Tierras Desoladas
Skip

Isendril Dalenner

Idea

Un joven abandonado y atormentado por sus visiones que trata de sobreponerse, sobrevivir y descubrir el origen de su poder.

Descripción

Isendril es un chico de 17 años, de aspecto desaliñado y aura vivaz. Es de complexión delgado, casi escuálido, de 1,65 metros de estatura y no llegará a los 60 kilogramos de peso.

Su pelo es anaranjado y normalmente está algo revuelto o descuidado. Tiene los ojos castaños, de mirada intensa y penetrante. Suele vestir ropas algo gastadas y sencillas.

Psicología

Ante todo, Isendril trata de dar el espectáculo. Se muestra seguro, sonriente, divertido y dicharachero. Y realmente él es así. Trata de ahogar sus penas, dudas y tormentos en felicidad. Aunque más que fingir o intentar evadirse lo cierto es que se distrae con facilidad. Su curiosidad innata y su poca capacidad de mantener la atención le hacen bastante sencillo olvidar, al menos a ratos, todo lo que le aflige.

Es una persona extrovertida. Adora ser el centro de atención, hablar, y conocer a gente nueva. También es cierto que mientras lo hace no piensa en sus problemas, así que es una estrategia más para evadirse de ellos… momentáneamente. También es un arma de doble filo. Si bien aprecia estar en compañía y relacionarse, en el fondo no puede confiar en la gente. Cree, probablemente de forma acertada, que en cuanto descubran sus poderes se volverán hostiles, así que hace lo posible por evitar usarlos y decir nada al respecto.

Alineamiento

El joven tiene un buen corazón y desea siempre aportar todo el bien y positividad que puede. Pero a la par es una persona desconfiada, tanto a nivel interpersonal, como en general. Duda y se cuestiona el orden establecido, pues por su experiencia parece que nunca lo ha ayudado. Isendril piensa que, para lograr sus objetivos y para ayudar a los demás, por norma general deberá actuar en contra de dictámenes o normas que solo sirven para importunarlo a él y al resto de personas que sufren o lo pasan mal. La ley, y no solo la ley escrita, sino las normas y tradiciones de los pueblos y vecindarios, suelen estar siempre de lado de los fuertes, y no del necesitado. Por ello es necesario desafiarla y usar los medios necesarios para protegerse a sí mismo, para defender a quienes no pueden defenderse a sí mismos, y para castigar a los malhechores. Por tanto se trata de un alma Caótico Buena.

Meta

Su principal meta es descubrir de dónde provienen sus visiones, por qué suceden, si se trata de alguna maldición y si hay forma de deshacerse de ellas. Vinculado a ese poder está, sin lugar a dudas, su capacidad de hacer magia. Como habitante de Ethuria, Isendril ha escuchado las suficientes historias acerca de los peligros de la magia como para saber que no la desea en su vida.

En un segundo plano, aunque han pasado muchos años, lo cierto es que Isendril no sabe qué ocurrió con su madre. Si ella sigue viva o no, si lo está buscando… o por qué lo dejó abandonado. También desearía averiguar quién o por qué atacaron la aldea en la que se crió, ya que en ocasiones piensa que él, o su madre, eran la causa, aunque quizá solo fuera una desafortunada catástrofe sin más. Y en la misma línea, a veces se pregunta quién sería el encapuchado que trató de llevárselo, o si realmente solo estaba imaginando cosas.

Trasfondo

Era un día triste y gris aquel en el que Adhara llegó a la aldea. Un día gris que pocos olvidarían. Adhara era una mujer joven, de cabello rojo como el fuego y rizado. Caía sobre sus hombros y a lo largo de su espalda como una marea de fuego. La joven jamás dijo de dónde vino o cómo llegó hasta ellos.

Cuando llegó, se encontraba en un terrible estado, demacrada y herida. El pueblo entero se volvió en su recuperación, y como una flor moribunda a la que riegan, Adhara se recuperó. Era un torbellino de emoción, alegría y belleza. Y todos disfrutaban de sus historias y canciones. Un hombre en especial disfrutó de las bondades de su compañía más que nadie.

