Tierras Desoladas
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Jack XI.

Un cielo estrellado, costas pacificas, el mar en su esplendor junto al sonido de las olas llegar a la arena.

Allí estábamos, su bella imagen junto a la perpetuidad de este escenario me robaba las palabras como un tiempo inmortalizado en la eternidad de una pintura.

Pero era la realidad allí estaba ella, a su lado estaba yo, hablamos, pensamos y miramos aquellos paisajes de hermosa perpetuidad que aliviaban nuestras preocupaciones del día a día y daban respiro a nuestras almas maltrechas por los caminos.

Nunca en mi vida había envidiado tanto a la naturaleza y sus animales, ignorantes de la sangre, las traiciones y las estelas del conflicto eterno, volar como las gaviotas sin preocupaciones.

Uno al lado del otro mirando el cielo nocturno cobijados por las bondades de aquel entorno paradisiaco, le hice una promesa, una que me ata a ella y que debo estar para cumplirla.

Así como la felicidad que me embarga también lo hace la preocupación, la fría mente de años de campaña me decía como terminaría aquello, la vida, un insondable bosque con varios caminos y en la encrucijada que me encontraba ninguno, izquierda o derecha, conducía a un final feliz.

Nació de mi sin embargo, apostar por ello, si no había camino posible a lo que aspiraba solo quedaba tomar un hacha y abrirme paso, golpe por golpe, piedra por piedra, aun destino donde pudiera alcanzar la felicidad para mi anhelo.

Apreciando el firmamento de la noche, descansamos, junto a ella por primera vez en mucho tiempo las pesadillas que me atormentaban se habían disipado, por primera vez en mucho tiempo pude dormir en paz y tranquilidad.

La promesa importaba, la llevaba en el corazón, pero el camino a mis deseos estaba claro.

De entre ellos, deber y ambición:

Nació un camino recto.

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