesionado siempre a todo humanoide capaz de razonar y soñar con posibilidades que sus cuerpos mortales no son capaces de conseguir por sí solos. Desde el principio de los tiempos, la capacidad de desaparecer ante los ojos de un enemigo o pasear sin ser visto por zonas en las que a uno no le apetece encontrarse con alguien o conversar, han estado ahí, mellando en la imaginación tanto de niños como de adultos. Hoy en día sabemos por diferentes estudios que, en efecto, somos capaces de conseguirlo gracias al generoso don que Ilmeh entregó a los mortales de a pie: la magia. ¿Pero hasta dónde es posible realizarlo y dónde se extiende dicho favor?

    Una pestaña y un poco de goma arábiga son los componentes materiales por excelencia para conseguir efectuar las tres versiones de uno de los hechizos más demandados de la historia de lo arcano en las Tierras Desoladas. Ambos son fáciles de conseguir, por lo que salvar este requisito es sumamente fácil hasta para el mago más humilde. Los gestos también son bastante sencillos en comparación a otros conjuros más elaborados, por lo que invisibilidad se convierte en un aliado excepcional para aquellos arcanos que han decidido tomar una senda más belicosa o caballeresca y han optado por aprender a conjurar con armadura o en combate. Sin duda, Invisibilidad es el amigo que todos nosotros querríamos tener, ¿verdad? Entonces, ¿dónde radica su complejidad?

    Tenemos la respuesta en el arma más peligrosa de este mundo cuando se sabe esgrimir, y no solo en lo que a magia se refiere: la palabra. Una sola sílaba mal pronunciada puede convertir este hechizo tan demandado en una auténtica pesadilla para quien lo use o quien lo padezca, en caso de que el propio conjurador no sea el destinatario final. Es también el desencadenante verbal el que se encarga de especificar a la matriz o el Velo cuál de las tres versiones se desea ejecutar: inuisibilitasmelius inuisibilitas o sphaera inuisibilitas. Es importante no olvidar este detalle, dado que, por poderoso que sea el Velo, no podemos olvidar que sigue siendo un ser vivo, a su manera, y que precisa que le especifiquemos qué objetivo deseamos conseguir para que nos pueda ayudar de la manera que necesitamos.

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              Desde que el mago o hechicero en cuestión comienza a canalizar el Velo en su interior, el proceso ha dado comienzo. El resultado más común en los inexpertos y primerizos es, irónicamente, encontrar que sus cinco sentidos se ven embotados por el exceso de energía mágica. Y es que no estamos pidiéndole al Velo una ilusión común y corriente, de esas que se acostumbran a ver en las ferias con conejos sacados de las chisteras; estamos pidiéndole que haga desaparecer la materia presente en el plano, tanto la viva, como la muerta, y todo ello sin causar un fallo orgánico a nuestros cuerpos por la presencia invasiva de magia o por cualquier tipo de daño cutáneo que surja como resultado de un error inocente o una respuesta autoinmune. Por no decir que sólo queremos que la materia desaparezca en lo que a visibilidad se refiere, pero necesita ser capaz de seguir tocando, moviéndose y, en definitiva, interactuando con el mundo que le rodea. El mundo a su alrededor sigue intacto; es el individuo lo que ha cambiado. Los patrones de conducta en ese sentido son idénticos, cambiando solo el resultado. Mientras que una invisibilidad común es el mejor aliado para viajar sin ser visto, una invisibilidad mayor, en cambio, es la mejor baza para un combate en el que la vida de uno mismo pueda estar en riesgo. Mientras que la invisibilidad común se deshará en cuanto el Velo detecte que el individuo que la posee está atacando a alguien a quien considera hostil —tomando siempre de referencia el punto emocional de un mago o hechicero, que repercute en todo momento en su capacidad de canalización—, la invisibilidad mejorada, por su parte, se deshará solo parcialmente en caso de ataque, dado que el individuo que la porta permanecerá parcialmente oculto a los ojos del enemigo, y por tanto podrá escudarse en ese engaño para hacer que su rival erre sus ataques una y otra vez hasta que uno de los dos salga airoso del combate. La tercera variante, la esfera de invisibilidad, se asemeja más a la invisibilidad común, con la notable diferencia de que puede cubrir con su ilusión a más de un objetivo en un mismo grupo. El patrón de conducta de esta última variante es mucho más caprichoso y molesto; hay que vigilar con mucho cuidado que ninguno de los integrantes de la esfera se aleje más de quince pies del compañero más cercano o, de lo contrario, el hechizo se disolverá para él, pero no para el resto. En caso de que solamente hubiese dos individuos, el hechizo se rompería para ambos si la distancia requerida es salvada por cualquiera de los dos. No obstante, aunque el hechizo se catalogue como esfera, acarrea otro inconveniente: no es que el Velo les aisle con una ilusión, sino que introduce la ilusión en todos los participantes, por lo que ninguno puede ver al resto si no posee la capacidad innata de percibir lo invisible o ejecuta un hechizo que le ayude a hacerlo por su propia mano.