Erzhiel, un granjero, quedó prendado de la belleza y el magnetismo de Adhara. Y ella lo notó, y focalizó su danza y sus cantos en el varón. En menos de un año estaban celebrando su enlace, con ella encinta. Pero no puedes levantar pasiones sin que muchas de éstas sean negativas. Cuando pasó la novedad, muchos empezaron a temer a Ashara y susurrar a sus espaldas que era un peligro para el bienestar de su pequeña comunidad. Decían las malas lenguas que habría llegado ya en estado, y estaría usando al joven Erzhiel para ocultarlo.

La familia de Erzhiel pasó a contar con dos nuevos miembros. El granjero cargaba ya con dos hijos varones, fruto de su anterior unión, que por desgracia terminó trágicamente con la muerte de la mujer a causa de unas fiebres. Ahora Adhara incorporó no solo a su persona, sino al recién nacido Isendril.

Y pasaron los años en una apacible calma. Toda la aldea notaba que el pequeño retoño era el favorito de su madre. Algo comprensible, pues los hijos de Erzhiel no eran de su propia carne. Adhara se afanaba en enseñar a Isendril a leer y escribir, y le cantaba y recitaba toda clase de versos y poemas, animándolo a imitarla. Aun así, Erzhiel y sus otros hijos, disfrutaban de la compañía de su nueva madre, esposa y del pequeño hermanito e hijo.

Isendril siempre disfrutó de la compañía de su madre. Desgraciadamente no tiene tantos recuerdos de ella, y en ocasiones comienza a difuminarse su rostro, carcomido por el olvido. Ella le enseñó a entonar, a leer… y a descansar. Adhara le enseñó a indagar en su propio ser. El don de la introspección. Le repetía lo importante que era cerrar los ojos y buscar en su interior. Ver qué había dentro, y tratar de sacarlo fuera y a través del mundo. Por supuesto el joven Isendril apenas era un niño en aquellos días y no entendía nada. Así se lo hacía saber a ella. Adhara le respondía con su sonrisa. Una sonrisa que la hacía entrecerrar los ojos y los enmarcaba en pequeñas arrugas y marcas que, lejos de afear o envejecer su rostro, parecían realzar la pureza de sus emociones. Y con esa expresión angelical le susurraba «algún día entenderás, amor mío».

Pero la vida idílica en el campo tendría que llegar a término tarde o temprano. Una noche el pequeño Isendril se despertó sobresaltado. Había soñado algo horrible, aunque apenas podía recordarlo. Pero sí que recordaba la sensación que le había dejado en todo su cuerpo. Sus padres lo consolaron como a un niño más que había sido sobresaltado en medio de la noche por las pesadillas. Pero su madre especialmente parecía desasosegada. Al siguiente día preguntó a Isendril varias veces si recordaba algo del sueño y lo instó a concentrarse. A meterse en su sueño. Vivir su sueño. Y recordarlo.

Durante la semana siguiente las pesadillas siguieron acosando a Isendril. Llegó un momento en el que éstas eran muy vívidas. Veía la aldea en llamas, jinetes acabando con sus vecinos y amigos… era horrible. Y su pequeña familia no fue la única en enterarse. Isendril no estaba aislado de la comunidad. Tenía amigos y realizaba pequeñas tareas y labores para ayudar en la granja. Visitaba a los vecinos para cambiar unos productos por otros, y por supuesto las gentes notaban su desasosiego. Él no podría haber adivinado lo que acarrearía el contar sus sueños a alguien que no fuera su madre.

Adhara insistió a su marido para que se marchasen unos días, pero no logró convencerlo de ello. Sí que consiguió que se pertrecharan y preparasen, para estar seguros en cualquier circunstancia. Finalmente, un día llegaron. Jinetes. Comenzaron a ir de granja en granja. Adhara bajó a esconderse con el joven Isendril y sus otros hijos. Erzhiel murió junto con muchos otros, tratando de repeler a los jinetes. Isendril jamás supo cuántos atacantes eran o qué querían, si buscaban algo o no eran más que vulgares bandidos. Pero todo cambió después de eso. Muchos vecinos lo culparon a él y a su madre de lo que había ocurrido. Los responsabilizaron de las muertes de Erzhiel y de tantos otros. Y todo porque de algún modo ellos habían «sabido» lo que ocurriría. Había algo extraño, sobrenatural, «arcano», tanto en Adhara como en su vástago. Y eso no significaba más que problemas y peligro. Esa noche, entre lágrimas, Adhara cogió a Isendril y se marcharon lejos.

Cabría imaginar que todo empeoraría desde ese momento. Después de todo, una mujer errante que viaja con un niño de apenas 10 años era un blanco fácil para toda clase de conflicto. Pero desde la perspectiva de Isendril la vida por aquel entonces seguía siendo dulce. Aunque la sonrisa de Adhara se borrase en ocasiones, al igual que el sol, siempre volvía a salir. Jamás le faltó algo que comer, aunque fuera humilde. Y aunque más de un día durmieron al raso, bajo las estrellas, la mujer convirtió esos momentos en clases acerca del cielo nocturno. Parecía que su mayor poder era convertir cualquier conflicto en un momento de aprendizaje y exprimir hasta la última gota de felicidad de cada momento.

Pasaron el siguiente año viajando, durmiendo en posadas de mala muerte, o donde un alma caritativa les diera cobijo. Un día se toparon con una caravana de artistas ambulantes. Adhara le pidió al joven Isendril que esperase un momento y habló en privado con el líder del grupo. Cuando acabó le dijo al muchacho que tendría que pasar un tiempo con la gente de la caravana, pero que no se preocupase. Ella acabaría regresando.

Isendril esperó, pero los días fueron convirtiéndose en semanas, y éstas a su vez en meses. Los meses acabarían siendo años y la gente de esa caravana ambulante pasaría a ser su nueva familia. Al principio le costó. Estaba convencido de que su madre regresaría, y no podía, ni quería, aceptar que no fuera así. Pasaba mucho tiempo mirando en alguna dirección indeterminada, como esperando que apareciese en cualquier momento. Pero poco a poco fue abandonando la esperanza de que así fuera. Lo había abandonado. Claramente era una carga para ella, y por eso lo había dejado allí, con gente de mala ralea, poco menos que timadores. O eso es lo que le decían algunos de los miembros de la caravana.

Por supuesto, el chico tuvo que aprender a desenvolverse con algunas tareas para ser un miembro productivo de la pequeña comunidad de artistas ambulantes. Por suerte ya sabía leer, y tenía algunas nociones musicales, pues Adhara lo había enseñado a cantar. Así que no fue difícil enseñarle también a tocar algunos instrumentos para que ayudase a amenizar los espectáculos. Por supuesto, si quería comer tenía que trabajar. No podía holgazanear o dejar que lo consumiera la tristeza. Pero Isendril era inteligente y aprendió rápido los suficientes trucos como para ser una atracción más. Casi podría decirse que tenía un don innato para modular su voz, hacerla expresiva, y captar la atención de los oyentes. En realidad, cuando actuaba, se parecía mucho a su madre. Era enérgico y vivo. Sabía transmitir. Y la gente parecía divertirse con él y apreciar sus habilidades.

El saber de Isendril no se limitó a la música y el espectáculo. La señora Nishia, era una anciana de las tierras de Halem, de rostro arrugado y ojos sabios. Se interesó en el muchacho, quizá a causa de su misteriosa madre, o puede que, porque viera algo en el niño, pero el caso es que quiso enseñarle algunos trucos. Lo instruyó en el arte del tarot y le habló de muchas cosas más. En ocasiones sus palabras se parecían a las de Adhara. Estaban envueltas en misterio e Isendril no llegaba a comprenderlas del todo.

Con el tiempo llegó a acostumbrarse a la vida ambulante. Echaba de menos a su madre, claro, pero la convivencia en la caravana no estaba nada mal. Había un par de hermanos acróbatas y malabaristas, algo mayores que él, pero con los que podía relacionarse. Y no tardaron en hacerse amigos. Aunque como ya acostumbraba en su vida, las cosas no podían permanecer en un estado de equilibrio por mucho tiempo. En especial si ese equilibrio era positivo para Isendril. Una tarde, durante un ensayo en el que uno de los hermanos practicaba malabares con cuchillos, uno de ellos cayó haciéndole un corte bastante desagradable. Ese día, en ese momento, fue como si algo despertase en el muchacho. Isendril no sabía muy bien qué hacer, trató de tapar el corte con vendas, pero no parecía funcionar. Su mente se nublaba y temía por su amigo. Y entonces trató de hacer lo que Adhara, y también lo que la dama Nishia le habían dicho. Respiró hondo y trató de buscar en sí mismo. En principio solo quería calmarse, sobrellevar la situación, pero ese día encontró «algo más». Fue como si en su mente todo encajase. Comenzó a recitar, casi de modo instintivo, alguno de los versos que le enseñara su madre. Y canalizó «algo». Isendril no sabía realmente lo que estaba haciendo. Abrió los ojos y miró confuso a su amigo, que le devolvía una mirada de estupor. Y comprendió que acababa de suceder algo mágico. Literalmente. Y eso era malo. Pero por lo menos, Tim ya no sangraba.