    A nivel práctico, los tres hechizos de invisibilidad funcionan de la misma manera. No solo harán desaparecer a cualquier individuo que lo ejecute; también hacen desaparecer objetos inertes. Cualquier cosa que sea tocada por el mago o hechicero, desaparecerá mientras siga estando en su posesión siguiendo uno de los siguientes tres patrones: que lo sostenga en su mano, que lo guarde bajo su capa o que lo meta en cualquier bolsa o mochila que lleve a cuestas. El Velo requiere una de estas tres especificaciones muy concretas para que funcione. Llevar, por tanto, una cadena, grilletes o cuerda atados a los tobillos, muñecas o cintura no volverá ese material invisible, sino que se verá arrastrándose de la nada siguiendo la estela de su conjurador. Por otro lado, percibir las huellas que uno va dejando, el sonido o incluso la propia respiración también son posibles al ser elementos externos a quien posee la ilusión sobre sí mismo. De esta manera, alguien invisible podría huir de un asaltante, mas también podría ser descubierto por éste si pisa un charco de fango en un día lluvioso o aparta unos matorrales a simple vista de cualquiera para esconderse en la espesura. El objeto a desaparecer, por otro lado, debe ser capaz de ser cargado por el ilusionista; tocar a alguien estando invisible no hará desaparecer también a esta persona, dado que el Velo lo detectará como materia viva aparte que no corresponde con las posesiones del conjurador.

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              Lo más interesante de esto es, además, la simbiosis con la que el Velo trabaja para que seamos capaces de atisbar a una persona bajo una de estas tres modalidades de invisibilidad. Y es que un conjuro tan sencillo como Ver lo Invisible permitirá traspasar la barrera ilusoria y comenzar a formar ante los ojos de uno las formas traslúcidas de aquellos que han pretendido engañarnos y quedaron en el intento. Si bien es cierto que dicho sortilegio pertenece a la escuela de Adivinación, merece con creces ser estudiado a la par de aquellos a los que hace frente. Una pizca de talco y un poco de polvo de plata para espolvorear son suficientes para realizar el sortilegio. Al instante, si se lo ha acompañado de los gestos y palabras correctos, los ojos del conjurador o su receptor sentirán un breve escozor —como cualquier cosa en esta vida que acaricie nuestras retinas— y tendrán inscritas unas runas temporales que permitirán atisbar lo invisible y lo etéreo con la facilidad de quien se topa con alguien visible, aunque siempre, como mencioné más arriba, con un aura traslúcida que permita diferenciarlo de aquello que no ha sido afectado por la ilusión. Cabe recalcar, aunque resulte evidente, que Ver lo Invisible solo funciona con aquello que, valga la redundancia, haya sido hecho invisible. En ningún momento cabrá esperar para nadie sensato que deshaga cualquier tipo de ilusión, ya que para tales menesteres hay otras herramientas distintas de las que hacer uso con tal fin. Tampoco revela el método empleado para hacerse invisible, que podría ser el propio conjuro, un objeto encantado o, para los más versados en el complejo arte de la alquimia, una poción. Además, para gusto de muchos, aunque disponibilidad de muy, muy pocos en este mundo, este hechizo tan útil para según qué situaciones puede vivir de manera permanente con nosotros mediante un ritual de Permanencia. Algo que esta humilde usuaria de lo arcano no recomienda en absoluto para aquellos que quieran ahorrar en salud mental, dineros en los bolsillos y tiempo de una vida que no siempre es larga. Para los que sí estén dispuestos a llevar a cabo tamaña proeza solo puedo recomendar la misma medicina de siempre: paciencia y cautela.

    Tesis escrita por Visenna Nasrellah.

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