Por supuesto el suceso no pudo quedar en secreto. Nadie le dijo nada, pero la actitud de todos pareció cambiar. ¿O quizá era él quien miraba a todos de forma diferente? No se atrevió a preguntar a su amigo por lo sucedido. De hecho, lo evitaba en la medida de lo posible. Él, por su parte, llevaba un ligero vendaje en su mano herida, y no propiciaba ninguna clase de acercamiento hacia el joven Isendril. Por si fuera poco, esa noche las pesadillas volvieron. Un hombre alto, encapuchado, totalmente ataviado de negro, no paraba de aparecerse en su sueño. Su mera presencia le inquietaba. Varias noches se despertó empapado en sudor, con el corazón acelerado, temiendo a esa figura sin saber muy bien por qué.

Pocos días después volvió a ver su sueño materializado. Casi de casualidad, mientras regresaba a la caravana en la que dormía después de haber estado ocupándose de algunas labores cotidianas, avistó al encapuchado. Su corazón dio un vuelco. Si bien era cierto que en la realidad no le producía ese miedo irracional, recordaba lo que sentía en sus sueños, y eso era más que suficiente. Se escondió cerca y observó cómo entraba a la caravana del líder de la tropa. Se acercó silenciosamente y trató de escuchar de qué hablaban. No tuvo mucha suerte, pero sí que logró oir lo que dijo el encapuchado al final. Mientras salía de la caravana volvió la cabeza al interior y dijo que al día siguiente regresaría a por el muchacho. Tras eso, se marchó.

Por supuesto no podía saber si se refería a él o no. ¿Pero es que había otra explicación? Isendril recordó a los jinetes en su aldea, recordó la preocupación de su madre cuando le contó aquellos sueños, recordó la sensación que le trasmitía el encapuchado… y recordó el recelo con el que todos sus compañeros lo miraban ahora. Y se decidió. El resto del día transcurrió con total seguridad, pero esa noche el chico, tras retirarse a dormir, se levantó, fue agarrando todo lo que pudo en silencio, y se marchó para no volver.

Pasó casi dos años viajando en solitario, de aldea en aldea, cantando y tocando para ganarse unas monedas, pidiendo en las calles cuando no podía hacer más, rogando la caridad de las gentes y llenándose los bolsillos con alguna moneda que su dueño no echaría en falta, en especial si ese dueño era alguien arrogante o desagradable. No era la mejor de las vidas, de hecho, era la peor. Sus sueños parecían volver más a menudo. Por supuesto la mayoría no eran más que eso, sueños, y de otros no podía estar seguro de si realmente habían sido «premonitorios» o no. También, en esos meses que anduvo solo trató en más de una ocasión, y con éxito, de replicar el evento que ocurrió con su amigo herido. Cantó y recitó, lo que lo ayudaba a entrar en sintonía con su ser, y manipuló aquella fuerza que había encontrado. Un día le parecía un milagro de los dioses, al día siguiente lloraba y gritaba, lleno de frustración, pues era una especie de brujo y ni siquiera sabía por qué. Le parecía la más cruel de las maldiciones. Se debatía sin saber muy bien qué hacer, viviendo como un despojo… y así fue como llegó a la ciudad portuaria de Istek. Y allí tomó una decisión. Fuera lo que fuera lo que le estaba pasando, lo que no podía hacer era ignorarlo. Por supuesto no era estúpido. No debía confiar en nadie ni contárselo a nadie. Se abstendría de usar su maldición en la medida de lo posible. Pero debía encontrar a alguien, quizá otro brujo, que le explicase qué sucedía y por qué, y con un poco de suerte, que le ayudase a acabar con su sufrimiento para poder llevar una vida normal.

Postea tu comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Facebook Twitter Telegram
Una contraseña te será enviada por correo electrónico.